Tiempo de ignorancia e incertidumbre

Javier Ruiz Sánchez, Inés Aquilué Junyent y Álvaro Ardura Urquiaga

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La denominada pandemia que está teniendo confinada a un porcentaje nada desdeñable de la humanidad está dejando, además de los impactos directos en vidas humanas y en la economía a escalas diversas, una serie de efectos secundarios cuanto menos curiosos. Uno de ellos, quizá producto de la temprana afectación del confinamiento a las universidades, sumado a la competitividad que motiva a un universo de investigadores en busca de subvenciones o proyectos, es el número casi incontable de artículos de opinión que desde múltiples disciplinas pretenden arrojar luz a la vez que posicionar a sus autores ante el previsible reparto de la tarta futura, en forma de programas, planes de investigación, conferencias y seminarios sobre todo lo relacionado con las consecuencias del virus. 

Para no caer en el oportunismo, con este artículo no sólo no pretendemos dar ninguna solución, ni siquiera un vaticinio sobre el proyecto de futuros posibles, pese a que este sea el tema sobre el que los que escribimos aquí llevamos años trabajando. Porque, precisamente, nos resulta llamativo que, probablemente, lo más interesante que se ha dicho estos días haya salido de boca de un nonagenario, aunque se trate de un sabio indiscutible como es Jürgen Habermas.

El miembro vivo más ilustre de la Escuela de Frankfurt ha afirmado hace dos semanas en el diario Kölner Stadt-Anzeiger algo tan preciso como lo siguiente: “Una cosa se puede decir: nunca habíamos sabido tanto de nuestra ignorancia, ni sobre la presión de actuar en medio de la inseguridad”. De nuevo, y van muchas décadas, Habermas vuelve a dar en el clavo: el tema, el más importante, cuando se supere la crisis, es la ignorancia y la inseguridad.

Para nosotros es imprescindible concentrarse en esta idea sobre la ignorancia y la inseguridad que agrupamos bajo el concepto de incertidumbre. Este concepto es clave para nosotros, y lo es porque nuestra aproximación al mismo probablemente difiera de la de la mayoría e incluso resulte muy provocativa para muchos. Si la incertidumbre (inseparable de la ignorancia y la inseguridad) es el problema, para éstos debe resultar evidente que la única manera de abordarla sea a través del aumento respectivo de conocimiento y seguridad. Y aquí nos vemos obligados a, desde nuestra modestia, discrepar.

Todo parece, ahora mismo, remitirse a una solución cuantitativa. Una vez diagnosticado el problema, más conocimiento y más seguridad nos harán inmunes. Y nosotros nos preguntamos a qué nos harán efectivamente inmunes. Y la respuesta está clara, sólo nos harán inmunes a algo que hayamos sido capaces de diagnosticar con precisión, y un diagnóstico preciso sólo es posible cuando afecta a un sistema simple. He aquí el quid de la cuestión; para nada estamos ante un sistema simple; y solo en un sistema simple el conocimiento puede aspirar a ser absoluto y proveer de absoluta seguridad.

Vivimos en un sistema complejo, y la humanidad ha llevado a una mayor complejidad la relación con el planeta que habita. Sin negar valor al conocimiento (ni a la seguridad, aquí con muchos matices y reticencias), no estamos ante una cuestión de cantidad, cuantitativa, sino a una necesidad de cambiar el punto de vista. Porque la realidad es que el déficit de conocimiento y, por tanto, la incertidumbre están ahí, son inherentes a la complejidad del mundo que habitamos. Podemos anticipar la posibilidad de una nueva pandemia, pero no las características específicas exactas del virus que la produzca, su nivel de contagio y letalidad ligados a su composición bioquímica. Y, por tanto, tampoco anticipar su impacto exacto de acuerdo con las características del mundo en el preciso momento en que ésta suceda.

Nos explicaremos con un ejemplo tomado de nuestro campo disciplinar, como atípicos arquitectos-urbanistas. Estamos leyendo sobre la necesidad de adaptar nuestras ciudades a las enseñanzas del virus: nuestras casas optimizadas para soportar largas temporadas de confinamiento; nuestras ciudades menos densas para favorecer el distanciamiento social y reducir el contagio; la generalización de las nuevas tecnologías de comunicación para favorecer no sólo la información (que, por otra parte, no está discurriendo libremente a través de la redes) sino el monitoreo de cada una de nuestras actividades para favorecer el control disciplinario; la aparición de límites/barreras y puertas de acceso controlado, en diversas formas físicas y legales.

