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PREPUBLICACIÓN | Las redes de poder en España

Andrés Villena Oliver

  • eldiario.es avanza la introducción al libro 'Las redes de poder en España', que publica Roca Editorial

Donde se decide lo importante no hay cámaras grabando

El presente ensayo desvela la articulación de las principales redes de poder que han conseguido poner la democracia española al servicio de una serie de minorías con intereses ajenos a los de los votantes; privatizando, por tanto, los beneficios de la vida política y económica. Como se verá en estas páginas, existe en España una red de poder perfectamente coherente y organizada que viene supervisando las decisiones políticas más relevantes que se han tomado durante las dos últimas décadas en nuestro país, condicionando nuestras vidas, nuestra percepción de la realidad y nuestro porvenir.

A lo largo de los nueve capítulos, este libro analiza, desde el punto de vista de las élites de poder, lo sucedido durante los gobiernos socialistas de José Luis Rodríguez Zapatero (2004-2011), los conservadores de Mariano Rajoy (2011-2018) y el mandato del presidente Pedro Sánchez. Y nos encontramos con unos poderes que no pasan de moda, que se adaptan a cada cambio político y que están siempre en la mente de los gobernantes para la adopción de decisiones.

Se trata de una historia alternativa en la que veremos, con nombres y apellidos, cuáles son los contextos y, sobre todo, las relaciones; de qué modo nuestros gobernantes terminan obedeciendo a las grandes corporaciones y otros grupos de influencia, olvidando el criterio de los electores. Sin querer buscar culpables, sino causas, se dibuja aquí una estructura del auténtico mando y la verdadera influencia que todo ciudadano concienciado debe conocer para comprender el funcionamiento de una democracia como la española.

Con dichas redes queda definida una arquitectura del poder social alternativa al relato periodístico principal e incluso a los manuales de Ciencia Política convencionales, que se limitan a describir dicho poder como una serie de compartimentos legislativos, ejecutivos y judiciales, bajo el supuesto escrutinio constante de las cámaras de televisión y de los profesionales de la información.

No hay cámara de última tecnología capaz de retratar la verdadera configuración del poder nacional e internacional, que consiste en un conjunto de clanes organizados capaces de llegar a todos los confines de la vida pública y privada, gobernando la sociedad.

Al emplear la expresión “redes de poder”, nos referimos a los principales partidos políticos del sistema, especialmente a los que han formado gobiernos recientes; pero también a las grandes empresas, españolas o no, integradas en el índice bursátil Ibex-35 o con bases en el extranjero; y por supuesto a las altas finanzas, verdadero poder internacionalista.

También incluimos a los grandes medios de comunicación, presentes en nuestras vidas y formas de contemplar, construir, conversar e incluso sentir; al poder burocrático de élite, ya sea judicial, diplomático, jurídico o fiscal, inserto en las instituciones estatales, y también en los grandes consejos de administración privados, en las autonomías, etc.

No pueden faltar los poderes supranacionales europeos e internacionales, con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea como nuestros supervisores y gerentes más activos; el estratégico y lucrativo poder militar y su “corona”, la Monarquía, productora de símbolos de unidad nacional, de legitimidad constitucional y de nexos comerciales para el suministro extranjero de materias primas y otros productos.

La mayoría de estas redes, que se superponen con una sorprendente facilidad y frecuencia, comparten una característica clave: no se presentan a elecciones democráticas y tienen sus propios mecanismos de autorregulación, con clubes exclusivos, restaurantes de postín, universidades de élite, fundaciones con finalidades benéficas —y benévolo tratamiento fiscal— y otras instituciones de convivencia para mantener una organización y un gobierno óptimo de la sociedad.

Cuando dentro de un Estado democrático y constitucionalmente regido existe otro Estado como este, las elecciones no son más que un simple trámite formal que incluso perpetúa el carácter autoritario de las relaciones sociales que cuentan de verdad, aquellas de las que depende que encontremos un empleo, nos sintamos seguros, seamos libres o podamos promover verdaderos cambios en nuestra vida.

El poder de estas redes se incrementa, además, gracias a su capacidad de hacer metástasis y afectar a los miles de millones de euros que el Estado recauda en concepto de impuestos y decide gastar e invertir en distintas prioridades de acuerdo a las necesidades sociales.

