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Y luego dicen que el pescado es caro

Bajo la tormenta perfecta, Georges Clooney se llamaba esta vez Iván, Daniel, Antonio y Óscar, como cuatro de los seis tripulantes del “Rúa del Mar”, desaparecidos en la pesquera del Estrecho, a veintiocho millas de cabo Espartel. Cualquiera que haya crecido junto al mar sabe que nada hay más fiel ni más desleal que esa planicie húmeda donde habitan Moby Dick, el Nautilus, la Atlántida o el Rayo Verde.

Durante mi juventud, veía llegar los pesqueros al muelle de Algeciras, con su algarabía de pavanas y aquellas raras mañanas de los rederos que parecieran practicar un extraño taichí de hilos invisibles. Entre los barcos, cuyas bocinas salían engalanadas durante la procesión de la Virgen del Carmen, me acostumbré a leer el nombre de Hermanos Maza, que en tiempos identificó a una de las naves más activas en el complicado laberinto de las aguas jurisdiccionales marroquíes.

Ahora, como en aquel cuadro al que Sorolla tituló “Y luego dicen que el pescado es caro”,  el cuerpo de uno de ellos, Antonio Javier, viajó por el mar hasta unas treinta millas de donde se perdió la pista del palangrero. Y el nombre de otro, Ángel, figura entre los tripulantes del “Rúa del Mar” a los que el océano presumiblemente se habrá tragado. Ambos estaban a punto de jubilarse aunque ningún marino se jubila de esa formidable superficie azul que a veces te devora.

Una vieja familia con olor a brea. Su otro hermano, Pedro Maza, es el presidente de la asociación de armadores. Aquí, en la pesquera del sur, hubo quien armaba un barco para el trapicheo pero fueron los menos. Los más eran familias que venían de lejos, de cuando Ulises descubrió a Circe en la isla del Perejil o desde cuando se agotaron los caladeros patrios y hubo que volver a los del Protectorado o los del Sáhara, que terminaron bajo bandera marroquí.

Año tras año, había que negociar los convenios con Rabat, ya fuese desde Madrid o desde Bruselas, y de tarde en tarde se liaba parda: el puerto, cerrado por los piquetes, los antidisturbios patroneando por el paseo marítimo entre bombas de humo y balas de goma. Desde Rafael Montoya, aquel rojo que fue patrón mayor y amigo de Agustín Gómez Arcos, a Rafael Limón, que recuperó el rastro de su madre supuestamente muerta durante una huelga en las dársenas, hasta Andrés, el cura, que salía a faenar porque el armador no sabía que era sacerdote porque dicen que las sotanas dan mala suerte en alta mar.

De repente, no hubo problemas con los cupos de tripulantes que exigía el país vecino: apenas había nadie que quisiera soltar amarras. Entre otras cosas, porque el sistema a la parte, que regía como único convenio posible, fue desmantelado por una sentencia judicial hace cuatro años. Bajo dicho régimen, navegaba el Nuevo Pepita Aurora, de Barbate, cuando se perdió para siempre. José Luis Tirado fue capaz de encuadrar con su cámara a algunos de sus ocho supervivientes, como José Crespo 'Manteco'. Entre los distintos testimonios que recogió su documental “Donde hay patrón”, se traslucía una tensión extrema, la de salir a la mar a pesar de que las condiciones climatológicas fueran adversas, por temor a perder el folio o a quedar mal con el resto de los tripulantes. Por entonces, no había sueldos fijos ni sueldos base en la pesca de bajura, sino que los marineros van a la parte, en función del precio que alcancen sus capturas, compartiendo más gastos que beneficios con los propietarios del falucho. Y así ocurrió hasta que llegaron los salarios mínimos, hace cuatro días como aquel que dice.

Algún día, alguien deberá explicar por qué se desmoronó la flota pesquera andaluza. Entre 1977 y 1999, el número de puestos de trabajo se redujo a la mitad. El desguace de barcos se convirtió en una epidemia. Y muchos terminaron trabajando en régimen de partenariado en Tánger, Casablanca, El Aaiún o Agadir. Ahora, las tripulaciones juegan a ser como una torre de Babel, aunque algunos desertores de este antiguo oficio volvieron al noray cuando la crisis del ladrillo.

No sólo el Rúa del Mar se ha ahogado de improviso bajo aguas turbulentas. Buena parte de la pesca del sur también ha zozobrado. A pesar de que, como los últimos mohicanos, familias con branquias como los Maza, y como los otros desaparecidos en este naufragio, sigan saliendo a faenar con ese raro aire de héroes trágicos, regidos por el destino y la voluntad de los dioses. El dinero, escaso; el peligro, evidente. El mar avanza, los pescadores no. El mar se muere. Los pescadores, también.

 

Bajo la tormenta perfecta, Georges Clooney se llamaba esta vez Iván, Daniel, Antonio y Óscar, como cuatro de los seis tripulantes del “Rúa del Mar”, desaparecidos en la pesquera del Estrecho, a veintiocho millas de cabo Espartel. Cualquiera que haya crecido junto al mar sabe que nada hay más fiel ni más desleal que esa planicie húmeda donde habitan Moby Dick, el Nautilus, la Atlántida o el Rayo Verde.

Durante mi juventud, veía llegar los pesqueros al muelle de Algeciras, con su algarabía de pavanas y aquellas raras mañanas de los rederos que parecieran practicar un extraño taichí de hilos invisibles. Entre los barcos, cuyas bocinas salían engalanadas durante la procesión de la Virgen del Carmen, me acostumbré a leer el nombre de Hermanos Maza, que en tiempos identificó a una de las naves más activas en el complicado laberinto de las aguas jurisdiccionales marroquíes.