ENTREVISTA

Alejandro Dolina: “La buena improvisación tiene mucho rigor, si no, es un delirio”

El escritor y locutor radiofónico Alejandro Dolina regresa a España con su programa La venganza será terrible: una noticia mayúscula para todos los que le conozcan pero, especialmente, para todos los que no conozcan su formato, que ya forma parte de la Historia hertziana del país sudamericano. Su mezcla de improvisación perfectamente aprovisionada aterriza en la Sala Galileo Galilei de Madrid este miércoles 10, jueves 11, viernes 12 y sábado 13 de junio a las 21:00 de manera gratuita, previa solicitud de la invitación en salagalileogalilei.com. Las grabaciones de Dolina tienen muchas capas: las más evidentes, que son festivas y despreocupadas, y las subterráneas, que combinan juegos perversos de lingüística(s), folclore argentino y esa extraña alegría comunal de asistir a un espectáculo único.

Para los españoles que no lo sepan, ¿qué es La venganza será terrible?La venganza será terrible

No es posible definir este programa, ni quizá ningún otro. Después de completar una definición de este programa o probablemente de cualquier otro, uno siente que ha sido insuficiente o que el rumbo ha sido equivocado. Toda definición achica los horizontes y terminamos incurriendo en una sinécdoque, la parte por el todo o el todo por la parte. Es un programa que no se deja describir por una hoja. Si yo me presento ante ti, que eres el director de RNE, y te digo: “He tenido una idea, un señor se presenta ante un locutor y el locutor le formula preguntas. Ante cada acierto de este señor, se le recompensa con un dinero y así sucesivamente. Y la dificultad de la pregunta sigue en un tono creciente”. Entonces el director de RNE le dice “es una idea pésima, pero es una idea”. En cambio, como ocurre en La venganza será terrible, que se sienten tres personas una al lado de otra y digan cosas no es una idea. Lo que hacen es lo que esas tres personas son. De alguna forma, La venganza es un programa romántico, en el sentido siguiente. Cuando uno ve una obra del romanticismo, por ejemplo, una poesía de Bécquer, siente que es algo personal, distinto a lo que ocurre al leer a los clásicos, que tienen algo ajeno. No sabemos si a Quevedo le ha ocurrido pero con Bécquer estamos seguros que eso ha pasado en su vida, que hay una cercanía entre el artista con su obra, de tal manera que el artista es su obra. Si en mi programa, en lugar de estar Luis Piedrahita, Barton y yo, estuvieran otros tres tipos, el espacio cambiaría totalmente. Se podría hacer mucho mejor cambiando estas tres personas por espíritus superiores, que es lo que siempre están a punto de hacer en las emisoras donde yo trabajo.

Tienes esos dos cómplices, Dorio y Barton...

En este momento estamos en un cambio, está por incorporarse otra persona y Barton queda. Lamentablemente, Dorio se ha marchado y en este viaje se ha incorporado Luis Piedrahita...

Aparte de una persona execrable, ¿qué te parece Luis Piedrahita?

(Se ríe) Desde luego, pero es el precio que uno debe de pagar por la genialidad. A la hora de repartir los dones, a Luis le han dado tanto que, a última hora, el repartidor ha dicho: “este hombre tiene demasiado: es escritor, mago, hace stand-up... Vamos a convertirlo en un ser malvado para compensar tanta dotación” (Se ríe). A mí me gusta mucho España por ciento diez mil razones, pero cincuenta y cinco mil pertenecen a Luis Piedrahita.

¿En vuestro programa de radio se puede decir que improvisáis o está todo muy pensado?

La buena improvisación tiene mucho rigor, si no, es un delirio. El músico de jazz desde luego que improvisa pero dentro de unas escalas. Cuando alguien improvisa demasiado, es decir, crea las reglas a medida que avanza o, peor todavía, resuelve que no hay reglas, eso no es improvisación. Improvisación es establecer qué reglas voy a cumplir y, luego, sin tomarse tiempo, hacer algo artístico, o de pensamiento, o música… Si no hay rigor establecido anteriormente, eso no es improvisación, es nada. Lo que al público le maravilla del improvisador es cómo crea dificultades para luego salvarlas. Por ejemplo, hablemos de la payada en la Argentina, una forma poética muy popular a finales del XIX, principios del XX, un canto de contrapunto improvisado. Pero primero se establecían las formas. ¿Cómo cantamos? Pues por décimas, versos octosílabos... y así. Entonces la gente cuando ve al tipo en acción, cuando lo ve pensando a esa velocidad siente lo mismo que cuando ve al mago, que plantea una dificultad y la resuelve.

De una forma increíble, para el espectador, claro.

El mago dice “no es posible que una moneda atraviese esta mesa. Yo voy a vulnerar esa ley de hierro haciendo que la moneda lo atraviese”. Ahora, si el tipo empieza a lanzar monedas al aire al tuntún...

En ese sentido, tienes que llegar a un acuerdo con el público y también, como tú haces, otro con tus compañeros.

