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“La creación poética es una indagación y a la vez una coraza”

Con la fuerza y la alegría de las buenas noticias, como un regalo o una fiesta sorpresa, sale a la “sabia luz que habíamos olvidado” el nuevo libro de Víctor Obiols, una colección de treinta poemas de larga distancia que cantan cada día de un junio. Frente al espejo, desde dentro, una voz sola escucha el eco del tiempo y apunta sus notas, en una metáfrasis de la intimidad y de la memoria literaria. ‘D’un juny dur’ nos habla desde la fe en el amor a la palabra, y diseña un calendario de fugas hacia la fantasía de la letra y el sonido, y hacia la posibilidad de vivir –y decir– en la maravilla de un día tras otro.

¿Dirías que hoy (a comienzos de otro junio...) la poesía es, todavía, un arma cargada de futuro?

Sí, ya lo dijo Celaya... y tiene que serlo, un arma cargada de futuro. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Yo creo que la poesía tiene un valor suprapolítico y atemporal, y tiene que servirnos siempre, en cualquier época, y especialmente en épocas de penuria espiritual, como la actual.

¿El poeta es un fingidor? (¿En qué reside la verdad y la fuerza de la palabra poética?)

¡Y esto es de Pessoa! Llega a ser una falacia, porque el poeta finge para decir verdades, dice mentiras que son verdad, mientras que tantas veces lo que se nos suele hacer pasar por verdad es todo mentira. En la poesía, en la literatura, estamos en ese juego de tener que validar nuestra experiencia a través de ficciones que, al fin y al cabo, nos sustentan mucho más que las convicciones prosaicas, las dosis de realidad que tomamos cada día y que continuamente nos hacen daño.

¿La música y la poesía serían, para ti, diferentes colores de tinta de una misma pluma (la que empuñamos para transcribir el misterio)? ¿De qué forma con cada una?

Es curioso, porque un poeta a quien quiero mucho, Lluís Solà, me dijo de este libro, que le gustó, que le parecía que las letras tenían concomitancias con mi disco ('Cançons de l’Akídelara'), y eso me hizo pensar que en estos poemas hay también una investigación sobre el sonido, sobre el mundo de la música, y eso es lo que, en cierta forma, marca mi pauta vital.

La poesía, evidentemente, es un ritmo y una melodía que se imponen, siempre hay una música, que contiene ideas, porque contiene significados. Y en cambio, la música pura, el lenguaje musical, también significa mucho, aunque no lo podamos traducir, o si lo traducimos, lo empobrecemos. Luego hay eso que tratamos de hacer los que escribimos canciones, que es juntar ambos lenguajes, y que de alguna forma supone un sacrilegio, algo extraño que, cuando sale bien, es muy bonito, es casi un milagro: las grandes canciones son aquellas en las que ves que lo que se dice no se podría decir de otro modo más que a través de esa música, y esa música, a su vez, siempre irá acompañada de aquellas palabras. Por eso siempre tenemos este problema con los poemas musicados: los estás condenando –si se hace bien– a que aquella melodía siempre resuene. Por otra parte, mucha más gente conoce ciertos poemas gracias a su versión musicada (pienso en Machado con la música de Serrat, o en los poetas que cantan Raimon o Paco Ibáñez...)

Entonces se abre el debate sobre si la voz recitada, la palabra, es o no es suficiente... y ¿por qué hace falta cantarla, si el poema ya tiene su música? Recuerdo aquella anécdota sobre Debussy y Mallarmé, que eran amigos, en que Debussy le dijo al poeta que quería poner música a 'La siesta (o “la tarde”) de un fauno', y Mallarmé respondió: “Pensaba que la música ya la había puesto yo...” Fue entonces cuando Debussy hizo el 'Preludio a la siesta de un fauno', fantástico.

Para mí, personalmente, se trata de dos registros diferentes. Cuando hago música intento escribir una letra clara y comunicativa y con la poesía hago lo que me da la gana, porque es un espacio de libertad (siempre dentro de unos códigos estéticos y unos mecanismos propios...) En este libro la música también está, en el sonido, y en imágenes: las campanas, los pianos...

¿La aventura poética es una manera de enfrentarse al mundo, de indagarlo, o una fuga de la imaginación, en la palabra, para ponernos a salvo de todo lo que es feo y asusta?

