La historia de la relación entre el Museo del Prado, un legado millonario, y un grupo de contrabandistas de arte

Los hechos son estos: el Museo del Prado recibe en 1991 un legado millonario. Según el Centro Virtual Cervantes, al abogado madrileño don Manuel Villaescusa Ferrero fallece en un accidente de tráfico en 1991 con 69 años de edad, dejando como heredero de sus bienes al Museo del Prado para que los utilizase en la compra de obras de arte.

En 1993, la importante pinacoteca compra cinco cuadros, a cuenta de dicho legado, al marchante estadounidense Stanley Moss. Y también ese mismo año, José Milicua, experto en arte, se convierte en vocal del Patronato que aprueba dichas adquisiciones. Lo curioso del caso es que tanto Moss como Milicua fueron multados y sancionados, conjuntamente, en los años 60 por el ya extinto Tribunal Superior de Defraudación y Contrabando por traficar con obras de arte en España.

Es entonces cuando las preguntas surgen: ¿Por qué el Prado usó la herencia para comprar determinadas obras, entre otras muchas, a un contrabandista de cuadros sancionado en los años 60? ¿Es una casualidad que Milicua, antiguo amigo y socio, estuviera en el patronato en el momento de la compra?

El actual director en funciones del Museo, Miguel Falomir, firmó en abril de este año una resolución a través del Portal de Transparencia en la que se enumeran las adquisiciones realizadas a Stanley Moss por las que El Prado, a través del legado Villaescusa, pagó más de 600 millones de las antiguas pesetas (cerca de cuatro millones de euros).

Constan como comprados a Moss cinco lienzos adquiridos en 1993. En concreto Anónimo de Isabel La Católica (40,7 millones de pesetas), Una Fábula del Greco (504 millones), Ángel Custodio-Santa Úrsula-Santo Tomás de Francesco Buoneri (21,7 millones), La última Cena de Luis Tristán (20,4 millones) y Santa Cecilia de José de Ribera (20,3 millones).

 ¿Cuadros auténticos o falsos?

Precisamente en la década de los 60, cuando Moss y Milicua son multados, tiene lugar en España la Operación Sevilla. Esta actuación policial fue llevada a cabo por el inspector José Arias Galán, y durante la misma se detiene al falsificador de arte Eduardo Olaya. En los testimonios obtenidos por Arias Galán, Olaya vincula su trabajo a una red de falsificación y contrabando de piezas, especialmente obras de El Greco y Velázquez, en la que están implicados tanto Moss como Milicua. Así lo describe el libro “El falsificador de Franco” donde, tras revisar la documentación del policía y realizar pesquisas posteriores lanza la hipótesis de que muchos cuadros vendidos por Moss a importantes coleccionistas y museos podrían ser falsos. Y vuelve a surgir la pregunta ¿El Prado realizó en 1993 las pertinentes pruebas sobre la autenticidad de las obras compradas a Moss teniendo en cuenta su pasado? ¿Por qué no aparece en la web del Museo del Prado la recurrente ‘hoja de ruta’ sobre los cuadros de autor anónimo, atribuidos o del círculo de los adquiridos a través de ese legado?

Fuentes oficiales del Museo del Prado consultadas por este periódico aseguran que “todas esas obras tienen una bibliografía acreditada”, de acuerdo con la valoración realizada por sus historiadores y conservadores.

Acerca de la autenticidad de los cuadros comprados a Moss, explica escuetamente el director en otra respuesta vía Transparencia que esas pinturas “incluyen los respectivos informes técnicos acerca de la idoneidad de la obra”.

Recientemente, y a preguntas de este periódico, responsables del Prado han señalado que en la pinacoteca “no se comparte la teoría” del libro 'El falsificador de Franco' respecto a otras obras cuya autoría pone en entredicho. Aun así, este medio ha preguntado por las pruebas de originalidad de determinados cuadros y su trazabilidad, sin recibir respuesta concreta.

La web del Museo indica que, de los cuadros citados, solo Fábula del Greco y el retrato anónimo de Isabel La Católica están expuestos. No obstante, en la relación de ambos cuadros aparece una mínima trazabilidad (la hoja de ruta) de los lienzos que se difunden en la ‘ficha técnica’ de los cuadros de los fondos del museo estatal. Un ejemplo lo ilustra el óleo La última Cena, fechado “hacia 1620” y del que el Prado sólo cita como procedencia a Moss: “Adquirido a Stanley Moss, Nueva York, con fondos Empresa Fervisa - Sociedades constitutivas de la Herencia de Manuel Villaescusa, 1993”. Desde que, supuestamente, fue pintado en 1620 hasta 1993 cuando pasó a integrar los fondos del Prado representa una incógnita dónde estuvo. Cuando fue pintado no existían ni los Estados Unidos ni Moss había nacido.

Un pasado

El pasado de Moss es cuando menos curioso: practicó el contrabando y se le ligó a un conocido copista como era Eduardo Olaya, según las propias declaraciones de Olaya. La identidad del estadounidense figura en numerosos atestados policiales españoles como recurrente ‘pirata’ del arte entregado a la exportación ilegal de obras mientras duró su intermitente y longeva estancia española en los años 50 y 60.

Este periódico ha contactado con él, quien ha decidido guardar silencio por tener “una edad”, según justificó por teléfono en un perfecto español. Moss reside en una mansión neoyorquina de Clinton Corners con arbolado y jardines. Antes tuvo una concurrida y prestigiosa galería en Manhattan. Después, un palacete-exposición-museo en Riverdale, exclusivo barrio al norte del Bronx.

