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Huelga feminista para poner la vida en el centro

Alazne Beltran de Lubiano Riaño / Leire Murguialday

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En la huelga feminista de 2018 inundamos las calles con las necesidades y malestares de las mujeres*. Desde la diversidad y la complicidad dimos un paso irreversible para ser las protagonistas de una historia que se nos ha negado. Este año también, las mujeres*, bolleras y trans de Euskal Herria vamos a la huelga, porque aunque nuestra lucha sea más visible, nos golpea la misma precariedad, heteronorma, violencia machista y racismo.

Ocupar la centralidad es un acto material y simbólico que supone transformar la hegemonía. Apropiarnos de esa centralidad exige cambiar las estructuras y las relaciones de poder. Colocar la vida en el centro es algo transversal y afecta a todas las estructuras de la sociedad. No nos interesan los gestos superficiales y no nos conformamos con mejoras dirigidas al 1% de las mujeres*. Al igual que los techos de cristal también queremos acabar con los suelos resbaladizos y precarios.

Por eso, pedimos la responsabilidad colectiva para el sostenimiento de la vida. Conseguir vidas que merezca la pena ser vividas comienza por aceptar que somos interdependientes, ya que no somos sujetos autónomos y racionales que acceden al mercado sin ninguna otra necesidad. Los mercados, las estructuras públicas, la familia o el modo en el que vivimos no pueden entenderse de forma aislada, todo está interrelacionado, por lo que las injusticias de nuestro alrededor también están conectadas entre sí: la precariedad de los trabajos feminizados, las jornadas interminables que tenemos debido a los trabajos no remunerados que hacemos en casa, las empleadas del hogar internas que no tienen papeles, la ocupación de los espacios de poder por los hombres burgueses, la expropiación de la naturaleza, la violencia contra las mujeres, trans y bolleras etc. Esto nos demuestra que en nuestra sociedad unas pocas vidas valen más que el resto. Nosotras hemos venido a acabar con ello.

En estos tiempos en los que la austeridad ha empeorado la crisis de los cuidados, reivindicamos la reorganización social de los cuidados, queremos que sea un eje transversal en las políticas públicas y que no recaigan sobre los derechos de las personas más oprimidas. Estos trabajos se dan de manera privatizada, feminizada y explotada, obligándonos a las mujeres* a asumirlos gratis o a cambio de una miseria. Por ello, junto con la asunción de responsabilidades por parte de los hombres y las instituciones, son necesarios cambios estructurales: en nuestras relaciones personales y comunitarias, en los modelos de pareja y familia, en la práctica diaria, en los modelos de producción y en las políticas públicas así como en la organización territorial.

Sabemos que el capitalismo no puede regenerarse si no somete a las mujeres*. Tenemos claro que si nosotras nos plantamos se para el mundo. Es por eso que vamos a la huelga: para romper con el sistema y exigir un nuevo pacto social. Buscamos un pacto que abra las puertas a un nuevo modelo de ciudadanía inclusivo que no se base ni en el origen, ni en el matrimonio, ni en el nivel de inserción laboral de cada una.

Este camino tiene que estar unido necesariamente a un proceso de cambio profundo que desarrolle la igualdad formal y las políticas de equidad. Es decir, por un lado estamos luchando por nuestros derechos civiles y sociales, por una democracia que posibilite las decisiones de la población. Pero al mismo tiempo también estamos luchando por marcar una agenda capaz de superar las relaciones jerárquicas entre la explotación laboral, el sexo-género, el capacitismo, el racismo, etc., para tener soberanía sobre nuestro cuerpo y nuestro territorio. Para que de esta manera los sujetos periféricos podamos tener una vida libre de violencia.

Este año vamos a la huelga con algunas exigencias políticas, entre ellas: reconocimiento de los trabajos imprescindibles para la sostenibilidad de la vida; empleo digno para las mujeres*; derechos laborales para el empleo doméstico; desaparición de la figura de empleada del hogar interna; pensiones dignas para las mujeres*; un sistema público, gratuito y universal propio de cuidado y atención a la dependencia; desarrollar el estatuto de las mujeres* agricultoras; no a la injusticia patriarcal; ampliar la Ley de Violencia de Género; recursos públicos integrales y efectivos para hacer frente a las situaciones de violencia; acabar con el privilegio socioeconómico del matrimonio; despatologización trans; derogar la ley de extranjería; o poner fin a las políticas de migración genocidas de la Unión Europea.

*Felicidades a todas las mujeres que han organizado la huelga pueblo a pueblo. Empoderarnos juntas y tejer redes es nuestra mejor arma. Nos vemos en las calles.

*Alazne Beltran de Lubiano Riaño y Leire Murguialday pertenecen al Movimiento Feminista de Euskal Herria

En la huelga feminista de 2018 inundamos las calles con las necesidades y malestares de las mujeres*. Desde la diversidad y la complicidad dimos un paso irreversible para ser las protagonistas de una historia que se nos ha negado. Este año también, las mujeres*, bolleras y trans de Euskal Herria vamos a la huelga, porque aunque nuestra lucha sea más visible, nos golpea la misma precariedad, heteronorma, violencia machista y racismo.

Ocupar la centralidad es un acto material y simbólico que supone transformar la hegemonía. Apropiarnos de esa centralidad exige cambiar las estructuras y las relaciones de poder. Colocar la vida en el centro es algo transversal y afecta a todas las estructuras de la sociedad. No nos interesan los gestos superficiales y no nos conformamos con mejoras dirigidas al 1% de las mujeres*. Al igual que los techos de cristal también queremos acabar con los suelos resbaladizos y precarios.