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El Reino Unido tiene un problema con la transfobia

Madeline Robinson

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Soy británica, residente en España y, personalmente, mi manera de consumir información actual es un poco errática. Generalmente, intento prestar la misma atención tanto a las noticias españolas, como a las del país de donde procedo (aunque los artículos escritos en mi lengua materna claro que me resultan más cómodos leer y, mala filóloga como soy, muchas veces caigo en la tentación). Por lo cual, siempre me produce una sensación extraña cuando surge el mismo tema en los titulares de los dos países a la vez. 

El mes pasado me enteré de que las narrativas preocupantes de transfobia están ganando cada vez más visibilidad tanto aquí como en mi país. Aquí en España, con un argumentario contra “las teorías que niegan la realidad de las mujeres” producido por una facción del PSOE, y allí en el Reino Unido, donde hay reportajes de planes para revertir la reforma planificada en la Gender Recognition Act (Ley de Reconocimiento de Género) de 2004. Un retroceso que implicaría una restricción de derechos para las personas trans, y que echaría leña al fuego del movimiento trans-excluyente en el país. Ya disponemos de alguna crítica feminista e interseccional de la situación en España, pero ofrezco un poco de contexto sobre lo que está pasando en el Reino Unido.  

¿Qué es la Ley de Reconocimiento de Género? 

En 2004 en el Reino Unido (el conjunto de los países de Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte), se aprobó la Gender Recognition Act (GRA). Esa ley da a las personas que experimenten disforia de género la opción de cambiar su género legal: el que está en su pasaporte, su certificado de nacimiento, etcétera. En su día, la ley marcaba un punto de inflexión importante en la política y los derechos LGBT, pero eso fue hace 16 años. Durante ese tiempo ha resultado cada vez más evidente que muchas de las cláusulas dentro de la ley son problemáticas y necesitan ser reformadas. Por ejemplo, aunque permite a las personas trans cambiar su género legal, es imprescindible que estas personas se sometan a una serie de pruebas médicas intrusivas y entrevistas psicológicas; un proceso que puede durar años y causar mucho estrés y frustración.  

En 2017 la entonces primera ministra conservadora (del partido derechista), Theresa May, anunció sus planes para reformar la GRA, “optimizando y reduciendo el elemento médico en el proceso de cambiarse de género, porque ser una persona trans no es una enfermedad, y no lo debemos tratar como tal”. Se entendía que estas reformas legalizarían la autodeterminación de género: la posibilidad de elegir tu propio género legal sin la necesidad de las pruebas médicas y con menos procesos burocráticos. Su Gobierno lanzó una consulta masiva, que preguntaba al público británico cómo se debería reformar la GRA para mejorar la experiencia de las personas trans que quieren transicionar. Esta consulta se cerró en 2018 y recibió más que 53.000 respuestas, pero hasta ahora el Gobierno no ha publicado nada oficialmente, ni sobre los resultados de la consulta, ni sobre las reformas planeadas por Theresa. 

Hace un mes, a principios de junio, salieron a la luz unos papeles filtrados que detallaban los planes para descartar estas reformas a la ley, denegando a las personas que quisieran cambiar su género legal el derecho a hacerlo de una manera digna y eficaz. Según Amnistía Internacional, una retracción así “enviaría un mensaje claro de que el Reino Unido es un lugar hostil para las personas trans.”. Además, según los papeles, el Gobierno ofrecería nuevas protecciones para 'salvaguardar' los espacios femeninos, como las casas de acogida y los baños públicos. Si se introducen estas cláusulas, el Gobierno del Reino Unido efectivamente respalda la creencia falsa y nociva de que las mujeres trans realmente son hombres predadores, que aprovecharían los espacios de un solo sexo para atacar a las mujeres 'reales'. 

