Señoras contra la revancha

En las primeras horas de la presidencia de Donald Trump ya cuesta dilucidar qué decisión conlleva más riesgos para la democracia del país y la estabilidad del mundo. ¿Es el indulto a todos los asaltantes del Capitolio, incluidos los que apalearon a policías y dicen orgullosos que volverían a cometer delitos en nombre de Trump o que ahora comprarán más armas? ¿O el desafío a la Constitución que puede sembrar un nuevo camino para saltarse todas las normas al firmar un decreto declarando ilegal el derecho a ser ciudadano estadounidense si naces en Estados Unidos? ¿O será peor el decreto que anima a la purga del Departamento de Justicia?
¿Cómo de peligroso será el abandono de la Organización Mundial de la Salud y la paralización de cualquier mensaje o informe de las agencias públicas que desarrollan la investigación médica esencial para el mundo? ¿Qué mensaje manda el levantamiento de las sanciones que impuso la Administración Biden a los colonos violentos en Cisjordania? ¿O el bloqueo de los proyectos de energía solar y eólica mientras favorece a las petroleras?
Además de los decretos que afectan a políticas nacionales de manera más amplia, casi todas las acciones del nuevo viejo presidente de Estados Unidos tienen aparejadas castigos individuales para funcionarios, antiguos aliados críticos y cualquier persona que haya aplicado leyes que no le gustan a Trump, a sus nuevos oligarcas o a los conservadores que le han preparado el plan de Gobierno.
No basta con despedir a la comandante al frente de la guardia costera, hay que incluir una declaración acusándola de todos los males que interesan a Trump sea la frontera, las drogas o los intentos de diversificar el personal (ella era la primera mujer en ocupar el puesto). No es suficiente cargarse todos los programas que intentan reclutar a más mujeres o personas no blancas para reflejar mejor la realidad de un país muy diverso, hace falta suspender a todos los funcionarios y otros empleados que estaban encargados de esos programas. No vale con limitar el acceso público e insultar a un crítico, hay que poner en riesgo su vida quitándole protección oficial cuando está amenazado.
Las señales de lo que se viene están claras y ya lo estaban antes de su llegada al poder, como bien retrata el periodista Andrea Rizzi con el título de su ensayo recién publicado: La era de la revancha. Rizzi habla de Trump, pero también de los dos líderes más parecidos en espíritu e intención, Vladímir Putin y Xi Jinping, y otros menos obvios pero también movidos por ese mecanismo que parece movilizar o dejar indiferentes a suficientes ciudadanos.
“El triunfo de Trump en 2024 es la referencia totémica del empuje de la ola nacionalpopulista, de cómo los resentimientos materiales y culturales pueden ser manipulados hasta convertirse en fuerzas decisivas”, escribe Rizzi. “La segunda victoria de Trump es tal vez el mayor ejemplo del avance de la plaga de hipnosis que subyace en la era de la revancha”, escribe el periodista, que subraya la paradoja de que un miembro de la élite cuyas políticas ya favorecieron a los más ricos y poderosos se presente falsamente como la voz de los trabajadores.
Hay poco donde agarrarse frente a un mundo muy incierto, pero como me decía hace unos días Dave Bojanowski, un experto en conservación rural jubilado del norte del estado de Nueva York, una parte sustancial del país no quiere “un país dividido” y no callará ante el control autoritario. La oposición demócrata y organizaciones civiles no van a parar (ya han denunciado ante los tribunales el movimiento inconstitucional para terminar con el derecho de ciudadanía de hijos de migrantes con o sin visado) ni tampoco los gestos de coraje individual. En las primeras horas de la presidencia Trump, ya hemos visto voces valientes que no callan pese a que la venganza del comandante-en-jefe puede caer sobre las personas críticas.
Ahí está el ejemplo de dos mujeres muy diferentes: la obispa episcopaliana de Washington, Mariann Edgar Budde, que se atrevió en su sermón ante Trump a defender a los migrantes y las personas trans y a pedirle “misericordia” al nuevo presidente (que reaccionó llamándola “asquerosa”) y Pamela Hemphill, la abuela de Idaho que participó en el asalto al Capitolio y fue condenada por ello y, pese a las amenazas de sus antiguos colegas trumpianos, ha rechazado el indulto del nuevo presidente porque se considera culpable y no quiere que se reescriba la historia.
Quedan millones de señoras (y señores) valientes en Estados Unidos como Mariann y Pamela que ahora se enfrentan a su mayor prueba. Lo que pase en el país, y el resto del mundo, también dependerá de estas personas.
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