Europa abandona en el Mediterráneo al barco con 62 personas que lleva el nombre del niño Aylan

Apenas 24 millas separan el barco de la ONG Sea Eye de la isla de Malta. Los días pasan y el guion se repite. Decenas de personas varadas en medio del Mediterráneo, esperando que algún puerto seguro les dé permiso para desembarcar tras huir de todo tipo de abusos en Libia y jugarse la vida en el mar en una precaria embarcación; una tripulación tratando de negociar con los países, uno por uno, una solución y el tira y afloja entre las autoridades italianas y maltesas, que continúan con sus puertos cerrados. 

Esta vez, los protagonistas son 62 migrantes rescatados por la organización alemana, que esperan desde hace nueve días poder pisar tierra firme. El escenario, un barco que se llama Alan Kurdi, el nombre del niño sirio (en España conocido como Aylan) que murió ahogado en una playa turca y cuya foto se convirtió en 2015 en un símbolo de la tragedia de las personas que arriesgan su vida para alcanzar suelo europeo en busca de refugio.

Evans, como la familia del pequeño Aylan, se echó al mar en un bote de goma porque no tenía otra opción, asegura. Se levanta el pantalón hasta la rodilla y muestra la marca de un golpe. “En Libia están vendiendo a chicas. Te dicen que hagas cosas que no se te pasan por la cabeza. Te llevan a una casa y te dicen que duermas con hombres. Si te opones, te golpean. A mí me llevaron a la casa, usaron un cuchillo cuando me negué a hacer lo que me ordenaban”, relata en un testimonio recogido por la ONG en un vídeo. 

“Después me dijeron que me iban a matar. Un hombre me dijo que tenía que pagarle. Le di el dinero y desde entonces, decidí que no podía quedarme en Libia. Porque vi cómo asesinaban a mucha gente, están matando a muchas chicas. Si te opones a hacer lo que te piden, te matan y se deshacen de ti”, reitera la mujer. Cuenta que decidió marcharse de Nigeria, su país de origen, tras perder a sus padres. “Sabemos que esta ruta es peligrosa, pero no tenemos otra opción. Necesitamos ayuda”, dice con la mirada firme.

Evans es una de las 10 mujeres que se encuentran a bordo. También hay un bebé y un niño de seis años, Manuel. El resto, 50 en total, son hombres. Algunos proceden de países como Senegal, Camerún, Costa de Marfil, Benin o Ghana, aunque la mayoría, como Evans, asegura venir de Nigeria. De allí también es Benjamin. Tiene 30 años y llevaba cuatro en Libia. “Desde que llegué ha sido un infierno. Es el país más terrible que he visto en mi vida”, asegura.

Según su testimonio, ha sido una de las víctimas del mercado de seres humanos que escandalizó al mundo tras las imágenes difundidas por la CNN. “A los negros nos usan como esclavos, venden a seres humanos. A mí me han vendido dos veces por 500 dinar (320 euros). Luego te dicen que tienes que pagarles el doble, 1000 dinares (unos 640 euros). Desde que llegué, no he sido libre”, explica Benjamin. 

El Alan Kurdi permanece en aguas internacionales frente a la costa maltesa a la espera de instrucciones después de que las autoridades italianas les impidiesen acercarse a la isla de Lampedusa. De momento, la nave continúa sin permiso para atracar en puerto. Las condiciones a bordo se han ido deteriorando, pero el tiempo parece dar una tregua después de la fuerte tormenta del pasado domingo, indica a eldiario.es Carlotta Weibl, portavoz de la ONG. Ante la escasez de provisiones, la ONG maltesa MOAS tuvo que abastecer este miércoles de agua, alimentos y ropa a los rescatados. 

“La situación a bordo es muy dura. Todavía tenemos 62 personas a bordo más 17 miembros de la tripulación y el barco no está hecho para tanta gente. Aún así, cualquiera está más seguro en nuestro barco que en un bote de goma que se hunde”, sostiene Weibl. Algunos tienen que dormir al aire libre en la cubierta, expuestos al viento, las olas y el frío. “La gente está empezando a preguntar a nuestra tripulación por qué no pueden llegar a tierra y por qué tardan tanto tiempo. Nuestro equipo también está muy cansado, pero intenta cuidarse lo mejor que puede”, resume la portavoz. 

“Muchos sufren de mareos, lo que los debilita aún más”, detalla la ONG. “Además de las condiciones físicas, también el estado psicológico de muchas personas es débil”. Los rescatados han visto cómo dos de sus compañeras han sido evacuadas en los últimos tres días. El martes, una joven tuvo que ser evacuada a Malta tras perder la conciencia y tener dificultades para respirar. Durante la madrugada de este jueves, Osumah, una mujer embarazada de 23 años, fue trasladada por las autoridades maltesas tras sufrir un ataque epiléptico, según ha explicado Sea Eye. “Su marido se queda preocupado con nosotros, no le permitieron acompañarla”, apuntó en un tuit. 

