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Desconfianza

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El martes, 31 de octubre, juraba la Constitución española la Princesa de Asturias, Leonor de Borbón, en un país absorto y noqueado entre guerras externas y peleas internas ante el posible inicio de una nueva legislatura de corte progresista. Una sociedad que sigue sin entender los interminables conflictos de Ucrania y Palestina en un mundo cada vez más interconectado, pero sordo ante las llamadas de socorro de cientos de miles de personas. Sin embargo, aquí, en España, seguimos el “minuto a minuto” de los acontecimientos patrios que anuncian y desmienten los progresos y retrocesos en los que se hayan envueltos los partidos políticos tras las elecciones generales del 13J.

Así, en esa cotidianeidad casi ofensiva, nos enteramos de que la princesa Leonor, en ese protocolario acto de la jura constitucional, pedía al pueblo español confianza en ella con claridad meridiana, en su figura y en la monarquía que algún día podría llegar a sostener. Puede interpretarse como un acto de humildad, de cercanía hacia un pueblo que desconoce prácticamente todo de la joven; un intento por allanar una relación que su abuelo ha dejado muy cuestionada y que una nueva figura debe intentar reducir.

Pero la petición real puede ser entendida como una llamada de atención, una súplica para que disminuya la desconfianza que se ha asentado entre monarquía y sociedad española. Por este camino deseo continuar; no por el de la futurología principesca, sino el de la sospecha, del recelo, de la falta de esperanza que en más ocasiones de las estrictamente necesarias parece rodear a la sociedad española.

En primer lugar, es más que evidente que en los últimos años -y pese a la incidencia de fenómenos inesperados y mortales, como la pandemia del COVID-19, por ejemplo- todo aquello que suene a público parece sospechoso. Muñoz Molina (1) lo recordaba recientemente: “El espacio de lo público se va reduciendo, desmoronando, encogiendo cada día delante de nuestros ojos, sin que prestemos demasiada atención, aturdidos y atomizados cada uno en la privacidad incesante de nuestras pantallas, abismados sobre ellas, hipnotizados, lo mismo en un vagón del metro que junto al ventanal superfluo del autobús, o la ventanilla del tren por la que discurre un paisaje que no mira nadie.” Si algo ha inscrito a fuego este neoliberalismo actual en nuestras conciencias es la preponderancia y valor de lo privado, de lo individual, en detrimento de lo colectivo. Las relaciones personales, los servicios sociales, el cuidado se han convertido en sinónimo de privacidad, de valorar lo único y exclusivo, de aquello que nos diferencia de los demás.

Estamos inmersos en lo que el profesor Enrique Díez Gutiérrez (2) define como sociedad del interés individual. Ya no se trata, por ejemplo, de exigir que todas las personas tengan garantizado el acceso a los mejores centros educativos o a la mejor sanidad, sino de poder “elegir libremente”, seleccionar y demandar, el mejor colegio u hospital para los “míos”, aquel que les dé las mayores posibilidades de obtener las máximas ventajas en la competencia con los otros. “Según esta lógica neoliberal, la función del Estado es reforzar la competencia en los mercados existentes y crear competencia allí donde todavía no existe, ayudando, apoyando y financiando opciones privadas y ampliando así la posibilidad de ”libre elección“ de los consumidores y las consumidoras”.

Es cada vez más frecuente escuchar de bocas ultraconservadoras -y cada vez más también de otras que se consideran sólo de derechas- apelaciones a lo público como “chiringuito del Estado” que únicamente fomenta derroche, incompetencia y dependencia de subsidios de las distintas administraciones, cuando no suponen agravios identitarios, como se ha acusado recientemente a jueces vascos con las últimas sentencias conocidas sobre el euskera.

