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El Diplodocus de Teruel: el hallazgo que sitúa a Aragón en la historia de la paleontología mundial

Ilustración de un Diplodocus.

ElDiarioAragón / Europa Press

19 de septiembre de 2026 10:16 h

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Todo empezó con el aviso de un vecino de El Castellar en 2008. Entre las rocas del yacimiento de La Tejería aparecieron unos huesos que el equipo de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis confirmó que pertenecían a un dinosaurio. Dieciocho años después, aquellas vértebras se han convertido en uno de los descubrimientos paleontológicos más importantes de Europa: la primera evidencia científica de un Diplodocus fuera de Estados Unidos.

La investigación, publicada en la prestigiosa revista norteamericana Journal of Vertebrate Paleontology, identifica catorce vértebras caudales y varios chevrones pertenecientes a un ejemplar de unos 25 metros de longitud que vivió hace aproximadamente 150 millones de años, durante el Jurásico Superior. El hallazgo no solo incorpora un nuevo dinosaurio al catálogo de Teruel, sino que obliga a replantear cómo se distribuyeron estos gigantes herbívoros entre Norteamérica y Europa.

Para la Fundación Dinópolis, el descubrimiento es el resultado de un trabajo prolongado que comenzó mucho antes de la publicación científica. En una entrevista concedida a Europa Press, el director-gerente de la institución y coautor del estudio, Alberto Cobos, ha resumido el alcance del hallazgo: “Es la descripción y definición del único Diplodocus que, por ahora, se conoce fuera de Estados Unidos”.

El director de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis y coautor de la investigación, Alberto Cobos, explica el hallazgo de El Castellar y resalta la riqueza de la provincia con más de 60.000 fósiles recuperados.

Cobos ha recordado que la repercusión científica y mediática responde también a una trayectoria de casi tres décadas investigando el patrimonio paleontológico turolense. “Llevamos 28 años investigando dinosaurios y haciendo ciencia desde Teruel para el mundo. Este descubrimiento es un ejemplo de cómo la investigación también puede convertirse en desarrollo territorial”, ha señalado.

La noticia ha recorrido medios internacionales porque habla de uno de los dinosaurios más reconocibles de la cultura popular. Descubierto en Estados Unidos en 1878 y convertido desde principios del siglo XX en uno de los esqueletos más reproducidos en museos de historia natural, el Diplodocus nunca había sido identificado con respaldo científico fuera del continente americano.

Para Cobos, esa es precisamente una de las claves del descubrimiento. “Encontrar aquí el único ejemplar asignado a Diplodocus fuera de la Formación Morrison resulta sorprendente por lo que significa para entender las conexiones entre la actual Norteamérica y Europa durante en Jurásico Superior”, ha manifestado.

18 años de excavaciones y laboratorio

La historia fósil comenzó sobre el terreno. El investigador de la Fundación Dinópolis y primer autor del artículo científico, Sergio Sánchez Fenollosa, también presente en la entrevista, ha detallado como un vecino de El Castellar localizó los primeros restos y avisó al equipo de paleontólogos. Tras comprobar que se trataba de huesos fosilizados, la Fundación inició la primera campaña de excavación en 2008.

Aquel trabajo continuó con nuevas campañas en 2014 y 2015 para recuperar el mayo número posible de restos del mismo ejemplar. Incluso fue necesario utilizar maquinaria pesada para ampliar la excavación y asegurar que el yacimiento quedaba completamente documentado.

Una vez extraídos comenzó un proceso mucho menos visible, pero igual de importante. Los huesos pasaron por el laboratorio de restauración de la Fundación Dinópolis, donde fueron preparados y consolidados antes de incorporarse a la colección científica y, posteriormente, a la exposición permanente del Museo Aragonés de Paleontología.

Aunque los fósiles llevaban años expuestos en Dinópolis, investigación específica sobre este ejemplar no arrancó hasta hace aproximadamente dos años, cuando llegó su turno dentro de las líneas de trabajo de la Fundación. “Fue entonces cuando empezamos a estudiarlo en profundidad y a contrastar todas las hipótesis”, ha remarcado Sánchez.

