Contra la eutanasia, a muerte
La historia de Noelia es suficientemente dura como para hacer bromas. En 2002, tras una vida lejos de su familia y saltando de un centro de menores a otro, sufrió una violación múltiple. Fue la gota que colmó el vaso y decidió saltar desde un quinto piso para poner fin a su sufrimiento. Resultado: una paraplejia completa. Más o menos un año después, decidió acogerse a una de las leyes que han hecho de España un lugar mejor y solicitó la eutanasia. La norma, modélica y garantista hasta el extremo, se puso de su lado. El 2 de agosto de 2024, por decisión propia, Noelia debía haber disfrutado de su derecho a una muerte digna.
Como es bien sabido, sus padres, en colaboración con la banda conocida como Abogados Cristianos, decidieron recurrir. El contencioso-administrativo que presentaron no era contra Noelia, sino contra todas las Noelias (y ‘los’ Noelias) y apuntaba a la línea de flotación de la ley: querían que un tribunal decidiera si los deseos de un tercero pueden estar por encima, no ya de los 19 miembros de la Comisión de Garantías que la autorizaron, sino de la propia solicitante. De haberlo conseguido, la ley se habría convertido en papel mojado. Afortunadamente, el juzgado de lo contencioso 12 de Barcelona ha decidido que no. Aún pueden recurrir, así que es pronto para cantar victoria.
En su intento por amargarle la vida (y la muerte) a Noelia, los cristoflautas lo han intentado todo. Incluso se colaban en su habitación y, aprovechándose de que, según el dictamen médico, padece “dependencia grave, dolor y sufrimiento crónico e imposibilitante”, para llenar su habitación de cromos de santos y amuletos varios pensando que serviría de algo. Cosas de la superstición. Solo por eso ya se merecen la cárcel, pero estos fanáticos, que van todo el día llorando por lo perseguidos que están, tienen tanta inmunidad como impunidad para acosar a los demás.
El miedo a la muerte de los cristianos es algo que siempre me ha fascinado. Si su amigo invisible ha decidido que ha llegado el momento y decide llevárselos a un lugar mejor, lo normal sería celebrarlo. Pero no, se lo toman a la tremenda. Es un culto a la muerte fascinante y algunos lo llevan bien dentro. Ya decía el cómico americano Bill Hicks que simbolizar a Jesús con una cruz era como levantar una estatua de una mira telescópica en memoria de Kennedy. Después de todo, el nazareno murió por nuestros pecados —a los que, por cierto, nos había condenado previamente— y siendo dios, mucho no debió sufrir. Además, solo aguantó tres días y luego volvió al cielo. Así, cualquiera.
Por supuesto, la Biblia no dice nada de la eutanasia, pero eso nunca ha impedido a los cristianos más radicales intentar meternos con calzador sus propios disparates. En la novela, la cuestión aparece de refilón en 1 Samuel (31:3, 4), cuando los filisteos se enfrentan a los israelitas y les dan para el pelo. En el fragor de la batalla, Saúl (el primer rey de Israel) cae herido, y ruega a su escudero que lo mate para no acabar en manos del enemigo. Este, cual aspirante a empleado del mes, no solo procede, sino que se suicida a su vera.
La historia sigue en 2 Samuel 1:6-16, con uno de esos giros de guion que nadie espera. El escudero, que ya no está muerto ni tampoco de parranda, se presenta ante el rey David para referirle lo acaecido. En señal de agradecimiento, este ordena degollarlo. ¿Cómo sacar de tan edificante relato algo parecido a una conclusión razonable? Pero lo cierto es que, por mucho que se empeñen algunos, pocos, la eutanasia no es ni pecado. Ni siquiera venial. El suicidio, por cierto, tampoco. De hecho, nos ilustra el Catecismo, ni siquiera supone una condena al infierno, en clara desautorización de lo que pontificó Nicolás I en el año 860. El magisterio de la iglesia es inmutable. Hasta que cambia.
Como dios escribe recto con renglones torcidos, no hay quien se aclare. Por ejemplo, durante siglos —y ahí están San Agustín o Santo Tomás de Aquino, aristotélicos en la materia, para atestiguarlo—, el aborto no era un problema porque el futuro ser aún no tenía alma. Pero en 1869, Pío IX sentenció que sí. Y no lo hizo por inspiración del altísimo ni basándose en una interpretación ad hoc de algún ambiguo pasaje bíblico. No, su fuente era el físico holandés Nicolaas Hartsoeke quien, en 1649, analizó unas gotas de semen con un paleomicroscopio y detectó dentro un “homúnculo” o señor pequeñito. Desde entonces, la Iglesia no ha parado en su cruzada para someter el cuerpo de la mujer. Siendo los caminos del señor tan inescrutable, no extraña que la Biblia sea para unos un libro inspirado por dios, para otros una recopilación de textos random y para Jeta Jeta Benítez, un tratado de ufología.
Lo que me fascina de Abogados Cristianos y su cabecilla, Polonia Castellanos, es su capacidad para no dejarse amilanar por la realidad. En los tribunales, sus batallitas se cuentan tanto por chorradas (las que denuncian) como por derrotas. Que me venga a la cabeza, su último triunfo fue conseguir que no retiraran una cruz en Castellón, pero es difícil saber si hay que atribuir el éxito a sus méritos jurídicos o a los del juez franquista de guardia que les tocó. Impermeables al ridículo, en su ajuar tienen incluso un pleito contra Francia ante la Comunidad Europea por la gala de inauguración de los Juegos Olímpicos. Razón no sé, pero de tiempo libre van sobrados.
Lo curioso es que, tan devotos ellos, confíen más en el derecho penal (de origen pagano) que en la justicia del dios que han construido a imagen y semejanza de su integrismo. Aun así, seguro que rezaron mucho, supongo que en latín, para amargarle la muerte a Noelia, pero de momento solo han conseguido añadirle sufrimientos. Se supone que dios sabe lo que hace y, si no mandó un rayo destructor para aniquiliar a los que redactaron la ley de eutanasia, tan mala no le parecería. Ni siquiera los convirtió en estatuas de sal, truco que domina.
Otra opción, si es tan bueno, hubiera sido curar a Noelia de sus sufrimientos y hacerle recuperar sus ganas de vivir. Una opción que seguro no barajaron estos rezadores en serie. A ver si entran en razón, se da cuentan de que no le hace caso ni su dios, entregan el Aranzadi y se disuelven.
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