Día de muertos

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El día antes de marcharse les hizo prometer que enterrarían el hacha de guerra. Se sentía responsable de haber elegido a uno y no a otro pese a que, siendo hermanos, cavaría una grieta entre ellos con su decisión. 

Fueron años duros, de desconexión y distancia, de esquivarse en las aceras y las miradas, evitando coincidir en casa de Madre. 

Pero la enfermedad tiene estas cosas. Consigue rescatar del desapego aquello que parecía condenado a indiferencia perpetua. 

Les pidió a ambos que tiraran sus cenizas en el olivo del huerto familiar, bajo la plaza del Mirador y que fueran juntos a verla cada semana para así reconstruir los afectos olvidados durante tanto tiempo. 

Así cumplieron. Y en esta plaza se encuentran cada lunes desde hace un año, para consolarse los dos, ahora sí, huérfanos de un mismo amor que vivieron de forma tan distinta. 

Los domingos almuerzan en casa de Madre y hablan mucho de Rocío. Y de fútbol. 

Hoy volverán a asar castañas juntos después de más de veinte años.