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Opinión - Días de ira. Por Rosa María Artal

Cómo las élites alimentan el racismo inglés

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Inglaterra atraviesa una crisis social profunda, marcada por la creciente influencia del discurso racista en su tejido social. Los incidentes que se observan en todo el país combinan elementos de pogromos históricos —que buscaban linchar, saquear y expulsar a grupos étnicos específicos— con tácticas del escuadrismo fascista, diseñadas para intimidar a movimientos sociales y políticos de izquierda. Sin embargo, estos ataques son solo la manifestación visible de procesos arraigados desde hace tiempo en la sociedad inglesa, europea y estadounidense.

Lo he dicho otras veces: la noción que mejor describe el sentimiento general de la mayoría social occidental actual es la angustia. Este estado emocional difuso surge cuando un individuo se siente amenazado, aunque no pueda identificar claramente la fuente de esa amenaza. No es un proceso racional, sino una respuesta desesperada ante la pérdida percibida de control sobre el entorno. En tiempos de gran incertidumbre, esta angustia está moldeando el carácter de la población, mientras su politización adquiere preocupantes matices racistas y ultranacionalistas.

Los rapidísimos y radicales cambios económicos, políticos y sociales vividos en los últimos cuarenta años están afectando de forma muy desigual a los diferentes grupos sociales. La globalización financiera y económica neoliberal ha creado un campo de ganadores y perdedores que ha colocado en una situación muy vulnerable a las clases medias europeas y estadounidenses; aquellas que en otro tiempo se beneficiaron de un mundo regulado por la lógica imperial del capital norteamericano. Y cuando estas clases medias ven cuestionado su lugar en el mundo, dado que se desvanecen sus aspiraciones y anhelos de ascenso social al tiempo que se oscurece el futuro imaginado para sus descendientes, sucumben a la angustia. Ello se produce, además, en un marco civilizatorio amenazado por la crisis climática y los horribles pronósticos ecológicos a los que nos empuja el business as usual. La angustia encuentra así un caldo de cultivo excelente para expandirse por todo el cuerpo social, especialmente por los estratos más vulnerables.

En este contexto, proliferan los discursos de odio y la inclinación racista entre los ciudadanos. La amenaza que la globalización neoliberal y los recortes en servicios públicos han supuesto para sus modos de vida se transforma en una reacción racista contra sectores sociales aún más vulnerables. Es la guerra de los de abajo contra los de más abajo. Los valores xenófobos crecen especialmente entre los grupos con menor educación formal, quienes están más expuestos a la dura competencia laboral impuesta por el capitalismo. Así, los grupos sociales no nativos se convierten en chivos expiatorios ideales, mientras el racismo obstaculiza la crítica del sistema de explotación laboral que afecta a toda la población. 

Con esa dinámica instalada surge también una oportunidad política para obtener votos de manera relativamente simple. Al fin y al cabo, el racismo siempre está alimentado por estrategias políticas impulsadas desde arriba; desde las élites políticas y económicas que, por motivos tanto tacticistas como ideológicos, salen beneficiadas de un clima social de confrontación étnica.

El brutal asesinato de menores durante una clase de danza ha actuado como detonante de los actos de violencia contra las minorías étnicas, pero no es su causa fundamental. Aunque se conoce poco sobre el atacante, activistas de extrema derecha han aprovechado la situación para difundir bulos que culpan a las minorías étnicas de este horrible crimen. Las acciones violentas que han seguido no están motivadas por la solidaridad con las víctimas, sino por un racismo latente que lleva años fomentándose en la sociedad inglesa.

El analista político Owen Jones ha repasado en un fantástico hilo de Twitter algunos de los episodios más significativos en los que durante varias décadas la élite política ha promovido el racismo y lo ha utilizado para obtener votos. La propia figura de Nigel Farage, dirigente político ultra y aliado de Donald Trump, expresaba para muchos lo que significaba realmente la campaña a favor del Leave durante el referéndum del Brexit: un instrumento de protección del modo de vida inglés frente a la amenaza que supuestamente representaban los inmigrantes y sus diferentes culturas. El resultado final envalentonó a los más fanáticos y disparó tanto los delitos de odio como los discursos xenófobos que buscaban rentabilizar el creciente racismo. Recientemente lo más representativo, pero no lo único, ha sido el lema Tory ‘Stop the boats’ con el que el gobierno conservador intentaba remontar las encuestas desfavorables, o el barco ‘Bibby Stockholm’ flotado por el gobierno británico para recluir a centenares de inmigrantes sin papeles y solicitantes de asilo. Racismo institucional que ha normalizado y lubricado los discursos de odio durante muchos años. 

Las últimas elecciones británicas han generado el espejismo de que lo aquí descrito es cosa del pasado, y que la derrota conservadora ha sido también la derrota de su discurso y de su práctica. Sin embargo, la victoria laborista en escaños se debe más al desplome del apoyo conservador que a un aumento sustancial de votantes progresistas. El sistema electoral ha amplificado este efecto. De hecho, el líder laborista Keir Starmer ha obtenido menos voto popular que Jeremy Corbyn en sus derrotas de 2019 y 2017. Por lo tanto, aunque abrumadora en escaños, la victoria laborista resulta débil en términos de apoyo social real.

No es razonable infravalorar la huella de estos discursos promovidos desde arriba. De ahí que sea sumamente peligroso que Feijóo dijera hace unas semanas que «los españoles tienen derecho a salir tranquilamente a la calle» en alusión a la inmigración y la supuesta vinculación con hipotéticos delitos. Se trata de una operación cortoplacista para robar votos a la extrema derecha que concluirá necesariamente con más racistas en las calles. Lo mismo ocurre en cualquier otro lugar del mundo.

No olvidemos que los disturbios violentos en el Reino Unido son la expresión inglesa de un fenómeno global. De ahí que alguien como el reaccionario y excéntrico billonario Elon Musk haya valorado el tema afirmando que una guerra civil es inevitable en Inglaterra. Musk, propietario de X (antes Twitter) y aliado de Trump, juega un papel crucial en la difusión de desinformación y bulos de extrema derecha en las redes sociales. También hay otros activistas que operan como nodos que replican y amplifican las mentiras de ultraderecha. Sin embargo, aunque estas plataformas y su relación con los medios conservadores actúan como vectores de transmisión, el origen del problema reside sobre todo en la gestión que realizan las élites económicas y políticas reaccionarias. 

En conclusión, el auge del racismo en Inglaterra es un reflejo de una crisis social más profunda, alimentada por la incertidumbre económica, la manipulación política y la desinformación en las redes sociales. Para combatir este fenómeno, es necesario abordar sus raíces estructurales: la desigualdad económica, la falta de oportunidades y la erosión del tejido social. Y al mismo tiempo solo mediante un esfuerzo conjunto que promueva la educación, la inclusión y la justicia social podremos construir una sociedad resistente a los discursos de odio que amenazan la convivencia pacífica.