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La ciencia y el té de las cinco

Un grupo de profesores universitarios y sus esposas se reúnen a tomar el té una tarde de verano, en Cambridge, a finales de la década de 1920. Una de las mujeres presentes comenta casualmente que el té al que se le echa la leche en la taza sabe distinto que el que se echa sobre la leche ya en la taza. Es decir, el orden de los factores afecta el producto. ¡Qué tontería!, dicen los demás. Pero uno entre ellos desafía al grupo a verificarlo, a ver si realmente la señora puede distinguir el té servido sobre la leche de la leche servida sobre el té, y deciden comprobarlo experimentalmente.

Pero ¿cómo hacer el experimento? Si le ofrecen a la señora una sola taza tiene un 50% de posibilidades de acertar… Si le ofrecen dos, tampoco puede sacarse evidencia concluyente…

Ahora bien, en el grupo se encuentra nada menos que Ronald Fisher, uno de los padres de la estadística moderna, que logró que la producción agraria se multiplicara exponencialmente y a quien Richard Dawkins llamó «el biólogo más grande desde Darwin». Aquella tarde en Cambridge Fisher inventa un experimento sobre la marcha, y la historia tiene tanta importancia que la cuenta en su libro The Design of Experiments (1935), un clásico de la literatura científica sobre el particular. Al experimento se le llama justamente «The lady tasting tea» (La probadora de té), y puede verse una recreación en YouTube.

El asunto del té tiene gran importancia en Gran Bretaña, por razones seguramente numerosas y no todas claras. Hay grandes pasiones y posturas irreconciliables sobre cómo debe prepararse, e importantes autores han dedicado su tiempo a discutir el tema. George Orwell, por ejemplo, publicó en 1946 «A Nice Cup of Tea», donde declara que en cada familia hay dos escuelas de pensamiento enfrentadas sobre el asunto de la leche en el té.

Quizá por miedo a que este enfrentamiento pase a mayores, la Organización Internacional de Estandarización se ha sentido obligada a intervenir y ha dictado una norma, la 3103. Según la norma ISO 3103 debe servirse la leche después del té, que ha reposado seis minutos en la tetera: cinco mililitros de leche para una taza, y dos y medio para un pocillo. Ni un minuto ni medio mililitro más ni menos.

Los ingleses han ocupado un lugar notable en el desarrollo de la estadística porque el experimento del té y la leche solo podía realizarse en Inglaterra: en el resto del mundo o no hay interés en el té o no hay interés en los experimentos. Es más, en aquella época en muchas partes de África no podía siquiera tomarse el té con leche, porque sus habitantes pensaban que «si un europeo echa leche al té, matará a la vaca de donde procede la leche».

Así nos informa el inagotable J. G. Frazer, que cuenta que esa convicción está bastante extendida por todo el mundo, incluyendo a los estonios y búlgaros europeos. Incluso menciona informes de que hay vacas enteradas de lo que se hace con su leche y que se niegan a dejarse ordeñar de nuevo porque alguien la ha hervido, pero Frazer dice que no, que eso son malas interpretaciones. Porque lo que tiene sentido universal es que el calor aplicado a la leche afecte a sus productoras, según las «leyes elementales de la asociación de ideas, que son comunes a la mente de todos los seres humanos y que se hallan en los cimientos de la magia simpática».

Frazer asocia la magia con la ciencia, porque ambas tratan de intervenir sobre la realidad aplicando leyes o principios naturales; y enfrenta a las dos con la religión, que lo que hace es impetrar la ayuda de seres sobrenaturales para que alteren ocasionalmente esas leyes o principios en beneficio del creyente. Habría una ciencia equivocada (la magia) y una ciencia correcta (provisionalmente).

