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De la realidad a la ficción o de la ficción a la realidad. La inquietante mirada de Isaac Rosa merodea por los recovecos de la actualidad para contarla, semana a semana, de otra manera

F for Fake

F for Fake

Isaac Rosa

“¿Os acordáis del Equipo E? Qué tiempos aquellos”, dice mi cuñado, y nos enseña en su móvil aquel viejo vídeo tan simpático que todos recordamos, con los principales políticos españoles convertidos en Hannibal, Murdoch, M.A…. Hace solo dos años de aquel vídeo, de aquellas elecciones, y parece que fue hace un siglo.

Todos nos reímos al verlo ahora de nuevo, y nos sorprende lo fácil que era entonces detectar las manipulaciones. Como aún faltan unos minutos para que empiece el mensaje navideño del rey, nos dedicamos todos a buscar otros vídeos de aquella época tan reciente y tan remota, la prehistoria del deepfake.

“Mirad, el de Nicholas Cage protagonizando todos los clásicos del cine”, dice mi mujer mostrando su pantalla.

“Mejor este de Jim Carrey en El Resplandor”, propone mi hermana.

“Oh, ¿recordáis este otro? El tipo aquel que imitaba a Tom Cruise y de repente se le ponía cara de Tom Cruise. Cómo nos dejó boquiabiertos, ¿eh?”, insiste mi mujer.

“Yo tengo aquí uno de Scarlett Johansson en una película porno”, bromea mi cuñado.

“Callaos, que va a empezar”, dice el abuelo. En el televisor ondea la bandera de España, suena el himno, leemos el rótulo clásico de 'Mensaje de Navidad de S.M. El Rey'.

“¿Dónde se ha visto esto? ¡Toda España pendiente de un mensaje del rey!”, dice mi mujer.

“¿Seguro que es el auténtico?”, pregunta mi cuñado cuando aparece en pantalla el monarca en su despacho. El abuelo le manda callar, pero no sirve de nada, porque en la calle comienzan las cacerolas, silbatos, bocinas y gritos.

***

Sí, qué tiempos aquellos, cuando el deepfake era una broma viral, una sección de un programa de la tele, una creación ingeniosa de algún friki informático, un catálogo de actrices porno con rostro de famosas, y unas pocas manipulaciones políticas tan burdas que casi nadie mordía el anzuelo.

La cosa cambió cuando aparecieron los primeros vídeos que además de la imagen falsificaban el sonido. Nos impresionó la veracidad con que lograban poner en boca de alguien palabras que nunca pronunció. Nos divirtió ver a ministros contando chistes en el Congreso, futbolistas anunciando que se retiraban, Franco pidiendo perdón a sus víctimas... Y todo tan bien hecho que no faltaban los crédulos que se los creían en cada ocasión.

Luego llegó aquel vídeo del presidente del Gobierno: supuestamente grabado en una reunión a puerta cerrada de su partido, anunciaba su intención de permitir un referéndum de autodeterminación en Cataluña. Buena se armó. Aunque el gobierno denunció de inmediato que era un montaje, el vídeo no fue cuestionado por las herramientas de verificación de entonces, y varios medios lo dieron por bueno, las derechas convocaron a la gente a las calles, los independentistas salieron a celebrar, y en Madrid hubo incidentes que no fueron a mayores porque en seguida se difundió otro vídeo que demostraba el montaje, cómo al presidente le habían alterado digitalmente el movimiento de labios y las palabras para que dijera tal cosa.

Aquello abrió el debate, y algunos pidieron una reforma legislativa, límites, sanciones, endurecer el código penal. La tecnología deepfake acabará con la democracia, nos dijeron. Supondrá la muerte de la verdad y el triunfo de la mentira, avisaron. Quedaremos a merced de manipuladores, nos insistieron. Todos seremos víctimas de quienes controlen esas tecnologías, alarmaron.

Pero justo entonces aparecieron las primeras apps gratuitas y de fácil manejo. Aunque nos alertaron de sus peligros, todos las descargamos y comenzamos a hacer nuestros propios vídeos. La mayoría como diversión: nos convertíamos en protagonistas de nuestras películas favoritas, revivíamos a familiares muertos, poníamos rostro anciano a nuestros hijos, besábamos a la actriz o actor de nuestros sueños, marcábamos goles históricos o presidíamos el gobierno.

