Cómo Suecia perdió su esencia… y dejó de ser Suecia
El año pasado nació en Suecia un bebé llamado Emanuel. Antes de que cumpliera un año, se comunicó a sus padres que Emanuel ya no podía permanecer en el país. El departamento de inmigración ordenó su expulsión, en solitario, a Irán, a pesar de la guerra en curso.
Los padres de Emanuel se encontraban legalmente en el país. Tenían permisos de residencia suecos, pero las leyes que les permitían quedarse se endurecieron tras el nacimiento del bebé, y la familia se vio envuelta en un laberinto kafkiano de trabas administrativas, diseñado para limitar la inmigración a Suecia.
Raif es un niño de cuatro años con autismo, que todavía lleva pañales y no puede hablar. Esta primavera, le comunicaron que sería deportado solo. El caso de Raif tuvo una gran repercusión mediática y las autoridades acabaron revocando la decisión.
Pero el número de decisiones absurdas e intransigentes por parte del departamento de inmigración no deja de aumentar. A un hombre británico de 74 años con demencia le ordenaron abandonar el país tras 25 años de residencia. A otro hombre británico, beneficiario de una generosa pensión de jubilación del Banco Mundial, también le comunicaron que no era bienvenido en Suecia porque esta paga no se considera salario a efectos de los nuevos umbrales de ingresos para los inmigrantes.
Jóvenes, ancianos, personas vulnerables, ricos: todos son blanco de unas políticas de inmigración duras y, a menudo, agresivas. Y los dirigentes suecos se mantienen inflexibles. “No podemos adaptar la ley en función de cada destino personal”, dijo Ulf Kristersson, primer ministro, al comentar una serie de decisiones de línea dura en materia de inmigración que afectaban a menores.
Los suecos acuden a las urnas este domingo para las elecciones generales y, según las encuestas, la oposición de centroizquierda cuenta con una ligera ventaja. Pero, aunque se produzca un cambio de gobierno, muchas ideas de extrema derecha que antes eran impensables están ahora firmemente arraigadas en el mainstream de la política sueca. Los últimos cuatro años se han caracterizado por una sorprendente aceptación de las opiniones etnonacionalistas, la retórica xenófoba y las políticas autoritarias, cada vez más dirigidas hacia los niños. Y muchas de estas ideas han sido absorbidas y adoptadas por los socialdemócratas, la oposición de centroizquierda.
La Suecia que emerge
Parece que ni siquiera la deportación de niños pequeños ni el alarmante nuevo giro en la política judicial para construir cárceles para adolescentes de tan solo 14 años suponen una línea roja moral demasiado importante.
La historia de la transformación que ahora afecta a Suecia se remonta a 2022, cuando el bloque conservador ganó las elecciones generales suecas de ese año, aunque solo por un estrecho margen. El acuerdo de Tidö, alcanzado en diciembre de ese año entre los tres partidos conservadores (Moderados, Demócratas Cristianos y Liberales) y los Demócratas de Suecia, de extrema derecha, permitió formar un gobierno en minoría. Pero este pacto formal rompió el cordón sanitario de la clase política dominante contra la cooperación con la derecha radical. También supuso el inicio de un intento de redefinir la Suecia moderna, marcando profundos cambios políticos en materia de inmigración, delincuencia, clima y energía, educación y sanidad.
Los conservadores del establishment defendieron el acuerdo alegando que atenuaría el impacto de los Demócratas de Suecia, cuyo apoyo había ido creciendo desde 2015. En cambio, en la práctica pasó el testigo del liderazgo conservador a la extrema derecha, sin otorgar a los Demócratas de Suecia ningún cargo ministerial, pero sí un poder extraordinario para influir en las políticas.