Por lo visto, no les importa que según una investigación de 2018 de Stonewall, la ONG LGBT más prominente del Reino Unido, el 28% de las personas trans en una relación eran víctimas de la violencia doméstica en 2017. No les importa que un estudio de 2018 por la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), probara que no había ninguna correlación entre una política de género inclusiva e incidencias violentas en los servicios públicos de un solo sexo. Y da igual que otros países europeos, como Irlanda, Portugal y Malta ya lleven años permitiendo la autodeterminación legal de género, y que el único efecto significante que ha producido es el hecho escandaloso de que las personas trans viven más seguras.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? 

Resulta difícil entender cómo puede ser que un país, con una larga historia de activismo LGBT, y que antes estaba moviéndose en una dirección generalmente positiva en cuanto a los derechos de las personas trans, haya llegado a este punto. Pero no hay que bucear mucho para darse cuenta de que las narrativas trans-excluyentes y alarmistas están incrustadas en el discurso público de hoy en el país, propagadas y respaldadas tanto por los medios de comunicación, como por personajes famosos en Twitter. Además, igual que en España, la mayoría de las veces los gritos tránsfobos más dañinos vienen de la izquierda y de gente que se considera feminista.  

El 'efecto Jotaká'

Probablemente el caso más conocido fuera del Reino Unido de este tipo de propagación de ideas tránsfobas por personas famosas es el de J. K. Rowling. En las últimas semanas, la escritora ha redoblado sus esfuerzos en defender unas posiciones tránsfobas a través de Twitter y de una carta pública colgada en su web personal. Al ser una escritora antes amada por su defensa de la inclusividad, sus comentarios han decepcionado a muchas de sus fans.

Leyendo sus comentarios, lo que pasa es que, al final, te das cuenta de que sus opiniones son muy parecidas a los argumentos alarmistas de las llamadas TERFs (Trans-Exclusionary Radical Feminists). No me voy a meter mucho en lo que es una TERF porque ya disponemos de muchos artículos que seguramente lo explican mejor que yo, pero he condensado aquí los argumentos clave de Rowling que me parecen más dañinos. De hecho, estas opiniones muchas veces forman la base de la narrativa trans-excluyente del Reino Unido, y nos sirven muy bien como ejemplo. Hay más, seguro, pero a mi modo de ver, en esencia sus argumentos son tres:

  1. La defensa de los derechos de las mujeres trans, como lo de la autodeterminación de género, representa una amenaza a la experiencia de las mujeres ‘biológicas’ (un término que utiliza ella para decir mujeres cisgénero)
  2. Las activistas trans están promoviendo una 'ideología' que pretende convertir jóvenes lesbianas en hombres heteros, lo que para ella representa 'la nueva terapia de reorientación sexual' (la pseudo-ciencia homófoba que pretende 'reorientar' la sexualidad de un individuo)
  3. Hay un 'ejército' de activistas pro-trans fervientes que se organizan para atacar y silenciar a la gente que se enfrenta a ellas en internet, y a mucha gente con influencia le da miedo denunciarlo por si se ven perjudicadas sus carreras

El primer punto, como ya hemos visto, es una falacia. Supuestamente el mayor temor que siente Rowling es que, si un hombre puede decidir que es mujer, un agresor podría utilizar este poder para entrar en un espacio no mixto, como una casa de acogida para mujeres. Por un lado, esto no pasaría nunca, porque la gente que provee estos servicios siempre ha tenido el derecho de denegar el acceso a las personas que consideran violentas o abusadoras, sean mujeres u hombres. Por otro lado, la presunción de que esto es un riesgo grave señala que opina que la mayoría de las mujeres que se consideran trans son hombres predadores: una narrativa nociva y evidentemente falsa.

El segundo argumento tiene que ver con el hecho de que, en los últimos años en el Reino Unido, la gran mayoría de los jóvenes de menos de 18 años derivados a los servicios de género e identidad (GIDS) eran asignadas mujeres al nacer. Aunque sea un porcentaje mínimo de la población general (en 2019-20, un total de 2.728 personas de todas edades y géneros tenían consultas en GIDS), es una cosa que sigue fascinando a los medios de comunicación y a personas como Rowling.

