Álex Grijelmo: “Procuro escribir muchas veces 'quizás' o 'tal vez”

Aunque se trate de un libro recopilatorio de algunas de sus últimas columnas en El País sobre el lenguaje y sus usos, Palabras de doble filo (editado por Espasa), del periodista Álex Grijelmo, tiene una coherencia interna evidente y sirve de continuación lógica a otras de sus obras anteriores como, por ejemplo, La seducción de las palabras (2000) o La punta de la lengua (2004).

Grijelmo habla pero, antes de decir nada, piensa y se escucha lo pensado, una virtud que, a poco que miremos a nuestro alrededor, escasea.

La relación de las palabras y la realidad: ¿la realidad modifica a las palabras o son las palabras las que modifican la realidad?

Eso me parece fundamental. He pensado mucho en eso, ya en mi libro anterior, La información del silencio (2012): los eufemismos de significado y los de significante, que no son lo mismo. Decimos “trasero” en lugar de “culo” y eso es un eufemismo de significante porque cambiamos sólo la palabra y porque la representación mental es la misma. Hay otros eufemismos de significado que lo que hacen es cambiarte el concepto que percibes, como ocurre con “reajuste” en “reajuste de presupuestos” para ocultar que se trata de una reducción de ayudas, pongamos por caso. Siempre me ha preocupado esa relación y me parece que, por ejemplo, en el caso del cuidado de las palabras con un sentido feminista, a veces podemos confundir los términos.

Fíjate en una palabra tan inclusiva como “padres”. Si tú dices “mis padres se han ido de vacaciones”, hace unos años a nadie se le ocurría pensar que se podría tratar de dos hombres o de dos mujeres. Reflexiono en el libro sobre cómo la realidad también cambia el significado de las palabras: se mantiene el significante pero cambia el significado porque el contexto lo ha alterado.

¿Y qué peligros tiene esto? ¿Pueden darse palabras que requieran un mayor impacto y se pierdan por un contexto políticamente correcto o para que no afecten a un colectivo discriminado? Pongo un ejemplo extremo para que nos entendamos: “hijo de puta”.

Ahí lo que cuenta es con qué intención decimos las cosas. Cuando era niño, a las personas que tienen síndrome de Down, una expresión científica, se les llamaba “mongólicos” y se convirtió en un insulto. Por eso, se empezó a utilizar “subnormales”, que también acabó siendo considerada como un insulto, porque una parte de la sociedad utilizaba esta palabra con mala intención, para denigrar a estas personas. Si miras retrospectivamente, alguien pudo usar entonces la palabra “subnormal” en un texto y puede parecer, a ojos de hoy, que lo hacía ofensivamente cuando en aquel momento estaba combatiendo la palabra “mongólico”. Volvemos al significante y al significado. La palabra es “subnormal” pero ¿quiero insultar, quiero describir o quiero defender a esa persona en aquel momento?

Escuché a Enric González una reflexión interesantísima. Defendía que lo políticamente correcto nos hacía hipersensibles a la ofensa, tanto a la sociedad como a las minorías.

Puede ocurrir. Hace poco escuché en la radio a alguien que decía “no seas moñas” y esto fue utilizado por un determinado colectivo en contra de la homofobia. Al final, lo que cuenta es la intención. Yo no encontré ni un solo registro que relacione “moñas” con un término denigratorio hacia los homosexuales. ¿Alguien se ha sentido ofendido por eso? Me da pena, me solidarizo con el ofendido, pero hay que ver si quien hizo eso tenía intención ofensiva o aversión a los homosexuales. No seamos tan tiquismiquis.

Dices en uno de los artículos sobre los cambios en el lenguaje: “El propósito común es mejorar la realidad”. Supongo que hablas de buenas personas, porque hay mucha mala persona que no quiere eso… ¿Cómo vives el lenguaje político, con sus “movilidades exteriores” o sus “reajustes presupuestarios”? Y fuera de ideologías…

Sí, es común a todos. Lo veo como una manipulación y un engaño. Estoy acostumbrado a reflexionar sobre las palabras y hay determinadas manipulaciones que descubro ¡meses después de estar escuchándolas! Hay que combatir que, mediante estas manipulaciones lingüísticas, nos cambien nuestra percepción de la realidad. En la manipulación política, aparte de los eufemismos, me preocupan los “efectos de silencio”, de lo que se calla no porque se omita el mensaje entero, sino porque dentro de un mensaje se omite una parte. Como, por ejemplo, en el EGM [Estudio General de Medios]: se resaltan unos datos y se omiten otros, o en los resultados de una empresa…

O en los datos del paro, que es sangrante. Se reduce el paro, ¿pero en qué condiciones? Falta el dato cualitativo…

No sé si habría que empezar a pensar en términos de masa salarial. Puede ocurrir que aumente el empleo y disminuya la masa salarial. Todos los datos son necesarios.