Como sueco que vivió en Estados Unidos durante dos décadas, me costaba admitir que mi país natal hubiera cambiado. Descartaba las anécdotas alarmantes como casos aislados o como una breve desviación del statu quo. Sin duda, Suecia seguiría siendo la misma, guiada por los ideales progresistas, igualitarios y humanitarios que definían al país y a su vida pública —al menos en apariencia— cuando yo era niño.
Pero en los últimos cuatro años, la ventana de Overton del debate aceptable se ha desplazado radicalmente hacia la derecha.
Si este giro autoritario puede ser ampliamente aceptado tan rápidamente en Suecia, donde hasta hace poco los cimientos democráticos y humanitarios eran sólidos, puede ocurrir en cualquier lugar
Ha surgido una nueva Suecia, cruel y fría con los inmigrantes, incluidos los trabajadores altamente cualificados de instituciones de investigación, universidades y empresas tecnológicas y médicas, que se han quedado atónitos al descubrir que ya no son bienvenidos para trabajar en un país en el que llevan años, a veces décadas, viviendo.
Solo el 15% de los suecos aprueba a Donald Trump. Y, sin embargo, ideas muy similares al etnonacionalismo de Trump definen ahora gran parte de la política sueca contemporánea y están poniendo en tela de juicio nuestros cimientos democráticos. El Instituto Sueco de Derechos Humanos, un organismo gubernamental independiente, afirma que Suecia se ve cada vez más marcada por una creciente aceptación de opiniones xenófobas, delitos de odio y políticas punitivas dirigidas a los niños. En su informe anual de 2026, expresa su “grave preocupación” por la erosión de los derechos humanos en Suecia.
La organización de defensa jurídica Civil Rights Defenders también afirma que se ha producido un cambio, en el que el Gobierno ya no habla de derechos, sino de control. Los ministros han vinculado la migración con la delincuencia y, cada vez más, describen a los ciudadanos, incluso a los niños, como problemas, riesgos y costes.
Si este giro autoritario puede ser ampliamente aceptado tan rápidamente en Suecia, donde hasta hace poco los cimientos democráticos y humanitarios eran sólidos, puede ocurrir en cualquier lugar.
Derechización
Una serie de escándalos en la recta final de la campaña electoral no ha sido nada favorable para la extrema derecha. Expo, una revista sueca que sigue el extremismo de ultraderecha, informó de que uno de los ideólogos más influyentes de los Demócratas de Suecia, Gustav Gellerbrant, convive con su pareja, que también trabaja para el partido y se le acusa de mantener estrechos vínculos con operaciones de influencia rusas. Gellerbrant fue uno de los artífices del acuerdo de Tidö y forma parte de la oficina de coordinación de los Demócratas de Suecia dentro del Gobierno. Se le ha concedido una excedencia remunerada a raíz de estas informaciones, pero Peter Hultqvist, exministro de Defensa socialdemócrata, calificó el asunto de “crisis de seguridad” para Suecia que “llega directamente al despacho del propio primer ministro”.
El propio Gellerbrant no se disculpó y denunció lo que calificó de “caza de brujas” mediática —una estrategia al estilo Trump que también se ha convertido en la nueva respuesta por defecto cada vez que los escándalos envuelven a la extrema derecha sueca—.
Si la coalición de derecha pierde las elecciones, también está preparada para encontrar un chivo expiatorio: los votantes musulmanes. En los últimos meses, influyentes analistas de derecha se han alineado para sugerir que la izquierda está movilizando a los musulmanes para que voten en su contra. Un columnista del periódico Svenska Dagbladet se refirió recientemente, en otro contexto, al supuesto aumento del voto anticipado en los barrios con mayoría de inmigrantes como “el ganado” al que los partidos de izquierda están conduciendo.
