Una oportunidad a la paz
Crecí escuchando a John Lennon “All we are saying is give peace a chance” (Todo lo que decimos es darle una oportunidad a la paz) metido en la cama con Yoko Ono, desnudos, en 1969 para protestar contra la guerra de Vietnam. Dos años después, la protesta, “Imagine there's no countries, it isn't hard to do nothing to kill or die for y no religion too. Imagine all the people living life in peace” (Imagina que no hay países, no es difícil, nada por qué matar o morir y ninguna religión tampoco. Imagina toda la gente viviendo la vida en paz), trascendió a Vietnam para convertirse en un himno universal en contra de todas las guerras.
Años antes, Bob Dylan preguntó y respondió en la misma canción “Yes, ‘n’ how many times must the cannonballs fly before they're forever banned? The answer, my friend, is blowin' in the wind” (Sí y ¿cuántas veces deben volar las balas de cañón antes de que sean prohibidas para siempre? La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento). Por esa época, compuso y cantó “Masters of war” (mejor escucharla); “Es una canción en contra de lo que Eisenhower llamaba ”Complejo industrial-militar“, opinó Dylan de ella en Usa Today.
Las escuché tarde, de forma clandestina, en la época en que el dictador daba sus últimas dentelladas en el ambiente de miedo y silencio de un pueblo con las heridas aún abiertas. En aquella época, Machado, Alberti, Hernández o el Arcipreste de Hita eran letristas, los cantautores eran poetas y opinar era delito. Una época en que la primera trinchera contra la dictadura era vencer el miedo y el silencio de papá y mamá. En esa época de jueces vistiendo sotana y curas con toga y puñetas, Papá y mamá se atrincheraron para exigir libertad. Creímos haber vencido y convencido y nos sumimos en el descanso del guerrero.
Las librerías eran más que comercios escolares, en el colegio aprendimos a convivir, en el instituto a pensar y en la universidad a opinar. El fin de la larga y negra posguerra dio paso, lustros más tarde que en Europa y EEUU., a un sentimiento antibelicista, bautizado como pacifismo, unido a tendencias culturales, éticas y estéticas que dejaban atrás el asfixiante corsé nacionalcatólico que casi aniquiló a dos generaciones en España. Pero quisimos más. Nos opusimos a la OTAN, a las bases yanquis, al servicio militar, al ejército, a las fuerzas armadas, a las guerras… tal era la utopía perseguida. La Paz era el camino.
No viví ninguna guerra cargado de armas y odio, sólo la de mis padres y abuelos, sólo el fin de una posguerra de miedo y silencio, suficientes argumentos para alistarme en la legión del pacifismo. No ha sido suficiente. Nos dejamos abierta la puerta del individualismo por donde entraron los jinetes del Apocalipsis, conquista, guerra, hambruna y muerte, al eterno escenario donde la humanidad es sometida al imperio del dolor individual y colectivo.
Las llamadas guerras olvidadas del tercer mundo sirven para que el primero se desprenda de armas obsoletas. Las guerras mediáticas evalúan la conciencia global, prueban las nuevas tecnologías militares y tensan la pulsión bélica de la sociedad. Afganistán, Irak, Bosnia, Ucrania e Israel son ensayos para engrasar la máquina militar de occidente bajo la tutela norteamericana y para constatar la potentísima eficacia propagandística de internet.
Desde las arrugas de la vida, contemplo hoy a las nuevas generaciones ocupadas en asuntos personales e intransferibles y preocupadas por una vida de tarifa plana, donde ofertan la guerra como un servicio más de prepago a golpe de clic desde el cómodo sofá. Las armas y el ardor guerrero se sirven a domicilio, aunque no se haga clic en ninguna APP y quede descartada la posibilidad de devolución. Como hace Luis Pastor, yo también me pregunto ¿Dónde están los cantautores? y no escucho la respuesta soplar en el viento.
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