Respuestas simples a un problema, en el fondo, simple. En el hipotético caso de la repetición de una pandemia de manera exacta, acaso habremos ganado seguridad, al más que probable coste de simplificar e incluso debilitar nuestras ciudades. El problema es que el tiempo y la historia son tozudos, y las catástrofes nunca se repiten de la misma manera. Porque las catástrofes son inherentes a la propia complejidad del mundo.

El matemático René Thom desarrolló hace medio siglo una 'Teoría de Catástrofes' en la que entendía éstas como singularidades en procesos lineales. Nuestros procesos (urbanos, sociales, económicos) son bastante lineales, lo que nos permite vivir en un cierto nivel de certeza probabilística sobre el tiempo inmediato: amanecerá mañana, el coche estará aparcado donde lo dejé anoche, el metro me lleva a mi trabajo en cuarenta minutos más o menos, el estanco de la esquina abre a las diez para permitirme comprar tabaco. Ninguno de estos enunciados es seguro. Mañana el estanco puede haber cerrado por enfermedad, el metro haberse averiado, mi coche robado o nuestro mundo sufrido una catástrofe planetaria que lleve aparejado nuestro fin como observadores del fenómeno.

Los procesos, muchas veces, dejan de ser lineales, y muchas veces sus consecuencias son imprevisibles, siempre más o menos improbables. Dirán que podemos y debemos adaptar nuestras ciudades al virus, una vez nuestros sabios hayan llegado a las oportunas conclusiones; adaptarnos a los terremotos y tsunamis, una vez llegado al consenso sobre las lecciones aprendidas de los últimos; adaptarnos a las guerras, al terrorismo y a otros conflictos, asumido el valor que tiene la seguridad en relación con las libertades y derechos fundamentales. ¿De verdad pensamos que eso es posible y, en su caso, deseable? No es una cuestión de cantidad de conocimiento ni de implementación de extremos mecanismos de seguridad. La incertidumbre, y esta es la única verdad, está ahí y siempre va a estar ahí.

Nos preguntaríamos cuál es entonces nuestra respuesta frente a la incertidumbre. Aquí invitamos a leer a alguien que, por desgracia, nos dejó demasiado pronto. Jorge Wagensberg escribió que “si el mundo no fuera onduladamente incierto, aún seríamos todos bacterias”. La incertidumbre está ahí, y es saludable, porque es el único motor de cambio. Y, cuando “la incertidumbre aprieta”, como es el caso de los momentos y del mundo en que vivimos, la única manera de enfrentarse a la misma es desarrollar un mecanismo que permita al sistema acceder a una pluralidad de estados, como única respuesta posible a una catástrofe.

Contra la incertidumbre sólo cabe una respuesta útil, y esa respuesta es un aumento de la complejidad, de grados de libertad, de evolucionabilidad de cada elemento y de la estructura del conjunto, complejidad necesariamente inseparable de un déficit de conocimiento y, por tanto, de seguridad. Y lo mismo vale, puesto que estamos ante un nivel de incertidumbre equivalente, en nuestra respuesta al cambio climático.

Y la complejidad es imposible de conseguir si sólo diagnosticamos de manera simple y ofrecemos respuestas simples: porque no, no estamos ante una guerra, a no ser que estemos en guerra contra la naturaleza, y no estamos sólo ante un problema de salud. Estamos ante un problema de ignorancia de nuestra ignorancia y de nostalgia de una seguridad inalcanzable, y del riesgo al que aquélla ignorancia y esta nostalgia nos pueden llevar de la mano de apóstoles de la simplificación.

Javier Ruiz Sánchez, Inés Aquilué Junyent y Álvaro Ardura Urquiaga son arquitectos y profesores de urbanismo en las Universidades Politécnica de Madrid y Politècnica de Catalunya, y miembros del Grupo de Investigación LoCUS-UPM.