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El paseo y la peste

Jordi Corominas

Jordi Corominas i Julián

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Mientras escribo este artículo consulto las redes sociales y veo que una nueva manifestación soberanista consigue su objetivo de llenar la plaza Catalunya, quizá el espacio más representativo de Barcelona a la hora de calibrar el habitual baile de cifras. Desde los días del 15M, cuando la prensa generalista no se esforzaba mucho en calcular y cifraba la asistencia en un millar de indignados, hasta hoy el lugar ha cobrado una nueva importancia en el entramado simbólico de la capital. De ser el horror de las palomas a un centro neurálgico auténtico, clave en la disputa donde ocuparla en sentido literal indica la victoria de una propuesta por encima de las demás.

Lo curioso es que, en ocasiones, el sitio ha sufrido todo tipo de atropellos entre obscenas cargas policiales, pistas de patinaje para impedir movilizaciones y acampadas independentistas toleradas, mientras no duren mucho, por el Ayuntamiento Condal. Ahora, por lo que observo en las imágenes que cuelgan los usuarios, el lleno será absoluto en otra muestra más de admirable capacidad organizativa para lograr otra jornada histórica, otra más para una saca que de exceso cae en la banalidad al falsear el significado de la expresión.

Que la convocatoria de unidad se produzca mientras redacto este texto es una intromisión a mis intenciones iniciales donde la plaza Catalunya era una mera cadena de conexión entre la vieja y la nueva Barcelona, entre dos parques temáticos que otrora simbolizaron belleza y ahora son un simple decorado donde el paseante puede atisbar detalles de gran belleza que no suelen remarcarse porque ahora lo importante es ganar dinero y explotar un mapa donde el asfalto que pisamos es oro para unos pocos y desgaste de suelas para los que luchan por ganarse el pan.

Basta. ¿Ven? Las palabras quieren ganarme la partida. Vayamos al grano. Hace dos semanas bajaba por la Rambla y, de repente, noté un fuerte hedor a cloaca al lado de la iglesia de Betlem. Lo atribuí al extraño calor para estas fechas, miré a mi alrededor y observé que ninguno de los turistas que me rodeaban se quejaba del fétido olor, extraño en esa latitud, como si la peste extendiera sus tentáculos para abrazar a cualquier zona que se cruzara en su camino, entre las que figura el carrer del Carme, donde la emblemática tienda El indio cerrará sus puertas a partir del primer día de 2015. La desaparición de los negocios emblemáticos de antaño proseguirá con la Llibrería Sant Jordi del carrer Ferran. No creo que sea casual, ley de arrendamientos urbanos aparte, que ambos establecimientos estén en calles emblemáticas donde sale más rentable ubicar tiendas de grandes cadenas para vaciar de contenido arterias históricas que pierden su identidad casi a la velocidad del sonido, como la decisión del Tribunal Constitucional que diría Artur Mas.

Dos semanas después me trasladé a la parte alta para entrevistar a un escritor de gira con su libro. Al terminar la charla mañanera decidimos ir a beber una copa de vino a un bar de Diagonal con Muntaner y otra vez noté la pésima fragancia, eau de alcantarilla en un ángulo supuestamente noble a la espera de reformas que nadie ha pedido y que se rechazaron en un patético referéndum del anterior consistorio. La Diagonal con sus vallas es una más que válida muralla por si entran los tanques, esa amenaza fantasma invocada por algunos independentistas. Lo que está claro es la expansión de la peste y la proliferación de unas obras donde la fachada tiene el poder, empecinado en la operación de despojar el entramado de cosmopolitismo para lucrarse con premisas básicas. A nivel cultural el día concreta esta operación con la designación de Vicenç Villatoro como director del CCCB, centro que desde hace unos años parece querer capitalizar la progresiva provincialización de la ciudad, abocada a una nula objetividad política que se confirma al cabo de pocas horas, cuando un nutrido manifiesto de escritores por la independencia incluye la firma del flamante sucesor de Marçal Sintes.