Su teoría es que, por presión social y cultural, los profesionales médicos que trabajan con los jóvenes actualmente están más dispuestos diagnosticar la disforia de género y referirles al GIDS. Ha explicado que eso es equivalente a “experimentar” con los jóvenes y que no es más que la nueva “terapia de reorientación sexual”, porque es más fácil para los padres aceptar a un hijo trans y heterosexual que una hija cisgénero y lesbiana. Me gustaría explicar cómo ha llegado a estas conclusiones fantásticas, pero la verdad es que no tengo ni idea. Lo que sí da miedo es el impacto que puedan tener esas afirmaciones cuando las difundan personas con plataformas tan influyentes. Si se normaliza ese modo de apreciar la situación, se deslegitimiza la experiencia de los jóvenes trans, que sobre todo podría tener el efecto de desalentarlos para buscar los servicios que realmente necesitan.  

Y el tercer argumento se ve por todas partes. Rowling y la gente trans-excluyente se presentan sí mismas como víctimas valientes, que no se van a arrodillar ante el 'ejército' de activistas que les denuncian por redes sociales. Si las activistas son las opresoras, atacarlas resulta más fácil de justificar. Por el contrario, las personas que se han desvinculado de ella después de sus comentarios, como el actor Daniel Radcliffe, a su modo de ver solo lo han hecho para protegerse a sí mismas, no como un acto de solidaridad. Como afirmaba la periodista trans Juliet Jacques en una entrevista sobre la representación de las personas trans en los medios británicos (está in English pero os lo recomiendo 100%), “Una táctica que utilizan nuestros enemigos es decir 'no tengo problema con la gente trans, solo con las activistas, son horribles'. Pero lo que pasa es que cada vez que denuncias cualquier cosa tránsfoba, te llaman activista”. O sea, si no estás de acuerdo con las trans-excluyentes, o eres una activista repugnante, o eres cobarde. 

¿Qué significa todo eso?

Cuanto más furor hay sobre un tema, más información falsa y peligrosa circula por las redes sociales y los medios de comunicación. En Irlanda, cuando se aprobó la ley de autodeterminación de género en 2015, pasó casi desapercibida por la mayoría de la gente del país. Porque era un cambio legal informado por expertos que solo afecta a una comunidad pequeña y que tiene muy poco que ver con el resto de la población. Así debe ser, pero cuando gente influyente como J. K. Rowling provoca y aumenta estos revuelos, hace cada vez menos probable que se aprueben las legislaciones necesarias para asegurar una vida más digna y segura para las personas trans. A finales de julio, el Gobierno anunciará oficialmente qué va a pasar con la GRA, y después, quién sabe. Estaremos atentas.

Soy británica, residente en España y, personalmente, mi manera de consumir información actual es un poco errática. Generalmente, intento prestar la misma atención tanto a las noticias españolas, como a las del país de donde procedo (aunque los artículos escritos en mi lengua materna claro que me resultan más cómodos leer y, mala filóloga como soy, muchas veces caigo en la tentación). Por lo cual, siempre me produce una sensación extraña cuando surge el mismo tema en los titulares de los dos países a la vez. 

El mes pasado me enteré de que las narrativas preocupantes de transfobia están ganando cada vez más visibilidad tanto aquí como en mi país. Aquí en España, con un argumentario contra “las teorías que niegan la realidad de las mujeres” producido por una facción del PSOE, y allí en el Reino Unido, donde hay reportajes de planes para revertir la reforma planificada en la Gender Recognition Act (Ley de Reconocimiento de Género) de 2004. Un retroceso que implicaría una restricción de derechos para las personas trans, y que echaría leña al fuego del movimiento trans-excluyente en el país. Ya disponemos de alguna crítica feminista e interseccional de la situación en España, pero ofrezco un poco de contexto sobre lo que está pasando en el Reino Unido.