Esto sucede cuando determinados diputados mantienen vínculos con grandes empresas; cuando un determinado ministro ambiciona incorporarse, en unos años, a una gran auditora mundial; cuando existen redes policiales secretas en el seno del Estado; cuando un alto funcionario de la Comisión Europea es enviado a España para vigilar que las restricciones presupuestarias se cumplan; cuando un poder regional mantiene una universidad pública en el límite entre lo legal y lo regularmente irregular; cuando el titular de una cartera ministerial suscribe contratos millonarios con una empresa que gestionó solo unos años antes…

Esta red de redes que gobierna sin violencia constituye una maquinaria social, una institución híbrida que nos domina con nuestros votos de por medio; que, con sus infinitas conexiones nacionales e internacionales, acaba influyendo decisivamente en el estado de la economía y en nuestras vidas; que se renueva y se fortalece después de cada elección democrática, calmando las expectativas de los ciudadanos que han visto triunfar, aparentemente, a la formación política que habían apoyado; que se defiende, llegado el caso, con la fuerza y, de manera más difusa pero no menos efectiva, con la generación de miedo y de ficción social; que contribuye, con la aceptación pasiva de la mayoría de la ciudadanía, a plantear una lucha política entre dos o tres partidos e ideologías, cuando lo que está sucediendo es bien distinto y más complejo de explicar; que es capaz de absorber e institucionalizar las iniciativas contestatarias o, en caso contrario, de destruirlas; que se actualiza de manera constante con innumerables movimientos de “puertas giratorias” que garantizan que el flujo de información y compensaciones continúe bien engrasado…

Esta médula social tiene, además, una doble virtud: por una parte, sus miembros participan de un universo mínimo en el que todos se conocen de manera íntima y profunda debido a sus constantes interacciones y piensan de manera parecida por sus orígenes similares, valores e intereses compartidos. Por otra parte, esta telaraña de líderes corporativos estrechamente ligados facilita la cooperación entre los distintos sectores dominantes a los que aquellos representan. De esta manera, un reducido número de personas es capaz de organizar las estrategias de los sectores de la defensa, de la construcción de autopistas y de la importación de crudo. Eso, y no otra cosa, es gobernar; lo demás es cortar cintas y pronunciar frases para salir bien en los telediarios.

Se trata de un organismo social que adquiere vida más allá de sus componentes, alimentándose de incorporaciones procedentes de la Administración, de la gran empresa, de las universidades de élite y de numerosos parentescos o matrimonios. Una forma de “socialismo corporativo” que desafía las enseñanzas del libre mercado que sus portavoces predican siempre que pueden.

Naturalmente, el amor a la Patria que permite que estos fenómenos se puedan producir sin apenas crítica alguna es una característica manifiesta de los componentes de esta red, por lo que España, Monarquía y Constitución son tres emblemas que, no por casualidad, cuentan con una aceptación mayoritaria en nuestro país. El lector comprobará que, en las etapas de crisis política, estos símbolos aparecen en cualquier rincón de la vida social, mediática, política y económica. “España se rompe” cuando la red elitista tiembla o tiene que reorganizarse.

Con esta arquitectura de la dominación por consenso no es extraño que los líderes de derecha o izquierda fracasen voluntaria o involuntariamente en sus promesas electorales y programas de gobierno. Dichos líderes, con frecuencia miembros a tiempo parcial o completo de la mencionada red de redes de poder, llegan a las instituciones representativas con tantas hipotecas y compromisos que apenas cuentan con capacidad para gobernar para los ciudadanos. Ni siquiera para alcanzar a verlos.

La separación entre el gobierno representativo y la población se dispara con el desencanto de los votantes, que optan por la abstención o por votos de castigo que en nada contribuyen a la solución de unos problemas que tienen su origen en lugares más recónditos.

Los medios de comunicación mayoritarios, con sus historias obedientes al relato oficial, no serán nunca una guía para encontrar una explicación liberadora. Los periódicos que nacen con una vocación combativa se quedan frecuentemente sin financiación o tienen que modificar su línea editorial, entrando en el juego de los patrocinadores, públicos y privados.

Podemos seguir creyéndonos esa ficticia división política e ideológica que nos enfrenta y mantiene entretenidos en nuestra vida cotidiana y de consumo y pasiva contemplación: PP frente a PSOE, PSOE frente a Ciudadanos, Vox frente a Podemos, etc.

Pero también tenemos derecho a acceder a información que nos permita cambiar nuestra mirada y comprobar que, cuando tomamos conciencia de que nos une mucho más de lo que nos separa, la estructura de poder que hasta ahora nos ha dominado en silencio queda desnuda frente a nuestros ojos. Se trata de una experiencia a partir de la cual no hay vuelta atrás. El lector debe asumir ante todo este riesgo.

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