Crucificar al inocente
En recientes declaraciones a la prensa el actor Juanjo Ballesta confesaba que “lo habían crucificado” durante la causa judicial abierta por agresión sexual de la que finalmente ha sido absuelto. Que a uno lo crucifiquen en vida no debe ser nada sencillo y nos podemos imaginar su calvario. Hombre, actor y personalidad pública. La combinación de tales atributos es altamente explosiva. Aunque escribir “altamente explosiva” parece un poquitín tirado por los pelos. Así que digámoslo sin ambages: dicha combinación lo convierte en sospechoso de todos y cada uno de los cargos imputados. Y quien se atreva a sostener lo contrario recibirá inmediatamente el correctivo de esa conciencia inquisitorial que emana de una masa anónima e indefinida que se otorga a sí misma el monopolio absoluto de la Verdad y la Justicia. Monopolio exclusivo. De hecho, que sea anónima no la hace por ello menos eficaz, destructiva y temible. Seguramente Juanjo Ballesta ha esquivado la cárcel pero no el daño personal a su imagen y a su carrera.
Hoy por hoy ser hombre y recibir la acusación de agresión sexual es como recibir el sambenito de “marrano” allá por los tiempos de la Inquisición y de la expulsión de los judíos de España. Por más que el aludido “marrano” se desgañitase por convencer a sus congéneres de haber abrazado el Cristianismo y de profesarlo de manera sentida y sincera, la sospecha lo acompañaba toda la vida. Algo semejante – salvadas las distancias- sucede en la actualidad. Y si no, que se lo digan al exjugador del Barcelona Dani Alves. El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha revocado la sentencia que lo condenaba a cuatro años de cárcel por agresión sexual y a María Jesús Montero, vicepresidente primera del Gobierno, la resolución judicial le resulta “una vergüenza” porque “se cuestiona el testimonio de la víctima” al colocar la presunción de inocencia por “delante del testimonio de mujeres jóvenes”. O sea, que para la vicepresidenta ser mujer y joven implica necesariamente que debamos acordar a su testimonio un mayor grado de veracidad que la del acusado - en este caso un hombre- y que además debamos suspender la presunción de inocencia. ¡Elucubración digna de una mente iluminada que lucha y rompe lanzas por la igualdad! ¿Habrá que explicarle a la señora Montero que el auto judicial revoca la sentencia debido a “déficits valorativos” que son independientes del género de la denunciante? Que la denunciante sea mujer y joven poco importa a la hora de determinar el veredicto porque éste es la resultante de la ilación lógica de los testimonios, pruebas y contrapruebas expuestas durante el juicio y sometidas posteriormente a los principios y premisas del derecho y el ordenamiento jurídico en vigor. Todo lo demás son especulaciones vacías y gratuitas. Especulaciones que alimentan la discordia poniendo en duda la neutralidad del estamento judicial y se ensañan gratuitamente con Dani Alves. ¿Se imaginan que alguien, valiéndose únicamente de su propia intuición, tildase de “vergonzoso” el diagnóstico de un doctor? Un doctor, cabe recordar, con sus años de formación universitaria y otros tantos de experiencia profesional que lo capacitan para emitir juicios acordes con los síntomas que presenta el paciente. Ridículo, ¿verdad? Pues eso mismo es lo que hace la vicepresidenta del gobierno al disentir de la resolución judicial.
Pero más chocante y descabellado que las especulaciones lanzadas a los cuatro vientos es el hecho de que la vicepresidente afirme, sin ningún empacho, que ni siquiera se ha leído la resolución judicial. ¿Acaso la señora Montero no se da cuenta de lo disparatado de semejante afirmación? Es como si a mí me diera por calificar de vergonzosa la detención del expresidente filipino Rodrigo Duterte sin tener ni idea de qué se le imputa ni de por qué se tomó la decisión de extraditarlo a la Haya, y que simplemente lo afirmase porque el presidente me cae simpático. En fin, si ese fuera el caso, me dirían que cerrase la boca o que antes de hablar al menos me informase. Algo semejante habría que recordarle a la señora Montero. Algo como que siempre y por encima de todo, por encima de usted, de mí y de cualquiera, prevalece la presunción de inocencia porque sin ese principio del derecho elemental todos seríamos pasto fácil de la calumnia, la invención y la malquerencia que alimenta el discurso de esa invisible tiranía que nos gobierna y decide por nosotros lo que debemos y no debemos pensar.
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