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El Museo de la Alfombra de Teherán, posiblemente la mejor colección del mundo

EFE

Teherán —

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El Museo de la Alfombra de Teherán (Museie Farsh), construido hace más de tres décadas por orden de Farah Dibah, la última emperatriz de Persia, alberga más de mil quinientas piezas únicas en la que probablemente sea la mejor y mayor colección de tapices antiguos del mundo.

“Hay exquisitas alfombras iraníes expuestas en distintos museos por todo el mundo, como el Victoria y Albert de Londres, pero esta es la única colección de este tamaño y con tal acumulación de piezas de enorme valor”, explica a Efe Parisa Beizaí, una de las responsables del museo y experta en alfombras.

Solo una mínima parte de los tapices, unos 130, están expuestos al público, en una instalación de 2.500 metros cuadrados con un estilo que era moderno hace ya 36 años, pero que ofrece amplios espacios y paz para disfrutar de los intrincados dibujos y los resultados de siglos de perfeccionar el arte persa de tejer.

Muchos de los tapices fueron adquiridos por el museo en la época de la monarquía (antes de la revolución islámica de 1979), no solo a lo largo y ancho de Irán, sino también en casas de subastas como Sotheby's o Christie's, a las llegaron procedentes de colecciones de nobles o notables europeos.

“Hace cinco siglos algunas de las mejores alfombras iraníes se exportaron a Europa por encargo de las distintas realezas europeas, y hemos podido recuperar algunas de ellas para exhibirlas aquí”, explica Beizaí.

“Las alfombras no se pueden mantener mucho en el tiempo. Tenemos varias piezas de entre 400 y 500 años de antigüedad, del imperio Safávida (del 1.500 al 1.722), pero la mayoría son de la época de los Kayar (que reinaron entre 1785 y 1925)”, añade la experta.

La dinastía Safávida fue la que apostó por la fabricación artesana alfombras e impulsó su reconocimiento en el exterior, fomentando la exportación a Asia, el Imperio Otomano y Europa.

La alfombra mas antigua que alberga el museo supera los cinco siglos y procede de la ciudad de Kashán, durante siglos uno de los principales centros de producción.

La colección incluye tapices de todos los tamaños, desde la más pequeña, de unos veinte centímetros por veinte, hasta la más grande, que tiene cincuenta metros de largo.

En todo Irán, asegura Beizaí, se hacen alfombras de gran calidad, pero las zonas más destacadas por este arte y las que más abundan en el museo son “Azerbayán, Kashán, Isfahán y Kerman”.

“Las alfombras son extremadamente importantes en nuestra cultura. Los iraníes nacen y mueren sobre una alfombra”, explica la experta.

Aquí, las alfombras no son solo un lugar donde apoyar los pies, son también una inversión, que siempre aumenta de valor, un espacio donde comer, donde reposar, un objeto de arte valorado, cuidado con mimo y transmitido de generación en generación.

A lo largo de los siglos, los persas han perfeccionado su dominio en el telar hasta el punto de ser capaces de reproducir imágenes como si se tratase de una pintura. De hecho, en muchas casas iraníes los cuadros que cuelgan de las paredes son tejidos, no pintados.

Los motivos más recurrentes suelen ser paisajes, jardines iraníes, dibujos geométricos, animales, personajes históricos o míticos o pasajes épicos, a veces rodeados de bellas caligrafías persas.

Varias piezas del museo muestran escenas del Sahnamé, el Libro de los Reyes, la obra cumbre de la épica persa, escrita por el gran poeta Hakim Abdolghasem Ferdosí en el siglo XI y que narra en 60.000 pareados la historia y mitología de Irán desde la mítica creación del mundo hasta la invasión del Imperio Persa por el Islám en el siglo VII.

Una curiosa alfombra de principios del siglo XIX muestra un “árbol de la vida” particular, en el que el descubridor de América, Cristóbal Colón, y la reina Isabel la Católica son los personajes principales.

Otro tapiz destacado, elaborado con primor por los mejores artesanos de Isfahán (antigua capital del imperio Persa) del siglo XIX, muestra con extremo detalle lo que estos imaginaban que sería el portal que da la bienvenida al paraíso.

“Básicamente, hay dos tipos de alfombras persas: las de ciudad, que son más académicas, más clásicas, con un diseño más perfecto, hecho por un diseñador y copiado luego por los tejedores, y las de campo o nómadas”, dice Beizeaí.

En las alfombras nómadas, denominadas “ashair”, los artistas suelen trabajar de memoria, usan tejidos más gruesos y materiales de la zona en la que están, lo que es determinante en el resultado de los colores y la textura.

Además, a veces los tejedores dejan en su pieza líneas irregulares que marcan un acontecimiento de la comunidad o un evento personal importante, como un fallecimiento o una boda.

Habitualmente, la urdimbre es de algodón, mientras que en el terciopelo se usan lana y seda.

Los colores más valorados son los procedentes de tintes naturales: el rojo de la raíz de la granza, el azul del índigo, el negro del óxido de hierro y los amarillos del azafrán o las hojas de parra, materiales que cada vez se sustituyen más por tintes químicos pero que se pueden disfrutar en una visita a este peculiar museo.