Por supuesto, no todo el mundo le dio uso lúdico. Hubo quien se vengó de su ex pareja colocando su rostro en escenas humillantes que luego difundía; hubo algún caso de suplantación de identidad; y más de uno perdió su empleo por pasarse de gracioso usando la imagen y voz de su jefe. Pero fueron hechos aislados, que los medios magnificaban para insistir en su prohibición. “Es como darle un arma cargada a cada ciudadano”, llegó a decir un portavoz de la oposición, que exigió prohibir las apps, y más dureza en las sanciones antes de que “la nueva ley de la selva que ha traído la tecnología acabe con la democracia, la verdad y las libertades”.

***

“Yo creo que sí es el rey de verdad”, dice el abuelo señalando al televisor.

“Claro, papá, si es Televisión Española, ahí no van a colar un fake”, le explica mi hermana, pero apenas los oímos, ni tampoco al rey, porque la cacerolada ya no está solo en la calle: mis sobrinos irrumpen en el salón con un par de ollas y cucharones metálicos, además de una vuvuzela. Todos nos asomamos al balcón, mi mujer propone bajar a la calle y sumarnos a la manifestación.

“¿Y no vamos a oír lo que dice?”, pregunta mi cuñado, que es el único que sigue mirando la tele.

***

El primer vídeo en cruzar la línea roja fue aquel del rey borracho. Entonces nos impactó mucho, aunque con todo lo que vino después, ahora lo recordamos como una broma infantil. El vídeo mostraba al rey hablar con dificultad, tambalearse al andar, canturrear, reír con esa risa floja de los beodos. Era impecable, no se veía ni un píxel raro, ni un pestañeo anómalo. Incluso su voz, aunque fuese voz de borracho, era la misma voz que le habíamos oído en tantos discursos. Pero ¿hubo alguien que de verdad creyese que aquel era el rey? ¿No estábamos ya todos prevenidos sobre los deepfakes, tras ver tantos vídeos y haberlos protagonizado nosotros mismos?

No lo pensó así el ministro, que anunció que emprendería acciones; ni el fiscal que presentó cargos; ni el juez que ordenó a la policía investigar la autoría; ni el tribunal que acabó condenando a un joven asturiano por calumnias e injurias a la corona.

Qué torpeza la de ministro, fiscal, juez, tribunal, y los medios que celebraron la condena e insistieron en castigar con dureza la manipulación de vídeos y audios. Hoy deben de estar todos acordándose de aquella condena, de aquel primer vídeo que al día siguiente de la sentencia circulaba por todos los móviles, grupos de Whatsapp, redes sociales; y que en seguida encontró respuesta en cientos de vídeos caseros hechos en solidaridad con el condenado. Hasta nosotros hicimos uno, aprovechando la comida familiar de los domingos: una tontería inofensiva, un vídeo en el que todos teníamos la cara y la voz del rey, desde el abuelo hasta el bebé de mi hermana. Lo mismo hicieron miles de personas, que se grabaron en situaciones cotidianas y se pusieron el rostro y la voz del monarca, de modo que nos encontramos con incontables escenas del rey durmiendo, duchándose, cocinando, conduciendo, poniendo ladrillos, repartiendo comida a domicilio, y en otras situaciones algo más comprometidas; además de por supuesto convertir al rey en protagonista de películas, series de televisión, conciertos, y todo tipo de momentos históricos.

Ahí podía haber quedado la broma, que entonces todavía era una broma sin demasiada intención política. Pero la bola había echado a rodar, y otras dos condenas judiciales le imprimieron mayor velocidad y tamaño. Todos recordamos hoy, mientras ignoramos el discurso navideño y salimos con la cacerola al balcón o con la bandera a la calle, todos recordamos aquel vídeo en que el rey hablaba con su hija, la princesa. Mientras paseaban los dos por el Pardo, el rey le explicaba a la princesa, con insólita franqueza, de dónde venía la monarquía, cómo había llegado al trono el abuelo, por qué ella iba a ser reina, la inviolabilidad de que gozaban, el coste total que tenía la institución para los ciudadanos, lo arcaica y antidemocrática que es una monarquía. No era el rey ni era la princesa, claro, sino dos actores a los que alguien había cambiado rostros y voces. Y aunque todos sabíamos que era un fake, causó gran impresión ver al rey explicando a la futura reina qué supone la corona. Como escribió alguien en esos días, todos sabíamos que el vídeo era falso, pero todo lo que se decía en él era rigurosamente cierto; y para muchas personas el efecto emocional de escuchar aquellas palabras en boca del mismísimo rey –aun sabiendo que no era él- fue enorme.

