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Carta tercera: Desmontar lo que es obvio

11 de febrero de 2018

Es curioso cómo el cuerpo va construyendo una especie de narrativa en torno a tu día a día. El viernes llegué de trabajar y caí enferma. Justo el viernes. Justo cuando ya había entregado todo lo pendiente, cuando ya había hecho más de 800 kilómetros en dos días, cuando ya había dejado de trabajar en el campo a 3 grados bajo cero.

Además, a principio de semana, pude por fin entregar un artículo, para mí muy importante, para una revista sobre mujeres y medio rural. Reconozco que esta tarea pendiente me estaba quitando el sueño y hubo bastantes días que me despertaba antes de que las seis de la mañana hiciera saltar la alarma pensando en él. Qué importante y qué cuesta arriba se nos hace a veces escribir sobre nuestro día a día, lo que conocemos, a fin de cuentas, sobre nosotras mismas.

Y el cuerpo lo sabe, y advierte. Estaba deseando irme con mi padre el viernes para pasear con él por el campo, para ayudar a mi tío con sus animales, para visitar el huerto que desde que mi abuela pasa el invierno fuera por el frío lo siento cada día más solo. Pero no pudo ser y me tocó quedarme encerrada, darle tiempo y descanso al cuerpo para poder volver a empezar.

Ayer empecé Las canciones de los árboles, el segundo libro de uno de mis escritores favoritos: David George Haskell. (os copio aquí un fragmento):

Y así, desmontando poco a poco lo que se supone que es tan obvio, intento construir una casa, donde las primeras piedras solo han sido hombres (lecturas, familia, referentes, amigos) y la voy reformando, poco a poco, con las voces y las manos de todas las mujeres que me han hecho llegar hasta aquí, y ser lo que soy hoy en día.

Ayer mi madre vino a casa, con caldo y un ramito de hierbabuena de nuestras macetas. Me habló de mi hermano José, de una amiga suya que ya huérfana de madre, acaba de perder al padre.

Mi madre, emocionada, me contaba que a mi hermano le hablaba de que ya había perdido del todo su infancia. Y al irse, un titular en el ordenador sobre una charla con alumnos de Lobo Antunes en Lisboa: “Quando eu nasci a morte não existia e toda a gente estava viva”.

Carta cuarta: Escribir en sueños pero sin pluma

11 de febrero de 2018