La creación poética es una indagación pero al mismo tiempo es una coraza que te haces, porque en un momento de hipersensibilidad, de experiencias fuertes que puedes estar viviendo, la poesía es una fuga, no sé si hacia adelante o hacia atrás, una huida hacia adentro, en cualquier caso. No sé cómo será una huida hacia adentro (ríe). Por eso tiene ese valor de autodefensa ante el mundo y al mismo tiempo ayuda a comprenderlo, afina la visión. Pero como es un ejercicio muy subjetivo, muy individual, muy propio, no sabes hasta qué punto puedes transmitirlo, no estás nunca seguro de si llegará a los demás. Y entonces viene una decisión posterior, que es poner todo ese magma, ese material informe que te remueve por dentro, en solfa, para poder compartirlo. Porque lo primero que hay es esa necesidad de entender y de decir, y luego viene la construcción estética, verbal. De hecho, los treinta días de junio no dejan de ser una ficción (no escribí un poema diario durante todo un mes), es un artificio que he construido para poder comunicarme, por eso, porque si estamos haciendo arte, pues hagamos artificio.

¿‘D’un juny dur‘ es el diario de campo de lo que no se ve? ¿Un almanaque de fantasías muertas, de fantasías nuevas? fantasías muertas, de fantasías nuevas

Es una bonita forma de decirlo (ríe).

¿“Ceci n’est pas une pipe”? ¿Nos traicionan las imágenes? ¿O destilan la esencia, intocable pero reconocible, de las cosas?

Yo creo que la imaginación debe ser una vía de conocimiento. Pero al mismo tiempo también acaba siendo un mecanismo de fascinación, y un mundo donde te puedes refugiar. El arte es una mentira para decir verdades, ¿no? Lo que comentábamos antes... Y las imágenes son representaciones de la realidad, no la realidad misma, claro, pero nos acercan a ella, nos ayudan a conocerla. El arte trata de dar forma a los misterios del mundo con un código propio.

¿Qué es lo que queremos salvar, preservar o cantar a través de la poesía, de la música, del arte?

¡Todo! Queremos salvarlo todo, rescatar la vida de la miseria... Es aquella frase tan terrible de Van Gogh, que decía: “La miseria no se acabará nunca”. Y se suicidó. Y hace pensar en quien vive la vida con este sentido finalista de que no vale la pena vivir... jamás sabremos si eso es una patología del cerebro o una idea lúcida, quizá no hay una sola respuesta... (Albert Camus decía que la única cuestión filosófica es el suicidio.) Pero el arte, en cualquier caso, es un intento por salvarnos, sí, y la palabra poética tiene ese valor de mensaje encriptado: a veces hay cosas que llega un momento en que se hacen inapelables, y a menudo, cuando aparecieron, la gente no se dio cuenta.

Poesía: ¿difícil o diáfana? ¿De qué modo crees que se articula la comprensión poética?

Creo que la pretensión del poeta debe ser que se llegue a leer poesía de la misma forma en que una persona se enamora de una música, de una melodía; que alguien pueda quedar atrapado en unos versos sin saber demasiado qué dicen, porque allí hay un misterio que le cautiva. Igual que con la música. Y esto es lo mejor que te puede pasar cuando escribes, que la gente quede atrapada en el hechizo.

Dices:

“Deixa-t’ho tot a fora i entra sol.

Un únic gaudi: construir amb allò que tens a dir,

amb allò que tens a dins, quan diu tan fosc i fi.

Dir i desdir. Filar i refilar.

I amable amb tot, i amb tu, fora símbols“. (Dia 10)

Y suena como una declaración de intenciones, como un magnífico consejo en el tono generoso de las ‘Cartas a un joven poeta’... ¿Se te ocurre otro?

Este! Eso es lo que yo diría a los jóvenes poetas... Y es que supongo que ese es el ideal del poeta (que piensa que lo es, que se inviste de poeta): llegar a ser como los “vates” latinos, ese poeta visionario que llega a decir de una manera natural, como si fuera un mago, cuando ya no hay diferencia entre palabra de comunicación o palabra pragmática y palabra mágica.

Supongo que hay gente que habla en poesía, gente que no necesita toda esa retórica porque ya le sale así y no es un discurso impostado; me viene a la cabeza la figura de Miguel Hernández, que era pastor, como la imagen de poeta natural. Pero los que ya estamos tan mediatizados por la literatura no sé si somos capaces de volver al paraíso perdido de la inocencia lingüística, o poética, y hacemos lo que podemos con lo que tenemos, que es mucho, o es demasiado...

Con la fuerza y la alegría de las buenas noticias, como un regalo o una fiesta sorpresa, sale a la “sabia luz que habíamos olvidado” el nuevo libro de Víctor Obiols, una colección de treinta poemas de larga distancia que cantan cada día de un junio. Frente al espejo, desde dentro, una voz sola escucha el eco del tiempo y apunta sus notas, en una metáfrasis de la intimidad y de la memoria literaria. ‘D’un juny dur’ nos habla desde la fe en el amor a la palabra, y diseña un calendario de fugas hacia la fantasía de la letra y el sonido, y hacia la posibilidad de vivir –y decir– en la maravilla de un día tras otro.

¿Dirías que hoy (a comienzos de otro junio...) la poesía es, todavía, un arma cargada de futuro?