Además, aquel vídeo ya no era anónimo: llevaba la firma de una plataforma republicana de reciente creación, formada por varios partidos, sindicatos, organizaciones y cada vez más ciudadanos. La misma plataforma que, ignorando la amenaza de acciones judiciales, publicó en las semanas siguientes nuevos vídeos fake sobre el rey. O mejor dicho: “vídeos fake pero veraces; manipulaciones que desvelan una realidad manipulada; porque a veces es necesario enmascararse para desenmascarar, y engañar para mostrar la verdad”. Así decía la proclama que acompañaba aquellos vídeos, y que terminaba advirtiendo que “la monarquía, su imagen pública, es el peor fake”.

Mediante actores caracterizados digitalmente, aquellos vídeos recreaban escenas de la vida del rey, del actual y del anterior, y de sus familias: sus vidas acomodadas, sus amistades más controvertidas, sus relaciones con el poder económico, cacerías, vacaciones lujosas, problemas familiares, y algunas sombras sobre su patrimonio. Todo era falso, lo sabíamos, pero no podíamos dejar de ver los vídeos como si en vez de recreaciones fuesen grabaciones auténticas de todo aquello que se nos había ocultado durante décadas: la monarquía a la luz del día. El rey desnudo.

Supongo que nuestra familia no fue la única que se volvió republicana en aquellas intensas semanas. No es que hasta entonces fuésemos monárquicos, en realidad nos daba igual, no estaba entre nuestras preocupaciones, nunca habíamos siquiera hablado del asunto en una comida familiar más allá de comentar una noticia o compartir un chiste. Y de pronto nos reuníamos y no hablábamos de otra cosa, nos pasábamos vídeos, nos indignábamos al escucharle decir palabras que quizás nunca había pronunciado, pero que eran totalmente verosímiles.

De nada sirvieron las nuevas denuncias y multas. Las enormes manifestaciones de la pasada primavera ya dejaron claro que había dejado de ser un mero asunto de vídeos falsos, para convertirse en un conflicto político que acompañaba al rey en cada acto público, a menudo abucheado. Queríamos un referéndum. Queríamos elegir al jefe del Estado. Así lo dijimos en las manifestaciones, que concluyeron con un manifiesto republicano… que por supuesto leyó el mismísimo rey en una gran pantalla, pese a que la policía trató de impedirlo.

***

Así hemos llegado a esta nochebuena, en la que por primera vez en años estábamos todos expectantes por escuchar el tradicional discurso. Normal tanta expectación, después de la que se lió hace solo dos días por culpa de la “filtración”. A la mayoría nos llegó por Whatsapp o redes sociales, pero algunos se la encontraron en un telediario y en varios medios digitales que informaron con cautela y a falta de confirmación oficial: se había filtrado la grabación del discurso navideño, que el rey ya había dejado listo para su emisión esta noche. La filtración mostraba un discurso navideño breve, brevísimo: sin preámbulos ni la habitual oratoria gris, el rey comienza diciendo que no es ajeno al malestar ciudadano con la institución; expresa su firme convicción democrática; y termina anunciando… su decisión de pedir al gobierno y a las Cortes que convoquen un referéndum sobre la continuidad de la monarquía.

Por supuesto, todos pensamos que se trataba de un vídeo falso, el deepfake definitivo. Pero ni las apps de verificación que todos llevamos en el móvil, ni las herramientas más avanzadas con las que cuentan los periodistas y la policía, han podido demostrar que se trate de un montaje. Hay expertos que advierten de que la tecnología de falseo va siempre un paso por delante de la tecnología de verificación, y que quizás nos encontramos ante el vídeo falso más perfecto que hayamos visto nunca. Tanto, que es imposible de verificar. No falta quien apunta al espionaje ruso, que podría estar interesado en desestabilizar un país europeo. Y aunque el gobierno y la propia Casa Real llevan dos días negando la filtración, ya no importa si es verdadero o falso. Ni siquiera hemos esperado a comprobarlo: ahí está el monarca, en todos los televisores del país, hablando sin que nadie lo oiga con tanto grito, silbato, petardo, cacerola.

“¿Seguro que es el auténtico?”, vuelve a preguntar mi cuñado antes de venirse con nosotros a la calle.

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