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'Los ladrones van a la oficina'

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En ocasiones, la situación política que vivimos en la ciudad de Granada me recuerda a aquella serie en la que un grupo de pillos de tres al cuarto venidos a menos, se daban cita en un bar de barrio para contar sus batallitas y recordar tiempos gloriosos de delincuencia fetén.

Hace dos años, gracias al PP, en Granada arrancó un vodevil ridículo que necesita un oportuno quién es quién para situar a cada uno en el sitio que le corresponde, tanto al espectador atónito como a los responsables últimos.

Luis Salvador. Criado en los pechos del PSOE, hizo un Rosa Díez cuando perdió en 2012 el congreso provincial para dirigir su partido. Precisamente a UPyD llamó para ser acogido sin fortuna. Terminó en Ciudadanos y construyó su aparato en Granada. Impuesto a última hora como candidato a las municipales de 2019 desbancando a Manuel Olivares, portavoz naranja en el Ayuntamiento de la capital durante el mandato anterior. Nadie lo quería en Madrid y buscó cobijo en Granada para medrar contra Juan Marín. En mayo de 2019 quedó en tercera posición en las municipales.

Sebastián Pérez. Un hombre toda la vida en el PP. En 2019 era su presidente provincial y candidato a la alcaldía, aunque muy contestado tanto dentro como fuera de su partido. Antes llegó a ser presidente de la Diputación granadina. Todos los altos cargos populares le deben su puesto. Quedó segundo en las municipales. Con 7 concejales, obtenía el peor resultado del PP en décadas.

Vox. La formación ultra aparece en el Ayuntamiento de Granada con tres concejales, es decir, con tres votos decisivos en la pugna que se iba a determinar antes del 14 de junio, fecha de la investidura. Su portavoz en Granada, Onofre Miralles, se reconoce públicamente como un enemigo acérrimo de Pérez y dice que el del PP no será jamás alcalde de Granada con sus votos.

En Granada llevamos dos años de un gobierno inexistente dividido en dos bandos, algo desequilibrados. Hasta hace un mes estaba Sebastián Pérez, defendiendo el 2+2, frente a todos los demás que decían que ese 2+2 no estaba escrito en ningún sitio

Tras las elecciones municipales de 2019, en Madrid, las direcciones de PP (Teodoro García Egea) y Cs (Fran Hervías) acuerdan, con los tres votos de Vox en el Consistorio, violentar los resultados electorales en Granada e imponer un gobierno presidido por uno de los derrotados que, curiosamente no era del PP sino de la tercera fuerza política. El acuerdo que permitió ese hecho se conoce en Granada como el Pacto de los trapos Sucios y nació con muy mal pie. Pérez defendía que se había suscrito un cambio de Gobierno en el ecuador del mandato, mientras que Salvador (y las direcciones del PP en Granada, Sevilla y Madrid) afirmaban que no, que no había nada por escrito en ese sentido. Pérez fue traicionado por los suyos y por Salvador. Conclusión a día de hoy, en Granada llevamos dos años de un gobierno inexistente dividido en dos bandos, algo desequilibrados. Hasta hace un mes estaba Sebastián Pérez, defendiendo el 2+2, frente a todos los demás que decían que ese 2+2 no estaba escrito en ningún sitio.

¿Qué sucede hace un mes? Con Ciudadanos ya muerto y enterrado, y con Luis Salvador a punto de entrar en el PP, Macarena Olona aparece en escena y afirma en una entrevista que el pacto del 2+2 es real y que hay testigos que así lo pueden acreditar. Una semana después, Hervías, ya en el PP, afirma en otra entrevista lo mismo y acusa a Salvador de ser un traidor. Y una semana después, Olivares, el portavoz naranja desbancado por Salvador en 2019, número dos de los liberales en la capital, y reconocido hombre de paja de Hervías en Granada, dice en una rueda de prensa que el 2+2 fue real y que él es testigo. Por arte de magia, el escenario cambia radicalmente y nos encontramos que, de repente, todos se alinean con Pérez, que ya no está solo, y quien es reconocido como el culpable y traidor único es un arrinconado Salvador.

Las actitudes mafiosas han hablado y, como decíamos al principio, en un viciado y turbio juego de lealtades y deslealtades entre tahúres, modifican sus fichas en el Ayuntamiento de Granada, uno de los más endeudados de España y con un periodo medio de pago a proveedores más alto del país. En su particular juego de tronos, el interés general no importa, los efectos sociales y económicos de la pandemia no importan, las colas del hambre no importan, la masacre en el comercio y la hostelería local no importa. De lo único que se habla es de sillones, de traiciones, de mentiras, de deslealtades alimentando una terrible desafectación en la ciudadanía respecto a la política en general. Salvador jamás debió ser alcalde porque perdió, porque Granada nunca fue su prioridad, porque carece de proyecto de ciudad. Pero el PP, el gran urdidor de todo este enredo necesitaba no perder Málaga, Murcia, Madrid, Castilla y León… El precio que pagamos en Granada fue un alcalde presunto incapaz, subido al tren del transfuguismo, secante de la actividad política municipal cuando más necesaria era.

Si existiera justicia, aunque fuera poética, ninguno de los participantes en este miserable embrollo debería dedicarse jamás a la cosa pública. Todos deberían ser inhabilitados por prostituir el sistema democrático para doblegarlo al único interés por el que sienten devoción, el suyo personal. Si todo es posible en Granada, deberíamos ver que eso sucede.

 

En ocasiones, la situación política que vivimos en la ciudad de Granada me recuerda a aquella serie en la que un grupo de pillos de tres al cuarto venidos a menos, se daban cita en un bar de barrio para contar sus batallitas y recordar tiempos gloriosos de delincuencia fetén.

Hace dos años, gracias al PP, en Granada arrancó un vodevil ridículo que necesita un oportuno quién es quién para situar a cada uno en el sitio que le corresponde, tanto al espectador atónito como a los responsables últimos.