El proceso no fue inmediato. Según el investigador, primero identificaron que las vértebras pertenecían a la familia de los diplodócidos, el grupo de saurópodos al que pertenecen también Apatosaurus o Barosaurus. A partir de ahí comenzó un análisis comparativo mucho más exhaustivo con ejemplares de todo el mundo.

“Ha sido una investigación muy larga, progresiva, a veces tediosa, pero también muy emocionante”, ha resumido Sánchez sobre un trabajo que ha requerido años de estudio anatómico y análisis evolutivos antes de poder confirmar científicamente el hallazgo.

Las vértebras que revelaron la identidad del dinosaurio

La clave estaba en la cola. El ejemplar de El Castellar conserva catorce vértebras de la región media y posterior de la cola y varios chevrones, unos huesos que se articulan en la parte inferior de las vértebras caudales y que también aportan información anatómica muy valiosa.

Sánchez ha revelado que las propias vértebras contienen una combinación de rasgos exclusivos del género Diplodocus. “Presentan un centro vertebral muy alargado, carecen de crestas laterales y muestran un surco muy profundo en la parte inferior de la vértebra. Son características que solo encontramos en las especies de Diplodocus”, ha indicado mientras mostraba uno de los fósiles.

La investigación combinó ese estudio osteológico con análisis evolutivos realizados mediante distintas metodologías. El objetivo era comprobar si todas las evidencias apuntaban a la misma dirección. “Todas las piezas del rompecabezas han ido encajando hasta demostrar que este ejemplar pertenece al icónico Diplodocus”, ha afirmado el paleontólogo.

El resultado tiene además otro componente excepcional. El ejemplar turolense se encuentra entre los esqueletos de diplodócidos más completos descubiertos hasta ahora en Europa, algo especialmente relevante porque el registro fósil de este grupo en el continente es muy escaso. Para Sánchez, precisamente esa escasez explica por qué el hallazgo resulta tan singular. “Es uno de los diplodócidos más completos conocidos en Europa y eso ayuda a entender por qué hasta ahora no se había identificado este dinosaurio en el continente”, ha subrayado.

Más allá de identificar un nuevo dinosaurio, el estudio aporta una pieza fundamental para reconstruir la historia geológica del planeta. El Diplodocus de El Castellar constituye una de las pruebas más sólidas de que existieron intercambios de fauna entre Norteamérica y Europa durante el Jurásico Superior.

Sánchez ha confirmado que diferentes evidencias geológicas apuntan a la existencia de un corredor terrestre entre la actual Terranova y el noroeste de la Península Ibérica. Ese puente habría emergido durante un periodo de descenso del nivel del mar, permitiendo el desplazamiento de distintas especies entre ambos continentes.

El Diplodocus se suma así a otros dinosaurios ya conocidos tanto en Norteamérica como en Europa, como Stegosaurus, Allosaurus o Trovosaurus, reforzando la hipótesis de esos intercambios biológicos hace unos 150 millones de años.

Teruel, un laboratorio abierto

El trabajo no termina con la publicación del artículo. La Fundación Dinópolis mantiene abiertas varias líneas de investigación en yacimientos del Jurásico Superior y del Cretácico Inferior repartidos por la provincia, donde continúa excavando tanto restos óseos como huellas fósiles.

Cobos ha hecho hincapié en que solo en esos yacimientos se han recuperado más de 60.000 fósiles durante los últimos años, una colección que seguirá proporcionando nuevas investigaciones y descubrimientos. “Tenemos trabajo para ahora y para una futura cantera de investigadores”, ha corroborado.

“Es un hito más de la paleontología turolense”, ha concluido Sánchez. Un hito que comenzó con unas vértebras asomando entre la roca y que hoy ha situado a Teruel en el mapa mundial de uno de los dinosaurios más famosos de la historia.

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