Dos términos que tratas en el libro y que, lógicamente, me recuerdan a Podemos: el uso de “populismo” como crítica hacia ellos y el uso que ellos hacen de la palabra “pueblo”. ¿Qué es “el pueblo”? ¿Un señor de Murcia y dos de Villalpando o quién?

Hay una cierta manipulación que consiste en tomar los nombres colectivos como si respondieran a unidades homogéneas. Cuando se dice “Cataluña” y “España” o “Cataluña contra España”… Cuidado, porque dentro de Cataluña hay muchas Cataluñas y dentro de España hay muchas Españas. Entonces tomar con esa metáfora, vía sinécdoque, el todo por cada una de sus partes cuando sus partes son muy divergentes, no me parece muy riguroso.

¿Qué piensas del término “casta”?

Desde el punto de vista de la comunicación, me parece un gran hallazgo, pero a mí no me gustan estas cosas. Reconozco su eficacia de la misma manera que reconozco la eficacia de una escopeta, estando en contra de las escopetas. No me gusta esa agresividad en el lenguaje político que se da en todos los partidos, esa descalificación continua… preferiría un debate un poco más elevado. La retórica política actual es deplorable: siempre las mismas repeticiones, esa construcción de las frases con reiteración del sujeto… fórmulas muy repetitivas porque improvisan mientras hablan. A veces no sólo improvisan las palabras, improvisan también el pensamiento.

Por la época en que fueron escritos, tratabas mucho el tema catalán: “autodeterminación”, “derecho a decidir”…

Sí, y a la vez que critico estas simplificaciones que se hacen desde el lado nacionalista, defiendo la palabra “nación” para aplicarla a Cataluña. La palabra “nación” está en la Historia de España, y de “las Españas”, y se puede decir que España es una nación de naciones.

Me ha emocionado mucho que defiendas el “quizás” en un mundo de certezas rotundas, como vemos en las tertulias televisivas.

Es terrible. Pasa mucho en los comentarios de redes sociales o en los de las noticias de los digitales. Ves a una gente con una seguridad en sus aseveraciones, que siempre digo: “Yo aquí pondría un 'quizás”. Procuro escribir muchas veces “quizás” o “tal vez”.

La gramática mal estructurada o las faltas de ortografía. Otros dos temas.

¿Es importante una falta de ortografía? No. Nadie se muere por eso ni desciende el PIB, pero es el termómetro. ¿Es importante que el termómetro marque 40 grados de fiebre? No. Lo importante es que tienes 40 de fiebre. Las faltas de ortografía son un poco el termómetro de nuestra temperatura humanística, de la formación que tenemos, de la estructuración de nuestra cabeza, de la gimnasia que hemos hecho leyendo. Una persona que lee mucho no tiene faltas de ortografía. La lectura es la gimnasia para todo, es el escudo frente a toda manipulación porque te forma, te da capacidad de abstracción, de concentración…

Me reí mucho con la frase de Pepe Blanco que citas: “Mi paciencia es infinita pero se está agotando”. (Nos reímos)

Él no es consciente del infinito en ese momento, lo toma como sinónimo de “grande”. Me parece maravilloso, y no lo digo como crítica, sino porque es un hallazgo.

Y también está en tu libro la prueba definitiva de que la Virgen no existe. Según la necrológica de El País de la vidente de El Escorial, la madre de Dios le dijo a esa mujer: “Este (sic) agua curará”. ¡En masculino!El País

Es maravilloso, pero pudo no haber sido culpa de la Virgen, sino de la vidente de El Escorial, que la entendió mal, o del periodista, que lo transcribió mal…

¡Una nueva Santísima Trinidad: la Virgen, la vidente y el periodista!

(Nos reímos) (Paramos de reírnos) (Silencio) Oye…

Dime.

Cuando publiques la entrevista, hazme un favor: ponme muchos “tal vez” y “quizás” en todo lo que acabo de decir.