 José Milicua Illarramendi, tras licenciarse en España y afincarse unos años en Italia, regresó a la Barcelona de finales de los años 50 y entabló amistad con Stanley Moss, con el que se acercó al negocio de las autenticaciones y pericias sobre el arte pictórico.

Milicua, a quien el gusanillo del arte le venía por vía paterna (Florencio Milicua fue un reputado anticuario bilbaíno), llegó a ser numerario de la Real Academia de Bellas Artes San Fernando, director de la Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jorge y del Instituto Amatller de Arte Hispánico, habiendo escrito y formado sobre la mejor pintura clásica y contemporánea europea a incontables expertos y alumnos. En su hogar de calle Sant Pere albergó una colección de obras maestras hoy desperdigadas. Entre su prolífica obra destacan los diez volúmenes de la 'Historia Universal del Arte'.

En 1993 entra como vocal del Patronato del Museo del Prado, cuya Fundación de Amigos le homenajeó en 2008.

Moss forjaba durante aquellas décadas de los 50 y 60 su aura de ‘boss’ desde Barcelona, donde sobrevivía como profesor de inglés a domicilio. Milicua, por su parte, ejercía de perito de cuadros fuera de las aulas universitarias. Al marchante norteamericano, con el tiempo, se le quedó pequeña la Ciudad Condal, dejó las clases y se trasladó al Madrid de las élites.

Moss implantó una sociedad con sus primeros miles de dólares en 1959. Los cuadros los importaba una empresa instrumental, World House Inc. Las obras eran reclamadas y pagadas por coleccionistas y museos. Se tasaban a precios simbólicos, o bien los originales pasaban por copias, según explica la investigación de Arias de acuerdo con las declaraciones de Olaya. Esa fue la estratagema para minimizar, o evitar, pagos aduaneros. El Tribunal de Defraudación y Contrabando se había creado en 1952. Su sede y jueces estaban adscritos al Ministerio de Hacienda y delegaciones provinciales. Fue extinguido en 1968 al crearse otros tirbunales.

Algunos diarios de la época dan cuenta de sus desmanes. El ABC del 21 de abril de 1963, informó de cómo Moss había ‘exportado’ a Londres en un vuelo desde Mallorca el óleo San Jerónimo en Penitencia de Goya enrollado en un bastón. Lo compró, en 1957 a Luis Vilches, y desde 1970 se admira dicha obra maestra en el Norton & Simon Museum de Pasadena-California (EEUU). Aquella hazaña le costó a Moss otra multa del Tribunal de Defraudación y Contrabando de casi ocho millones de pesetas.

Todos los hechos sancionados se relacionaron con lienzos del Greco, Velázquez y Goya, con multas millonarias para Milicua, Moss y algún que otro colaborador. Lo demuestran las sanciones contempladas en el BOE del 22 de marzo de 1966 (página 3404). Hay más ejemplos antes (BOE del 16 de abril de 1963 -página 6331-) y después (BOE del 5 de marzo de 1968 -página 3370-), con idénticos protagonistas, entre ellos Moss y Milicua.

Ninguna consta como pagada. El BOE publicaba los edictos tras no localizar a Moss en Madrid. Su morada, ante las autoridades españolas, era neoyorquina. Un abogado remataba la faena con incontables recursos ante las millonarias multas, algunas de las cuales llegaron a caducar.

Un legado

Toda esta historia pone el foco sobre un legado, el legado de Villaescusa. “Me llamó el presidente del Patronato y me dijo que había una herencia muy importante de una persona que había muerto [en 1991] y había dejado su herencia al Museo del Prado. Entonces con esa herencia pudimos comprar algunas obras importantes siempre con el apoyo unánime del Patronato”, dijo en 2018 acerca del legado Villaescusa el que fuera director del Museo del Prado entre 1991 y 1993, Felipe Garín.

“El criterio seguido en la compra de las piezas – según la información del Centro Virtual Cervantes- ha tenido como meta principal, teniendo siempre presente la propia naturaleza e historia del Prado, el completar la colección del museo mediante obras representativas de escuelas y artistas no presentes en la pinacoteca, así como la de rellenar lagunas existentes de periodos y etapas significativas de los grandes pintores españoles”, dice la web del Instituto. Recordemos las palabras del que fuera director del Prado: “Con esa herencia [legado Villaescusa] pudimos comprar algunas obras importantes siempre con el apoyo unánime del Patronato”, explican desde el Prado quitando importancia a la relación de Milicua con el marchante.

En una nueva petición al Portal de la Transparencia del Museo el pasado mes de mayo, la pinacoteca informó de que los casi 219 cuadros que se adquirieron con esos fondos nada menos que 98 son de autor anónimo. Hablamos de casi la mitad de lo adquirido. Tales adquisiciones extraordinarias merecieron hasta una exposición parcial ('Mecenas póstumo. El legado Villaescusa. Adquisiciones 1992-1993').

Y más preguntas. ¿Cómo se gestionó dicho legado? ¿Por qué no se ha logrado identificar la autoría de gran parte de los cuadros pagados por el legado Villaescusa? A este respecto, desde el museo nacional se traslada que “no queda nadie” a quien consultar acerca de ello por lo que “no se tiene ninguna opinión” respecto al uso de aquellos fondos.

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