Por un rearme europeo de autoestima
Noviembre de 2011. En la pequeña ciudad de Lubmin, los líderes de Alemania, Rusia, Francia y Países Bajos, acompañados por el comisario europeo de Energía, inauguran exultantes el gaseoducto construido para transportar por el Báltico el gas ruso a Europa Occidental, desechando su tránsito a través de Ucrania y Polonia. Angela Merkel celebró la entrada en funcionamiento del Nord Stream, al que definió como “el mayor proyecto de infraestructuras de nuestro tiempo” y un “ejemplo de la cooperación entre Rusia y Europa”. Nada hacía sospechar que una década más tarde Rusia invadiría Ucrania, desatando un conflicto que dinamitó cualquier entendimiento entre las dos potencias continentales. El sabotaje que inutilizó el Nord Stream en 2022 y sus consecuencias para la economía alemana, que desde entonces entró en recesión, parecen una metáfora.
Pero, en un giro de guion propio de un thriller, Donald Trump ha emprendido el acercamiento a Rusia entablando conversaciones para el reparto de Ucrania, que deja a Europa literalmente colgada de la brocha. En una huida hacia adelante, los mandatarios europeos han respondido con un plan de rearme; Alemania ha modificado su constitución para poder acometerlo sin freno presupuestario, recurriendo a la retórica trumpista: “Alemania ha vuelto”. Existen razones para desconfiar de estas medidas porque Europa nunca igualará la capacidad de disuasión de Rusia y Estados Unidos, que multiplican por veinte el arsenal nuclear de Francia y el Reino Unidos juntos, y dotarse de una defensa autónoma es difícilmente viable, al menos a corto plazo, mientras los americanos tengan desplegados en suelo europeo 150 ojivas nucleares y 275 bases y emplazamientos militares ¿Es qué no existen otras alternativas que una peligrosa escalada bélica de resultados inciertos? ¿Acaso tenemos qué resignarnos a qué la Federación Rusa y la Unión Europea vivan eternamente enfrentadas?
La supervivencia de la UE está en riesgo, si no es capaz de emprender un rearme democrático, para encarar los nuevos escenarios que se abren tras la más que probable derrota de Ucrania y el peligro de un enemigo que tenemos en casa. Italia y Hungría ya están gobernadas por partidos ultraderechistas, xenófobos y euroescépticos. En Austria, Francia, Finlandia, Polonia, Países Bajos, Alemania… siguen avanzando, y los nuevos inquilinos de la Casablanca parecen dispuestos a intervenir abiertamente en los procesos electorales de sus antiguos aliados. La lluvia arrecia y no se sabe hasta donde llegará la crecida del río.
El aliado de Europa desde la I Guerra Mundial, aparece ahora como un declarado adversario. Ya sabemos que significa “hacer grande a América otra vez”: Convertir Gaza en un resort después de reducirla a polvo, anexionarse Groenlandia, el canal de Panamá y Canadá (de momento), desatar la guerra comercial con la imposición de aranceles y condenar a la irrelevancia a la Unión Europea, de la que el presidente norteamericano afirma, que “fue creada para aprovecharse de los Estados Unidos”.
El rearme de la UE es proporcionar a sus ciudadanos bienestar, seguridad y futuro. Pero, para eso tiene que volver a ser un referente moral y de valores, una pretensión incompatible con su silencio y complicidad sobre las matanzas de Israel. Una Europa emancipada, capaz de impulsar una política exterior abierta a la cooperación con todos los espacios económicos, contribuyendo a reformar Naciones Unidas para darle el protagonismo que le corresponde en un nuevo orden internacional, apostando por las energías renovables para reducir la dependencia energética y tecnológica; con rearme sí, pero de autoestima. Es preferible apelar a la ciudadanía europea como los manifestantes de Roma, a formar parte de un selecto club de plutocracias xenófobas, armadas para la lucha final contra los países emergentes.
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