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Cae la noche electoral

En el restaurante hay tres salas sólo separadas por iluminaciones variables elegidas, dicen, según un estudio específico de tonalidades e intensidades. Se supone que los clientes, al llegar, deciden cuál de ellas se acomoda a su estado anímico-estético. Lo de anímico-estético lo pone en la página web, en una larga explicación con toques orgónicos muy moderados, pero el caso es que cada uno se coloca o lo colocan donde hay sitio, y además sólo los iniciados entienden lo que se pretende, cuáles son esos probables estados del alma y si los que van en grupo deben tener el mismo para no sentarse en mesas separadas.

-Se podían haber ahorrado el rollo.

-Algunos han venido porque no han entendido lo de las luces, seguro.

-Yo sí lo entiendo.

-Ya.

Así que, quizá por error, nos sentamos cerca del espacio central, donde los miembros enlutados de un ballet se mueven siguiendo los tictacs de un metrónomo para hacer y deshacer un castillo humano. El techo forma una bóveda en la que revolotean holografías de quiméricas oropéndolas.

Los camareros son todos hombres altos de cabelleras y barbas largas enmalladas y trajes blancos de apicultores marcianos. Se desplazan con suavidad, como si caminaran entre enjambres de velutinas.

La disonancia no programada (suponemos) aparece a dos mesas de distancia. Un tipo más que maduro y evidentemente beodo grita:

-¡Tengo hambre, me cago en la puta, y este cóctel azul sabe azul, y lo azul no es comida, hostias!

El joven que lo acompaña, de aspecto más acorde con el local, sonríe como pidiendo disculpas al público. Acude un sujeto en traje de Reservoir Dogs y explica que el jargo laminado con su piel crujiente e infusión de sus espinas está en camino.

-Bueno -dice el cliente cabreado-, pero no quiero colorantes, que yo también soy ecologista, no te jode, y más vale que sea jargo de verdad.

En la mesa de al lado, un macho alfanumérico explica a una chica que la distribución de colores tiene algo que ver con las series afectivas de Fourier. No hay manera de seguir el discurso completo, sin duda un metarrelato, aunque llegan frases sueltas y bastante efectistas. “Socialismo utópico”, repite ella tres veces antes de que una negación transversal rompa el ambiente peculiarmente rosado.

El grupo que formamos es variopinto y no importa demasiado quién diga cada cosa. Eso también es parte de la esencia del lugar. Nuestro estado anímico-estético propende a la discusión.

-Sitio hipster, ¿eh?

-¿Qué pasa? Yo también soy hipster.

-Pero los camareros lo parecen y tú no.

-Bien, desplegaré la letanía: soy hipster porque soy alternativo, independiente, contrario a las convenciones sociales y la cultura comercial predominante, amante del jazz, lo indie, el rock alternativo...

-Has repetido alternativo.

-... los clásicos, el cine independiente...

-Has repetido indie.

-He dicho independiente.

-Es lo mismo.

-No es lo mismo. Sigo: el arte, las redes sociales, la alimentación con productos ecológicos...

-Cuando dices que estás en contra de la cultura comercial predominante te refieres a que no compras barato, ¿no? Luego vais de progres. El proletariado os odia. Por eso muchos votan a Rajoy.

Hay unanimidad en que ha sido un golpe bajo, sobre todo porque ha dicho “proletariado” con tanto orgullo como sorna.

-Queremos lo mejor para todos. Y el proletariado no existe. Ha desaparecido del imaginario.

-Sí, claro. Al quedarse en paro pierde el nombre… Vamos de culo y sin clases sociales. Ya sólo hay gente y gentuza; y a vosotros ya ni siquiera os llaman burgueses bohemios.

Nos traen la carta y pedimos. El más callado, fascinado hasta ahora por las aves de la bóveda, interviene de repente:

-Mira, hay una estantería con libros.

Nos levantamos a fisgar. Hay un ejemplar de 'El impacto de lo nuevo', nuevecito, impregnado de olor a librería con toques de cardamomo. Una monografía sobre Fibonacci junto a un ensayo sobre cine con el póster de Ultimátun a la tierra (1951) por portada. Un manual de PROLOG muy manoseado.

Llega la comida. Fusión total. No sabe mal, tiene las texturas adecuadas, utliza productos incuestionables, el teriyaki sabe a lo que debe (de) saber el teriyaki y han puesto un poco de picante en los langostinos para servir una palabra náhuatl en una fuente decorada con dibujos mayas. Fusión interprecolombina, pero el chipotle apenas pica. El gazpacho de algas está rico, pero es una sopa fría de pescado.

El tipo hambriento del principio empieza a vocear una ranchera. De pronto, descubre que todos lo observan, se calla y baja la vista etílicamente avergonzado, y enseguida empieza a soltar carcajadas cada vez más grandes. Se levanta blandiendo un telefóno móvil.

-¡Mirad que guachap me acaban de mandar! ¡Mamones! ¡Ha ganado Trump! ¡Jodeos!

Hay un silencio excesivo, sea eso lo que sea en medio de los tictacs. El joven acompañante, alterado, se levanta y obliga al otro a salir del comedor. Éste no se resiste. Parece que le asusta la calma chicha que ha provocado. Salen hacia la zona reservada al personal.

En la mesa del utopismo, el orador informa:

-Son el gerente y su padre. Cada vez que se emborracha, el viejo arma una bronca. Es el que puso la pasta para el negocio.

En el restaurante hay tres salas sólo separadas por iluminaciones variables elegidas, dicen, según un estudio específico de tonalidades e intensidades. Se supone que los clientes, al llegar, deciden cuál de ellas se acomoda a su estado anímico-estético. Lo de anímico-estético lo pone en la página web, en una larga explicación con toques orgónicos muy moderados, pero el caso es que cada uno se coloca o lo colocan donde hay sitio, y además sólo los iniciados entienden lo que se pretende, cuáles son esos probables estados del alma y si los que van en grupo deben tener el mismo para no sentarse en mesas separadas.

-Se podían haber ahorrado el rollo.