Puede que no nos hagan falta murallas para encerrarnos. Esa noche salgo a cenar y termino en un local de la calle Joaquín Costa, más transitable desde que ampliaron su anchura. Paso por delante de la casa de Enriqueta Martí, ese falso mito criminal que algunos querían para tener una bestia criminal barcelonesa, y me llevan a un bar del demonio con la cerveza a cuatro euros. Antes de entrar afino el morro y sí, irrumpe de nuevo la peste, como si no quisiera abandonarme, haciéndome dudar. Quizá soy yo, en estos tiempos de Ébola, el portador del mal, pero no lo creo. Vuelvo a pensar en la posibilidad del calor para comprender la tufarada que sólo recordaba de algunas calles del Raval abandonadas por el Ayuntamiento, contento por rebautizar el barrio, adiós chino, pero sin ninguna voluntad de arreglar ciertas deficiencias.

En fin, la fetidez me abruma y me remata al cabo de dos jornadas, cuando en Gracia la capto en la plaza de la Revolució justo cuando una furgoneta del servicio de limpieza llega al enclave para desalojar a los pocos que en los bancos beben cerveza comprada a los pakistaníes. Los bares cerraron media hora antes y se veían bastante llenos de gente de todas partes, pero sobre todo de guiris, la nueva constante anual. No hay mes donde no estén y su ejército avanza imparable por cualquier rincón barcelonés porque sus albergues están instalados estratégicamente para esparcir su semilla arriba y abajo.

El que en esta ocasión propicia un alud de anglosajones está al lado del mítico bar Canigó. Cuando baja las persianas la fiesta se traslada a la plaza y los de BCNeta llegan como antesala de desalojo que completan los policías. Es la historia de cada luna desde hace años, nada nuevo bajo el sol, pero ahora me fijo en esa mayoría extranjera que se sienta en el suelo mientras los catalanes intuyen la inminencia de las luces azules y abandonan los bancos mientras ocultan las latas en bolsas y bolsillos. La ruta de huida conduce a plaza Joanic, entre otras cosas porque es la única del barrio que se salvó de ser dura como las demás, uniformizadas por Bohigas en su empeño de una monocromía que mucho tiene que ver con el pensamiento único, visible también desde el urbanismo contemporáneo.

La luz del barrio de Gracia es pobre, como la de toda la ciudad, donde faltaría un poco más de potencia. En el Eixample los edificios no se ven y los árboles hacen que los pasos sean medio a oscuras, algo que no ocurre en Gracia porque las callecitas aun asemejan a las de un pueblo. Eso transforma la iluminación en narcótica, salvo en Joanic, donde la arena quiere que la plaza sea como un teatro con focos centrales. Me situó al fondo y noto los pocos coches que suben Pi y Margall. Son las dos y media de la madrugada. Tengo el viernes libre y podré descansar, pero antes de recoger los bártulos miro al fondo la casa de 1881 con esgrafiados que representan a Cristobal Colón, Hernán Cortés y a los pintores Ribera y Murillo. Intento verlos bien desde esa corta lejanía. La fachada está tan mal restaurada, algo que choca cuando no paro de toparme con la campaña que habla de rehabilitar interiores de edificios, que resulta quimérico contemplar esas joyas de arte popular, despreciadas porque no hay verdadero interés en enhebrar una política que permita a los barrios ensalzar su maravilloso patrimonio.

La invisibilidad de la fachada puede que se corresponda con la de la propia ciudad, envuelta por una nítida niebla que ciega a muchos de sus habitantes, sobre todo a los que disponen de monederos repletos de billetes. En mi caso particular la historia, que continuará, termina con mi llegada a casa, donde desaparece la peste. En Twitter dicen que la plaza Catalunya pide elecciones anticipadas. Mucho han tardado en darse cuenta del sainete, otra cosa que de ser un hecho aislado ha pasado a extender sus tentáculos hasta propiciar una atmósfera insoportable, algo chocante cuando en estos paseos que he descrito no he escuchado ni una sola palabra del mal llamado pueblo, me gusta más ciudadanía y lo creo mucho más acorde a una idea democrática de las personas, con relación al tema que monopoliza los medios de comunicación. ¿Por qué será? En nuestra era lo más importante es dictaminar el origen del contagio.

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