Hoja de Router Opinión y blogs

Sobre este blog

“Todo era impenetrable”: la herencia digital de un 'hacker' y el drama de su viuda

Michael Hamelin era físico y ‘hacker’. Llevaba casi veinte años dedicando su vida al mundo de la seguridad informática y trabajando para empresas como IBM. Hace unos meses, el 28 de diciembre de 2014, viajaba en un vehículo acompañado por su esposa cuando el destino provocó un desafortunado accidente. Michael murió en el acto. Su mujer, Beth, afortunadamente se salvó.

El fallecimiento de su pareja fue un durísimo golpe para Beth. El suceso no sólo trajo consigo una gran pérdida personal para esta científica, sino que se convirtió por causas inesperadas en una auténtica pesadilla: Hamelin se había pasado media vida probando probando medidas de seguridad contra ciberataques y las había aplicado a todas sus propiedades electrónicas y digitales, incluidas las que compartía con su esposa.

Hamelin no pensó en su herencia digital. Tal vez tampoco lo hizo, como casi nadie lo hace a una edad tan temprana, con inmuebles, dinero y otros objetos personales. No pensó en que otra persona dependería en cierto modo de él para acceder a información y bienes que, cuando se fuera, se marcharían con él.

Tras esta traumática experiencia, su amigo Andrew Kalat, también experto en seguridad informática, se ha propuesto crear conciencia sobre la necesidad de gestionar la herencia digital, sobre la necesidad de que los ‘hackers’ (pero no solo los 'hackers') tengan en cuenta los obstáculos que tendrán que superar sus familias para recuperar documentos e información cuando ellos ya no estén.

“Lo ideal sería que ese ‘hacker’ comparta su contraseña con algunos parientes, por lo que pueda pasar”, explica a HojaDeRouter.com. Al fin y al cabo, ese tipo de medidas de protección se utilizan bien para protegerse “de los malos”, o bien para hacer pruebas, por lo que no sería necesario preservarlas con los familiares más cercanos. Kalat le conocía bien y sabe que Hamelin no tenía nada que esconder, simplemente “era un apasionado de la información y del 'hacking' y le gustaba probar cosas nuevas”.

Cuando Beth se recuperaba en el hospital, lejos de casa y sin móvil propio (lo había perdido en el accidente), ni siquiera pudo usar el iPhone de su marido para comunicar la tragedia a familiares y amigos. El teléfono no permitió más de diez intentos para intentar averiguar la contraseña. El hombre lo había blindado por completo, y ella no había memorizado ningún número.

También había implementado severas medidas de seguridad en los ordenadores que compartían: había cifrado por completo los discos duros del MacBook Pro y de su Mac. Explica Kalat que si el ‘hacker’ no hubiera cifrado los discos duros, hubiera sido relativamente fácil restablecer la contraseña arrancando el ordenador desde un 'pendrive' o un DVD. Sin embargo, “como había cifrado completamente el dispositivo y la contraseña no se conoce, es posible que nunca nadie pueda volver a acceder a ellos”.

Hamelin también gestionaba más de una docena de servidores web y de correo electrónico donde guardaba los recuerdos familiares. Beth no sabía cómo utilizarlos ni para qué los usaba su marido, como tampoco conocía las contraseñas para acceder a ellos. A día de hoy aún no ha podido acceder a la información que contienen, incluyendo documentos de ella misma. “Todo era impenetrable”, explica Kalat.

Poco después, y gracias a algunas facturas, supo que cinco de esos servidores habían sido alquilados en un centro de datos, pero entre las normas de estos centros está la que prohíbe que alguien más allá del propietario pueda acceder a ellos. No tenían en cuenta la posibilidad de que esa persona falleciera.

No hay que irse tan lejos. El blindaje de Hamelin llegaba a cosas tan sencillas como el wifi. La mujer ni siquiera podía conectarse a internet desde su casa con un teléfono nuevo, aunque “por suerte alguien pudo recuperar su contraseña”.

¿Qué pasaría con la privacidad?

Kalat admite que, por cuestiones de privacidad, no toda la información de una persona fallecida debe ser accesible para su viudo, viuda o hijos, pero sí la información (documentos, imágenes, vídeos) y las tecnologías que fueran compartidas y las que tengan significado, valor sentimental o importancia para varias personas - en este caso, los miembros de un matrimonio.

“Sin duda podría haber invasión a la privacidad. Es una situación muy delicada y difícil y a la que aún no sabemos dar respuesta”, dice Kalat, pero Beth “no quería leer sus correos electrónicos ni nada por el estilo”. Ella buscaba información para saber cómo pagar las cuentas, para saber qué servicios había comprado y cancelarlos. “Hamelin se encargaba de todo”. Ahora tenía que hacerlo ella y no podía.

“Al menos en Estados Unidos, no hay derecho a la información digital después de la muerte”, indica. Solo algunas empresas están pensando en qué hacer con la información de sus usuarios tras su deceso, pero no todas saben cómo salir del paso. Beth, por ejemplo, mantenía la esperanza de poder acceder a todos los dispositivos marca Apple pidiendo una contraseña nueva, pero Hamelin, precavido, había activado la doble verificación (el típico SMS que te envían con un código) para acceder a sus aparatos. “Apple cree que la información debe morir con el usuario”.

Distinto debería ser el caso de Google, que sí tiene una política para todo lo relacionado con fallecimientos. Sin embargo, Beth pidió a la compañía acceso a la información de su marido y, después de varios meses, aún no ha recibido una respuesta. Mientras tanto, el perfil de Twitter del fallecido permanece activo, sin que ella lo pueda eliminar o gestionar. Sí ha podido acceder a las cuentas de Microsoft para cerrarlas, después de recibir un DVD con toda la información.

Como pretende Kalat, sirva este caso para que los ‘hackers’ y entusiastas de la seguridad informática tomen conciencia del tipo de información que protegen, y de las dificultades que pueden tener sus familiares más cercanos cuando traten de acceder a datos relevantes para seguir viviendo y para no olvidar lo ya vivido.

-------------------------

Las fotografías utilizadas en este artículo son propiedad de Andrew KalatAndrew Kalat

Michael Hamelin era físico y ‘hacker’. Llevaba casi veinte años dedicando su vida al mundo de la seguridad informática y trabajando para empresas como IBM. Hace unos meses, el 28 de diciembre de 2014, viajaba en un vehículo acompañado por su esposa cuando el destino provocó un desafortunado accidente. Michael murió en el acto. Su mujer, Beth, afortunadamente se salvó.

El fallecimiento de su pareja fue un durísimo golpe para Beth. El suceso no sólo trajo consigo una gran pérdida personal para esta científica, sino que se convirtió por causas inesperadas en una auténtica pesadilla: Hamelin se había pasado media vida probando probando medidas de seguridad contra ciberataques y las había aplicado a todas sus propiedades electrónicas y digitales, incluidas las que compartía con su esposa.