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Cara B

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La migración irregular no pierde actualidad no porque sea un fenómeno nuevo consecuencia de la debacle a la que dicen algunos que nos dirigimos, ni porque, a priori, preocupe más al ciudadano que las listas de espera sanitarias o la subida de la cesta de la compra.

Es este un fenómeno más antiguo que la vida que recordamos los que hace varias décadas andamos por aquí. Y, sin embargo, en nuestras calles se busca que se perciba como inusual, que se instale la sensación de que “vienen más que nunca”, que “nos estamos quedando sin capacidad de respuesta”, “estamos desbordados” y que nuestros dirigentes tienen que hacer algo ya para acabar con estas “oleadas”. Sí pero no, digo yo. Y añado, qué gran pantomima, qué poca vergüenza y cuánto de oportunismo. Porque la migración irregular y el incremento estacional de la llegada de pateras a nuestras islas no deja de ser noticia desde que con ella se hace política, demagogia, se fomenta la crispación y se retratan las personas y, mucho más, los personajes.

Se ha instrumentalizado para convertirla en un problema, en una carga, en una amenaza, en un conflicto entre instituciones, entre regiones, países. En un duelo en el que es poder territorial lo que se busca a fuerza de aspavientos y amenazas de plante institucional. Unos gobiernos señalan a los otros pretendiendo responsabilizarlos de que el mundo sea mundo, de que en el continente al que geográficamente pertenecemos, la precariedad y el infortunio sean de tal magnitud, que la vida se lance al mar sin mayor garantía que confiar en el destino. Porque ya ni en el patrón, ni en la resistencia de la mísera embarcación, ni en la posibilidad de ayuda en ruta, ni en la meteorología y, poco, en la recepción en las ciudades a las que arriben.

Los espacios de acogida se localizan preferentemente lejos de núcleos poblacionales, evitando así roce con los votantes de esa zona. Porque en los últimos años hemos comprobado con tristeza y bochorno que, tener cerca uno de estos recursos es, desgraciadamente, motivo de queja vecinal… Así que, los que exigen dignidad para las personas que llegan reclamando que merecen una acogida acorde con lo que dicta la carta de derechos humanos, tienen oportunidad de demostrar su integridad y cuánto de verdad hay en sus discursos y en su representatividad, cuando se trata de ofrecer espacios en sus municipios, de reclamarlos en los de su misma fuerza política. Y de trasladar a esas zonas un mensaje conciliador acompañado de la imprescindible pedagogía. Siendo ellos ejemplo y ejemplarizantes. Siendo ellos humanos y humanizando el fenómeno.

Porque lo que hastía e irrita, al menos a mí mucho, es verlos alzar la voz, desgarrarla y apelar al sufrimiento ajeno, cuando una vez se bajan del atril desde el que arengan o se levantan de la silla del estudio en el que está siendo entrevistados, verificamos que, a esos dirigentes, les resultan tan ajenas esas personas y su deriva, como cuando los embarcaban de madrugada con nocturnidad y alevosía en vuelos con destino Madrid para allí abandonarlos a su suerte. O, los montaban a toda prisa en guaguas de modo engañoso fingiendo acercarlos más a su ruta y objetivo migratorio, pero ocultando que sacarlos de sus municipios era su objetivo.

Así que están los alcaldes que sin son capaces de defender frente a algunas y algunos vecinos intransigentes que ese colegio en desuso se convierta en un centro de acogida para tratar de paliar tanto infortunio. O los presidentes regionales que se ofrecen para alojar en sus comunidades a los menores no acompañados que se agolpan en nuestras orillas. Pero también abundan los responsables políticos que consideran a esta gente una amenaza y una molestia, que no responden a llamadas de solidaridad institucional. Quienes, alguna vez, siguen pretendiendo hacer creer que la migración es para ellos una preocupación por los rostros y vidas rotas que representa, cuando realmente, no se atreven a manifestar que no los quieren entre nosotros y, de estar, pues a intentar que no se note. No con integración, sino con lejanía y exclusión. Con vigilancia y control. Y hasta muertos les molestan, porque meterlos bajo tierra en su municipio, lo perciben invasión. Decir que es el coste de la sepultura lo que no toleran, queda más estético y menos cruel que reconocer que es por lo lejos que están de empatizar con los diferentes.

Y que nadie se ofenda por reconocerse en la descripción y sentirse expuesto en su cara B. Pues lo verdaderamente ofensivo es que todavía, con esas hechuras, tengan la tentación de dar lecciones de solidaridad a quiénes si entienden de orillas, de proyectos migratorios, de desesperación y esperanza, de la necesidad de contar con infraestructuras permanentes para dar respuesta a los éxodos, de tender puentes entre los que arriban y los que reciben, y no señalar las diferencias culturales, sociales, cromáticas.

Hay que saber que el discurso no puede mutar de lo que se usa como oposición a lo que verdaderamente se siente y se pretende cuando se es gobierno. Con la migración, con las muertes en ruta, no cabe cara B.

La migración irregular no pierde actualidad no porque sea un fenómeno nuevo consecuencia de la debacle a la que dicen algunos que nos dirigimos, ni porque, a priori, preocupe más al ciudadano que las listas de espera sanitarias o la subida de la cesta de la compra.

Es este un fenómeno más antiguo que la vida que recordamos los que hace varias décadas andamos por aquí. Y, sin embargo, en nuestras calles se busca que se perciba como inusual, que se instale la sensación de que “vienen más que nunca”, que “nos estamos quedando sin capacidad de respuesta”, “estamos desbordados” y que nuestros dirigentes tienen que hacer algo ya para acabar con estas “oleadas”. Sí pero no, digo yo. Y añado, qué gran pantomima, qué poca vergüenza y cuánto de oportunismo. Porque la migración irregular y el incremento estacional de la llegada de pateras a nuestras islas no deja de ser noticia desde que con ella se hace política, demagogia, se fomenta la crispación y se retratan las personas y, mucho más, los personajes.