No es la primera vez que la ONG critica la separación de familias en las evacuaciones. El pasado fin de semana, las autoridades italianas anunciaron que permitirían solo la salida de los dos menores con sus dos madres, pero estas se negaron a abandonar el barco si su familia se separaba. “Italia envió dos lanchas patrulleras para recoger a las dos madres con sus hijos, excluyendo a los padres. Insistió en separar a las familias. Tras reiteradas peticiones de Sea Eye a las autoridades italianas para que reconsideraran esta decisión, las propias familias afectadas anunciaron que no deseaban ser separadas y prefirieron permanecer juntas a bordo del Alan Kurdi. La evacuación fue abortada”, sostiene la organización.

La UE negocia una salida y Palma ofrece su puerto

Este jueves, varias agencias de Naciones Unidas, entre ellas la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y UNICEF han reclamado que se proporcione un puerto seguro para estas personas “lo antes posible”. Además, ha vuelto a pedir a los Gobiernos europeos que pongan en marcha “mecanismos de desembarco en países seguros que sean predecibles y en línea con todas las convenciones internacionales que no permiten que Libia sea considerada un puerto seguro”.

Tras el rescate, el pasado 3 de abril, Sea Eye solicitó apoyo diplomático del Ministerio Federal de Asuntos Exteriores alemán debido a que el barco enarbola una bandera alemana. “Desde entonces estamos en estrecho contacto con ellos. El Ministerio Federal de Asuntos Exteriores ha pedido a la Comisión Europea que mediara y encontrara una solución a nuestra situación”, ha dicho la ONG. De momento, países europeos se encuentran negociando el reparto de los migrantes a bordo antes de desbloquear el desembarco, al igual que ha ocurrido en otras ocasiones similares en los últimos meses. 

Sin embargo, la solución no termina de llegar. Este jueves, Bruselas ha insistido en que los contactos entre los Estados continúan y que espera una “rápida resolución” del asunto “lo antes posible”, según ha informado Efe. “Estamos debatiendo con todos los Estados miembros después de la petición de la semana pasada. Hemos iniciado contactos con todos los países para apoyar y coordinar a aquellos que desean participar en los esfuerzos”, ha dicho la portavoz comunitaria de Interior, Natasha Bertaud.

La portavoz no ha dado detalles sobre los países que se han ofrecido a acogerlos. El Gobierno alemán se ha mostrado dispuesto a recibir a algunos de ellos “siempre que otros países de la UE participen en la operación”. Este jueves, Antoni Noguera, alcalde de Palma, ciudad de la que partió la nave humanitaria, ha ofrecido el puerto para recibir a los 62 rescatados y ha enviado una carta a la presidenta del Govern, Francina Armengol, para que gestione con el Gobierno de Pedro Sánchez el permiso para desembarcar. 

“No tenemos detalles sobre las negociaciones. Nos preguntamos si tenemos que esperar hasta que tengamos que evacuar a las 62 personas porque sufrieron emergencias médicas. Estamos muy molestos porque sabemos que tenemos razón y aún así somos tratados como criminales. A estas personas se les niega sus derechos por parte de políticos que siempre están tan orgullosos de nuestros 'valores europeos y derechos humanos”, opina Weibl.

El Alan Kurdi es el único barco de rescate de una ONG que permanece salvando vidas en el Mediterráneo después de que la mayor parte de las organizaciones se hayan visto forzadas a poner fin a sus misiones por las restricciones a su labor o permanezcan bloqueadas en puertos europeos, como es el caso del Open Arms.

Ejike pasó en Libia dos años. Su testimonio vuelve a coincidir con los horrores descritos por sus compañeros a bordo del Sea Eye. “Soy muy trabajador. Me fui de Nigeria porque quería que mi familia se sintiera orgullosa, por eso me fui. Sé quién soy, sé que si me lo trabajo tendré un empleo. No quiero que me den dinero gratis. Quiero trabajar y ganármelo yo. Por eso me fui a Libia, pero allí nos tratan como a esclavos”, resume el joven frente a la cámara.

“Creen que no somos seres humanos. Puedes trabajar para un libio, pero en lugar de pagarte, sacará una pistola y te tirará al suelo. Y si vuelves a hablar, te dicen que te llevarán a la cárcel y te deportarán”, añade. “No se preocupan de nuestras vidas. Sin Sea Eye, todos nosotros habríamos muerto en el mar Mediterráneo”, sentencia Ejike.