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'El destierro', una mirada a las batallas interiores de la Guerra Civil

Francesc Miró

El bueno de Anselmo, uno de los personajes más memorables de Por quién doblan las campanas, decía que en una guerra lo normal era matar, pero aquello no quitaba que el hecho fuera, para él, un pecado muy grave. “En la guerra tenemos que matar. Pero yo tengo ideas muy raras”, decía Hemingway en boca de la ficción que escribía. “No quisiera matar ni a un obispo. No sirve para nada. No puedes acabar con ellos, porque su simiente vuelve a crecer con más vigor. Tampoco sirve para nada meterlos en la cárcel. Sólo sirve para crear más odios”, defendía el imaginario señor de 68 años que se había curtido en mil batallas.

Los protagonistas de El destierro son como Anselmo, hacen lo que hacen por obligación, no por creencia. Están destinados a salvaguardar un puesto fronterizo durante la Guerra Civil pero allí se pegan muy pocos tiros y mucho menos se mata a nadie. No se combate a enemigo alguno, más que al que se fragua uno mismo.

Teo, un joven que iba para seminarista y ahora lucha por sus convicciones cristianas, es destinado a un pequeño puesto de vigilancia en un frío lugar de unas montañas sin nombre. Allí conoce a Silverio, un hombre que fue reclutado por el bando golpista simplemente porque le pilló haciendo la vendimia: un hombre que no cree en la guerra en la que participa.

Ambos tendrán que convivir en las cuatro paredes del fuerte, siendo como son, radicalmente distintos. Un día, una joven aparece con una herida de bala a las orillas de un río cercano. Dejarán de ser dos para ser tres y eso complicará las cosas.

Un lugar inhóspito que puede ser cualquier lugar

Uno de los primeros aciertos de El destierro es descubrir que la Guerra Civil es un marco narrativo sobre el que desarrollar una historia que no tiene nada que ver con el conflicto, al menos directamente. El marco se diferencia del fondo en que el segundo influye en la historia narrada, mientras que el primero solo la encuadra. Y gracias a él la historia fluye de manera distinta, las imágenes se cargan de sentido y se desarrollan solo dentro de unos límites que descubre el espectador.

Su guión, que firma el propio director, no se acomoda en las diferencias políticas e ideológicas de los dos protagonistas: durante gran parte del metraje nadie sabe muy bien qué siente ni qué piensa cada uno. Situaciones y diálogos juegan con lo que creemos y nuestra simpatía salta de uno a otro. Como un teatro en el que ambos son marionetas de algo que les viene grande pero de lo que les es imposible zafarse.

Dos hombres enfrentados entre sí marcan las bases de una especie de western en el que el verbo es la única arma. Al menos hasta que sus conflictos sean el menor de sus problemas: la aparición del tercer personaje, una mujer polaca militante del bando republicano, no sólo les cambiará a ellos sino también el tono del filme.

Sin llegar a desarrollarse como un triángulo amoroso, el drama romántico y el desarrollo psicológico transforman lo que El destierro disimulaba ser. Para estrenarse en el largometraje, Ruiz Serrano parece haber mezclado ideas que se quedaron fuera de sus cortos. Una amalgama resultado de unir la Guerra Civil como marco, ya presente sus cortos Expediente WC o Paseo, así como la batalla verbal imbuida por el entorno de La última secuencia.

A pesar de sus fallos de ritmo y de lo desdibujado del desarrollo del trío sentimental, lleno de abruptos giros, la película se revela como una propuesta interesante por su apuesta. El destierro no es otra película sobre la Guerra Civil, aunque esto se diga de todas las películas que se estrenan de la temática.

El tropo consiste en que, aunque sólo sea por esta vez, su historia se podría desarrollar en cualquier otro conflicto, cualquier otro país. Ruiz Serrano confía un buen guión a unos Joan Carles Suau y Eric Francés convincentes y realistas. Ambos aguantan los desmanes de tempo de un filme que, por desgracia, deja escaso margen al personaje interpretado por Monika Kowalska.

En este destierro, la guerra es el lugar del que son expulsados sus personajes, su pena es convivir al margen de ella. Lejos del campo de batalla surgen fantasmas inesperados y terribles, pero también la amistad e incluso el amor. A salvo de la contienda hay sitio para la esperanza.

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