18 cuerpos más para el cementerio de los anónimos: comienzan los entierros de migrantes fallecidos en la entrada a Ceuta
En el cementerio musulmán de Ceuta, ubicado en la escarpada ladera de la barriada de Sidi Embarek, un elevado número de tumbas carece de nombre. Un número las identifica. Y aunque algunas son de locales, muchas de ellas, cientos, miles incluso, las ocupan migrantes que perdieron la vida en el mar tratando de alcanzar suelo español, el de la ciudad autónoma, desde Marruecos. Hoy viernes, 18 personas fallecidas en la entrada a la localidad el 30 de julio, pasaron a engrosar la cuenta de los anónimos. Sus números van del 5412 al 5430.
Tras el rezo de poco antes de las seis, cinco voluntarios ya esperaban en el lugar. Habían levantado una hilera entera de tierra de unos veinte metros de ancho por unos dos de largo, para dar cobijo a los cadáveres que ya no podían permanecer en la morgue dado su avanzado estado de degradación. La vecina de una casa junto a la entrada del cementerio gritaba por la ventana: “¿De quién es esa moto y ese coche?”. Otro residente bajaba en camiseta de tirantes y en unos pantalones cortos ligeros a rayas. Finalmente, los propietarios retiraban los vehículos.
Ahí debía entrar el coche fúnebre. Antes llegó la consejera Nabila Benzina y el diputado y socio dela funeraria, Navil Rahal. También un motocarro conducido por un chaval joven, pero diestro al volante -a la vista de sus maniobras en poco espacio- que portaba en la parte trasera las camillas de lona donde luego reposarían los migrantes fallecidos.
Pasaban de las 17.20 horas, hora local, cuando los primeros restos mortales llegaron. “A la derecha están las piernas”, decía uno de los encargados de su traslado al abrir el maletero. Todos iban con trajes desechables, con mascarillas e incluso con máscaras de gas. Pesaban sobre los hombros de cuatro trabajadores los cuerpos de los fallecidos. También pesaba la atmósfera húmeda y muy cálida.
Quienes levantaron los cuerpos, luego se agruparon en torno a un imán, muy juntos rezaron: “Allahu Akbar, Allahu Akbar, Allahu Akbar” (Alá es grande). Mirando hacia abajo, donde, sobre las camillas descansaban los cuatro primeros migrantes fallecidos y enterrados hoy. Tras ellos, al fondo, un vergel verde, distinto en morfología y colores al resto de la Ciudad, más árida. Una zona llena de árboles que tapan la barriada del Príncipe y que llegan hasta el país vecino, Marruecos, de donde llegaron quienes este viernes recibieron sepelio.
Tras la primera oración, las personas equipadas comenzaron a trasladar a los muertos a sus espacios, colocando uno por uno en su hueco. Mientras, cinco personas, de pie sobre la tierra excavada para crear las oquedades, seguían rezando. Cuando los cuatro ocupaban el lugar designado, tiraban sobre él un puñado de producto químico blanco. Y luego ponían ladrillos delgados y alargados para sellar la tumba. Finalmente, encima iría la tierra, y el número, grabado en piedra blanca.
La operación se repitió hasta que los 18 recibieron sepultura. De los más de cien cadáveres de migrantes que albergaba hasta hoy la morgue, solo seis han sido identificados -hay un séptimo cotejado, pero este falleció en el Hospital Universitario- y ninguno ha podido ser trasladado a Marruecos por la negativa del Gobierno del Reino alauita. Por tanto, cabe esperar que la escena de hoy se repita reiteradamente. Con más entierros de personas que perdieron la vida en la mar y que siguen sumando en la cuenta del cementerio de los anónimos.
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