En tan solo unos años, los conservadores se han distanciado de sus dos últimos primeros ministros, Fredrik Reinfeldt y Carl Bildt, quienes defendían un liberalismo de centroderecha más inclusivo. En el “canon cultural” del Gobierno —que en un principio fue una extraña iniciativa nacionalista impulsada por la extrema derecha—, los autores se burlan de Reinfeldt por sus opiniones a favor de la inmigración y culpan a su agenda “internacionalista” de la mayoría de los problemas actuales de Suecia. El canon cultural, una lista de las referencias e ideas que supuestamente definen la identidad sueca, excluye todas las obras de la Suecia multicultural que ha surgido desde 1975 —lo que significa que tenemos a Ingmar Bergman, Ikea, Pippi Calzaslargas y el avión de combate Viggen, pero nada creado por mi generación, la más diversa de la historia de Suecia—.
Los conservadores han importado los tópicos más tóxicos de las guerras culturales estadounidenses en una puesta en escena populista de tal intensidad que se ha interiorizado en la derecha y ha sido normalizada por los medios de comunicación. Ahora, cuando un político conservador de Lidingö, el barrio más rico de Estocolmo, pide que se prohíban los “extraños guisos de pescado peruanos” en los comedores escolares, apenas llega a los titulares.
Esta adhesión al populismo de derechas también ha supuesto un alejamiento de la ambiciosa política climática de Suecia y un rechazo generalizado al consenso científico. Johan Rockström, científico especializado en el clima, me comentó el año pasado que todos los gobiernos de Suecia de las últimas décadas, tanto de izquierdas como de derechas, le habían invitado a compartir su investigación sobre los límites planetarios, pero que el ejecutivo actual era la excepción: no se han puesto en contacto con él ni una sola vez.
La pequeña pero persistente ventaja de la oposición en las encuestas electorales podría sugerir que la marea está cambiando y que sigue existiendo una base de ideales humanitarios que sustenta a los votantes suecos
El Gobierno ignora cada vez más a los órganos consultivos que se supone que deben opinar sobre cualquier legislación o propuesta. Esto resulta más evidente en lo que respecta a las políticas autoritarias en materia de delincuencia. Se han aprobado repetidamente nuevos proyectos de ley en contra del consejo de expertos, criminólogos y científicos sociales, que advierten contra la imposición de castigos cada vez más severos a los menores.
Lo que estamos presenciando es un desafío fundamental a la tradición sueca del pragmatismo.
La pequeña pero persistente ventaja de la oposición en las encuestas electorales podría sugerir que la marea está cambiando y que sigue existiendo una base de ideales humanitarios que sustenta a los votantes suecos. Recientemente, el multimillonario Roger Akelius, que solía votar a los conservadores, afirmó que no votaría a la coalición de derecha en estas elecciones. “Suecia no puede construir un futuro basado en el aislamiento y las cárceles”, declaró.
Sin embargo, a la oposición le cuesta articular una alternativa ideológica clara y prefiere llevar a cabo una campaña dolorosamente cautelosa, similar a la de los socialdemócratas daneses o al Partido Laborista británico bajo el liderazgo de Keir Starmer. No arriesgarse conlleva un riesgo evidente. Basarse únicamente en posiciones centristas cuidadosamente probadas en las encuestas no ha funcionado para los progresistas europeos, en un panorama político que se inclina hacia las ideas antisistema y la indignación contra el statu quo. Las reñidas encuestas sugieren que millones de suecos siguen considerando que el futuro pasa por las cárceles y el aislamiento.
Hace ocho años, el primer ministro conservador Ulf Kristersson prometió a un superviviente del Holocausto que nunca formaría un gobierno con la extrema derecha.
“Mis valores no son los de los Demócratas de Suecia”, afirmó en una entrevista. “No cooperaré, ni entablaré diálogo, ni colaboraré, ni formaré un gobierno de coalición con los Demócratas de Suecia”.
Ahora, Kristersson está prometiendo cargos en el gobierno a la extrema derecha.
Los Demócratas de Suecia no han cambiado en estos años. Pero Suecia, sin duda, sí.
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Martin Gelin escribe para el periódico sueco Dagens Nyheter.
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