Si Frazer razona a partir de tres entidades (magia, ciencia, religión), su colega Claude Lévi-Strauss es un decidido partidario de las oposiciones binarias (naturaleza y cultura). Lévi-Strauss (único antropólogo cuyo apellido, transcrito en perfecto cántabro contemporáneo, da nombre a un restaurante de Santander, en la esquina de Gándara y Bonifaz) sostenía que el modo de pensar de los humanos salvajes no se diferenciaba del de los civilizados, en ambos casos compuesto de dos modos distintos: el de los bricolajeros y el de los científicos (el hecho de que llame ingenieros a los segundos dificulta un poco la comprensión: he conocido muchos ingenieros que se parecen más a los curas que a los científicos. También es verdad que los ingenieros que conocía Lévi-Strauss eran probablemente franceses, y en Francia se puede llegar a la universidad sin buena nota en Religión).

La idea levantó mucho revuelo cuando la publicó en El pensamiento salvaje (1962), pero en mi humilde opinión no es demasiado distante de la afirmación de Frazer sobre las leyes comunes a la mente de todos los seres humanos. Comunidad mental que ilumina lo que me contaba un amigo hace muchos años: su madre, catedrática de Física, rezaba un avemaría para encontrar aparcamiento. Sí, sabemos que Fernández Díaz practica algo parecido, pero no tenemos la menor constancia de que este señor sepa Física: para lo que él hace el pensamiento científico es perfectamente prescindible.

Hay muchas evidencias de que el pensamiento mágico y el científico son tan inseparables en todos nosotros como la leche y el té de la taza. Posiblemente Trump haya ganado porque sus electores crean que su riqueza personal se les extenderá a ellos, como el calor aplicado a la leche le llega a la vaca. Además de todos los mecanismos establecidos para que negros, hispanos y blancos pobres tengan mayor dificultad para ir a votar, claro: la ciencia estadística es más eficaz cuando trabaja en conjunción con la magia y no contra ella.

Déjenme acabar volviendo al principio: un grupo de profesores universitarios y sus esposas se reúnen a tomar el té una tarde de verano, en Cambridge, a finales de la década de 1920. Así lo cuenta mi informante, y confieso que me lo tragué sin problemas: es verosímil que en esa época los profesores fueran todos hombres y acudieran con sus esposas a los encuentros sociales.

Pero, consultadas otras fuentes, resulta que la señora que decía que el té sabe distinto según cómo se lo mezcle con la leche era Muriel Bristol-Roach. Por entonces no era la esposa de un profesor, pero sí una científica, bióloga, como Fisher. Que un científico profesional publique más de 300 páginas explicando este suceso y lo que se derivó de él, y no la nombre en ninguna de ellas, es terrible. Un síntoma más de que en nuestro mundo se puede tener un estatus de pensador y, como Trump y los obispos, menospreciar a la mitad de nosotros.

Y, por si a alguien le interesa, aquella tarde Muriel Bristol-Roach acertó el orden en que se habían servido los líquidos en cada una de las ocho tazas que le hicieron probar.

 

Notas: Parece haber una explicación científica para la precisión del paladar de la doctora Bristol: la leche contiene proteínas, y las proteínas cambian de sabor a partir de cierta temperatura. Si pones primero la leche, nunca llega a calentarse hasta los 75 grados necesarios; pero si viertes leche sobre el té muy caliente, la primera leche que cae sí los alcanza.

Un relato de lo que pasó en esa reunión puede leerse en aquí.

Un grupo de profesores universitarios y sus esposas se reúnen a tomar el té una tarde de verano, en Cambridge, a finales de la década de 1920. Una de las mujeres presentes comenta casualmente que el té al que se le echa la leche en la taza sabe distinto que el que se echa sobre la leche ya en la taza. Es decir, el orden de los factores afecta el producto. ¡Qué tontería!, dicen los demás. Pero uno entre ellos desafía al grupo a verificarlo, a ver si realmente la señora puede distinguir el té servido sobre la leche de la leche servida sobre el té, y deciden comprobarlo experimentalmente.

Pero ¿cómo hacer el experimento? Si le ofrecen a la señora una sola taza tiene un 50% de posibilidades de acertar… Si le ofrecen dos, tampoco puede sacarse evidencia concluyente…