Los primeros humanos requirieron algo más que acceso a agua para asentarse en los desiertos de la antigua Arabia

Una investigación publicada en 'Nature' revela que el 57% de las zonas de la antigua Arabia con acceso al agua carecía de piedra adecuada para fabricar herramientas

Miguel Jorge

4 de noviembre de 2026 15:01 h

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El acceso al agua potable suele señalarse como una de las claves principales para comprender la ubicación de los primeros grupos humanos. Sin embargo, un trabajo publicado en la revista Nature demuestra que este elemento por sí solo no bastaba para asegurar la habitabilidad de una zona. En la península arábiga prehistórica, disponer de roca apta para tallar útiles también determinó el asentamiento de las comunidades, lo que explicaría por qué los restos arqueológicos se localizan en las orillas del desierto y no en sectores interiores que contaban igualmente con fuentes hídricas.

Esta conclusión aporta luz sobre una duda constante acerca de las migraciones iniciales por la región árabe. A lo largo de varias fases climáticas favorables, las precipitaciones monzónicas propiciaron la aparición de lagunas y pastos en terrenos hoy sepultados bajo las dunas. A pesar de ese entorno favorable, las huellas humanas más antiguas continúan apareciendo casi siempre en la periferia desértica. La gran cuestión radicaba en averiguar por qué aquellos grupos no poblaron también las zonas interiores provistas de agua.

Con el fin de esclarecer el problema, un equipo científico encabezado por Jeffrey I. Rose, miembro de la Universidad del Algarve (Portugal), completó una expedición de cerca de 1.500 kilómetros a través del desierto. Esta labor directa sobre el terreno permitió comprobar de primera mano áreas analizadas hasta ahora sobre todo mediante simulaciones digitales. El equipo reconoció 125 puntos repartidos por los arenales para buscar señales de ocupación y estudiar la composición geológica de cada entorno.

En cada una de esas paradas rastrearon sedimentos de cuencas lacustres secas, registraron las variedades minerales del suelo y examinaron las superficies al descubierto para hallar piezas líticas u otros testimonios materiales. Al finalizar el recorrido, combinaron la cartografía del terreno con la reconstrucción de los antiguos cauces fluviales para trazar un mapa general de la península, contrastando luego los datos con 362 yacimientos prehistóricos ya catalogados.

La piedra, un recurso tan necesario como el agua

La prospección no permitió localizar evidencias de ocupación humana temprana en los 125 emplazamientos examinados. Sin embargo, los investigadores sí encontraron indicios de la existencia de antiguos lagos en 55 de ellos. También identificaron conchas fosilizadas y fragmentos de cáscaras de huevos de avestruz, restos que aportan información sobre las condiciones ambientales que existieron en esas zonas.

El estudio del terreno arrojó un dato decisivo para entender la organización de aquellos asentamientos. Según las estimaciones del equipo, el 57% de las zonas con fácil acceso a fuentes de agua no disponía de rocas válidas para fabricar herramientas. Por lo tanto, aunque no faltaba agua en esos valles interiores, el suelo carecía del material indispensable para elaborar los utensilios cotidianos que necesitaban para subsistir.

Espejismo en el desierto de Namib

Los investigadores advierten de que ignorar la disponibilidad de rocas conduce a calcular una extensión habitable mucho mayor de la que realmente podían aprovechar aquellas tribus. En el propio texto subrayan que “los modelos de expansión que prescinden de la geología de los materiales pueden sobrevalorar de manera constante el tamaño de las tierras habitables para grupos que vivían de la industria de la piedra”.

El trabajo concluye que agua y piedra debían coincidir en el mismo entorno para permitir un asentamiento duradero. La primera garantizaba la supervivencia física inmediata, mientras que la segunda aportaba la materia prima para fabricar útiles de caza, trabajo y defensa. La falta de cualquiera de los dos factores truncaba la viabilidad del grupo, aun en parajes que sobre el papel parecían contar con un clima excelente.

Un nuevo enfoque para entender los desplazamientos del pasado

Estas conclusiones obligan a replantear la reconstrucción de los primeros viajes humanos fuera de África. Si los análisis teóricos se limitan a seguir el curso de los antiguos ríos, corren el riesgo de dar por viables territorios donde faltaban materiales básicos para la vida diaria. Las formaciones rocosas, en consecuencia, condicionaron los itinerarios seguidos y la elección de cada campamento tanto como el propio clima.

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