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Sobre este blog

El caballo de Nietzsche es el espacio en eldiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).

“La gente visita los zoos porque no se da cuenta de lo que ocurre ahí dentro. O, mejor dicho, se lo han contado mal”

Phil de Witte

Lluís Freixes Carbonell

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Phil de Witte es un excelente director de cine pero, por encima de todo, es belga. Como haría un ciudadano de bien que ama a su país, no se corta a la hora de criticarlo y se desespera con el legendario pasotismo de sus gentes. “Aquí habéis conseguido derechos antes que nadie porque sois muy reivindicativos. En Bélgica es como si nada fuera con nosotros”. Discrepo, sonríe, asiente y toma un sorbo de té con hielo. Estamos a 22 grados a la sombra, pero nadie puede negarle sentarse al sol a quien huye de la lluvia eterna de Bruselas.

El cineasta viene de arrasar con Liberty en el festival Lonely Wolf de Londres –mejor thriller, mejor largometraje y otras dos nominaciones– y su película con causa animalista había triunfado ya en los festivales de cine alternativo de Montreal y California. Ahora se ha lucido en Barcelona, que acoge el IMPACTE! Festival de Cinema i Drets Humans de Catalunya. No se puede hablar en plural de derechos humanos sin hablar de derechos animales y este thriller demuestra por qué.

Sin destripar más que lo obvio: Matt Robinson –un impresionante Nicholas Michael McGovern– es un amante de la naturaleza, impulsivo e idealista. Trabaja de guía turístico y lleva a los visitantes a ver animales en su hábitat. Hasta ahí todo más o menos bien, pero nuestro protagonista, que se la tiene jurada a los que privan de libertad a los animales, decide tomarse la justicia por su mano. ¿Qué pasaría si enjauláramos en un zoológico a un grupo de humanos? ¿Cuánto tardarían sus mentes en romperse, como se rompen las de los animales que malviven en cautividad?

Te seré sincero: la película, un 10, pero es incómoda de narices.

Eso es fantástico. Crear esta incomodidad en un thriller, que enganche y que a la vez te genere una discusión contigo mismo... ¡Eso es el cine! Combinar imágenes y sonido nos despierta emociones que quizás no habíamos vivido nunca. Y el poder de una película es la fuerza de la emoción, que es justo lo que nos impulsa a hacer cambios.

Se hace difícil volver a un zoo tras ver el final de Liberty. Y sin llegar al final, también.

Cuando terminé de escribir el guion de la película, se lo hice llegar a un productor americano que se interesó enseguida. Nos citamos en Londres. Para que entendiera mejor lo que contamos en Liberty me pareció buena idea citarlo en un zoológico. “Ya he leído el texto, Phil”, respondió el productor. “Y, créeme, no pienso volver a un zoo”.

¡Misión cumplida!

Bueno, es que al final buscamos eso: representar la fragilidad de la vida y generar conciencia de que es nuestro deber proteger a los animales. Puedo entender que, hace muchos años, los zoológicos sirvieran de algo porque no había acceso a la educación –mira, esto es una jirafa–, pero ahora, con cientos de documentales e internet, no se pueden justificar de ningún modo.

Entonces, ¿por qué hay tanta gente que sigue yendo al zoo?

Hay muchísima desinformación sobre qué es un zoo y para qué sirve. Si reciben 700 millones de visitantes al año es porque la gente no se da cuenta de lo que ocurre ahí dentro o, mejor dicho, se lo han contado mal. Necesitamos películas como esta para que circule el mensaje.

De peques a todos nos llevan al zoo y nadie nos cuenta lo mal que lo pasan los animales en cautividad. ¿Va para largo el cambio?

El futuro de la humanidad y del planeta está ahora en manos de esos niños. En diez o veinte años las cosas cambiarán. Los jóvenes de hoy, que tienen acceso a muchísima información vía redes sociales, ya toman decisiones basadas en la empatía. Los hay que ven un vídeo terrible de qué hay que hacerle a una vaca para comerte una hamburguesa y toman una decisión: dejan de comer carne. Con los zoológicos, lo mismo.

¿Cómo la llevan las generaciones mayores la empatía con los demás animales?

En la proyección de Londres, algunos espectadores más adultos salieron de la sala a media película, un poco inquietos con lo que se les estaba mostrando. Era un público generalista, claro, pero los jóvenes también, y ellos sí se quedaron embobados viéndola, ¡incluso hasta el final de los créditos! Vienen abiertos de mente: sospechan que nunca les han contado la verdad y la verdad es la que es.

Dígame una verdad incómoda sobre los zoos.

Por ejemplo, todo el mundo se alegra cuando hay un nacimiento en un zoo, ¿verdad? Pues no. No hay motivo para celebrar nada. Si sólo 1 de cada 100 animales nacidos entre rejas son luego puestos en libertad, ¿qué demonios estamos celebrando? Ese animal va sufrir injustamente las penurias del encierro: aburrimiento, ansiedad, tristeza y todo tipo de trastornos mentales.

Que por lo que veo es lo mismo que nos pasaría a nosotros en su situación.

¡Claro! ¡Es que nosotros también somos animales! En las escenas donde se muestra el sufrimiento de los humanos enjaulados, no hace falta ni diálogo. Los hombres y mujeres que Matt alecciona se comportan como animales en cautiverio porque son animales en cautiverio. Con las imágenes y el sonido basta para transmitir esa inquietud que nos generaría a nosotros estar en la situación en la que tenemos encerrados a los animales del zoo.

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El caballo de Nietzsche es el espacio en eldiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).

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