Es muy difícil la improvisación colectiva. Hay personas, muchas, que son muy talentosas e imaginativas, pero no solidarias. Están esperando lucirse y traen pensados sus chistes de la casa… Si esto ocurre, el aporte al fluir del diálogo general es mínimo y es, casi siempre, una clausura. Toda clausura en el fluir de un diálogo colectivo es un peñasco en el camino porque nos quedamos todos mirando... y el tipo... llega un punto que no se puede seguir. Esto pasa con los payadores. Hay una manera de cantar de contrapunto formando la poesía que es que un payador tira dos líneas, y el siguiente otras dos, y el primero otras dos, y así sucesivamente hasta completar la décima. Pero, si uno de los dos quiere poner en dificultades al otro, en realidad, esa dificultad se le volverá en contra. Si el otro consigue superar el verso con el que el otro le quiere poner en problemas, lo que viene después es todavía más difícil. Lo mejor es ir preparando el final del verso con un rigor lógico y musical.

Darle el pase en condiciones, si me permites la metáfora futbolística.

Exacto. Como ocurre en el Barcelona. Sus jugadores no hacen su jugada, hacen fluir un juego pensando en cómo va a seguir. El gran jugador es el que convierte una jugada de tenencia anodina en algo peligroso para el rival haciendo fluir ese discurso.

En tu carrera está la radio, está la escritura... pero, por debajo, está la música.

No solo en el programa, que es un canturrear, aunque a veces salen cosas que están bastante bien, pero también en mi vida, como, por ejemplo, mis hijos Martín y Ale, que son músicos. Vuelvo a la magia: el mago manipula para que el público no descubra sus trucos, para que sus emociones fluyan en un sentido… y el músico también.

¿Eres consciente de cuándo entra la música en tu vida?

Crecí en una familia donde no había músicos, pero donde sí había cantantes. Por ejemplo, mi padre que era un cantante extraordinario, aunque eligió una vida de respetabilidad y el mundo se perdió un “cantón”. Estando yo con él aprendí todo el tango del mundo y también con mi abuelo quien, mientras tomaba mate, me cantaba un tango tras otro. Llegué a cierta edad conociendo un repertorio de tangos no aprendido en los libros sino aprendido casi por ósmosis: en mi casa se respiraban tangos. Todos los tangos que aprendí los aprendí de chico y no ayer.

Pregunta tópica: ¿cuál es tu tango favorito?

Cambia cada día. Últimamente está muy de turno un tango no muy bueno pero me veo cantando un tango pisano no muy bueno. Se llama Me quedé mirandola, no “mirándola”, sino “mirandola”.

A veces, la belleza artística está en el defecto.

A veces. Debo confesar que a mi me gustan los tangos cuando la música está bien. Todo lo demás es un poco supersticioso, incluso esto de que yo los haya bebido por ósmosis de mi padre y de mi abuelo. Esto está bien para explicar un origen pero a mi me gustan los tangos que son musicalmente valiosos.

Has estado más veces en España, ¿notas diferencias entre el público español y argentino?

No lo sé porque desde el escenario no notas quién es español y quién es argentino. A veces, se ven algunas caras de extrañeza... suele suceder que cada español suele llevar un traductor argentino que le ordena “sería conveniente que te rieras” y el espectador de aquí se ríe o se sonríe. Creo que tendemos a valorar demasiado los localismos y tenemos un miedo a no ser entendidos que no se justifica. Es como si yo dejara de escuchar las canciones del sur de España por temor a no entender “que mis sacais se queden sin luz” (nota del entrevistador: verso de la copla Te lo juro yo de Rafael de León). ¡Son los ojos, señora! No es tan difícil...

Al leer tu novela Cartas marcadas (editada en Argentina por Planeta, próximamente en España), me acordaba de Marco Polo y la literatura de viajes.Cartas marcadas

Claro, de El libro del millón.

¿Te interesa esa literatura?

Sí, si es falsa, como en el caso de El libro del millón. De los libros de viajes, los falsos: “al ver las serranías cercanas a Oviedo, sentí que el alma blabla...”, tres páginas de autodescripción. Entonces, uno ve que el tema no eran las serranías de Oviedo, sino el tipo. Esa es la literatura: no contarte cómo son las serranías de Oviedo, sino contarte cómo es el alma humana ante las serranías de Oviedo. Sí, un libro de viajes es una novela psicológica y siempre la poesía y el arte grande formulan un juicio acerca de la condición humana por más que uno esté describiendo un florero.

Vuelvo a La venganza será terrible y, en parte, a la música por la rutina de estar permanentemente en la carretera. Llevas ya treinta años y a una tribu contigo, ¿qué te hace seguir siguiendo, que diría Dylan?La venganza será terrible

No tengo que hacer fuerza para seguir, sino para detenerme. Lo que es natural en mi es seguir por la carretera, tanto es así que, cuando me detengo, que es siempre por razones de enfermedad o de dificultades burocráticas, siento que estoy perdiendo el tiempo. Así como decía Lewis Carroll que “para permanecer en el mismo lugar, hay que correr muy ligero”, creo que lo que estoy haciendo es tratar de permanecer en el mismo lugar imprimiendo a todo esto un gran esfuerzo y una gran velocidad.

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