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Estos días se habla bastante de las líneas rojas que no se pueden atravesar en la acción política. Desgraciadamente, estas líneas rojas de las que se habla se acaban atravesando con justificaciones más o menos desafortunadas.
Hay algunas líneas rojas del comportamiento personal y, sobretodo de los representantes públicos, que no deberían atravesarse jamás. Por ejemplo, tener dinero o realizar operaciones económicas a través de paraísos fiscales. No se puede defender políticas agresivas de austeridad aduciendo que no se tienen suficientes ingresos porque nos roba Madrid o Berlín, y en lo que se refiere al bolsillo personal actuar como los potentados más insolidarios o las grandes empresas concentradas solo en el dividendo de los accionistas y los emolumentos de sus directivos, y hacer trampas a la hora de pagar los impuestos que nutren los presupuestos públicos.
A estas alturas de la crisis económica y financiera europea ya no caben dudas sobre su causa principal: el juego sucio del capital financiero. Este juego sucio está en el origen del problema y es el estorbo principal para remediarlo ahora. Por lo tanto, es preciso un esfuerzo conjunto de la sociedad y sus representantes públicos para ganar esta batalla contra los que negocian especulando con el dinero e ignoran y ponen en peligro con los derechos y las necesidades de la ciudadanía.
Hay que prohibir los paraísos fiscales. Hay que prohibir que los europeos y las empresas de matriz europea los utilicen. Prohibir quiere decir castigar. Quiere decir que los que lo hagan deben ser penalizados, encarcelados si es preciso. Les quedará la solución Depardieu. Hacerse ruso, moldavo o montenegrino (mientras no ingrese en la Unión Europea). Pero nunca, nunca, pueden pretender compaginar estas sucias acciones con su pertenencia a una comunidad de países europeos que apueste por el bienestar de todos sus miembros. Y mucho menos representarlos.
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