A partir de aquí se estrecha el círculo y la desconfianza se amplía a la democracia como tal y a los partidos políticos que la interpretan. La democracia participativa y representativa -no directa- que se manifiesta en los principales países desarrollados está pasando por momentos delicados. Mecida a un lado y a otro por partidos populistas de izquierda o derecha, cada vez más victoriosos en países europeos, la democracia se tambalea sin que haya argumentos sólidos que la anclen al futuro. El filósofo e historiador búlgaro Tzvetan Todorov nos recordaba (3) que mientras que exista un enemigo al que odiar como el totalitarismo nazi o comunista, la democracia podía vivir sin conocer sus amenazas internas; pero cuando éstas desaparecen, o simplemente, se olvidan, debe enfrentarse a ellas. Y entre estas amenazas están los problemas de la ciudadanía de a pie, el paro, la desatención pública, la tecnología inalcanzable, las disputas partidistas sinfín, pequeñas pero irresolubles cuestiones que enfadan a una ciudadanía cada vez más impaciente. Yascha Mounk (4) lo define con precisión: “Al electorado no le gusta pensar que el mundo es complicado. Y desde luego no le gusta que le digan que sus problemas no tienen respuesta inmediata (…) muchos votantes están cada vez más dispuestos a votar por cualquiera que prometa una solución simple”.

La Escuela también se ha convertido en un foco de desconfianza. La falta de un acuerdo político amplio entre partidos -que evite la sucesión de leyes educativas 'ad hoc' del partido gobernante, que permita unos mínimos consensuados que superen la duración de una legislatura- está perjudicando de forma ostensible el buen nombre de la escuela. Cada vez son más las familias que sienten que “esta educación” no es la que desean. Dejando a un lado los maximalismos del pin parental defendidos por las fuerzas más recalcitrantes, lo cierto es que hoy en día la Escuela no motiva demasiados refrendos positivos ni alabanzas espectaculares. Nadie renuncia a considerarla un espacio necesario de transición a la vida adulta, pero a partir de ahí, las propuestas se difuminan como deseos de cada familia pretenda: ¿enseñanza crítica, plural, integral? ¿Básicamente desarrollo del conocimiento? ¿Que incite a la transformación del mundo? ¿Que sostenga los pilares fundamentalmente clásicos del saber? ¿Una práctica acorde con la investigación educativa o sostenedora del nivel y el esfuerzo como medida de aprendizaje?

Sea como fuere, lo cierto es que se ha instalado entre el profesorado una señal inequívoca de hartazgo por la incomprensión que su actividad produce en la sociedad.

Una encuesta internacional reciente realizada a más de 10.000 docentes por El diario de la Educación señalaba que el 27% del profesorado no volvería a elegir esa profesión. Entre los argumentos, vuelve a aparecer la insistencia de las políticas neoconservadoras en desandar el camino emprendido por la Escuela en los últimos 30-40 años y proponer recetas de rancio sabor nostálgico con el mantenimiento del orden, los saberes magistrales y la enseñanza neutra (sin referencia a género, políticas medioambientales o recuperación de la memoria histórica). El Foro de Sevilla (5) lo denunciaba recientemente al hablar del desánimo, desconcierto, confusión e incluso consternación del profesorado actual en un artículo.

Y de ese desconcierto nace también la desconfianza hacia la pedagogía a utilizar en las aulas. El profesor Gabriel Fernández Paz señalaba en un artículo ('Talibanes educativos') la pugna cada vez más ruidosa entre las dos tendencias: la defensora de la pedagogía moderna y la tradicional. Unos/as ('profesaurios') ensalzarán las ventajas del esfuerzo como paladín del verdadero y único fiel diferenciador, críticos/as con la política de ritmos de aprendizaje diferenciados; otras/os ('pedabobos'), identificados con el acompañamiento y la tutorización y defensores a ultranza de la diversidad. Desconfianza de unos y otros que poco ayudan a clarificar el futuro educativo.

En fin, como sociedad debemos ser capaces de rebajar la desconfianza mutua que parecemos tenernos en gran parte de los asuntos ciudadanos entre los que nos movemos. De no ser así, despreciaremos una máxima de aquel poeta y satírico romano, Juvenal, que ya en los albores de nuestra historia fue capaz de poner freno a nuestro receloso descontento: “Confiar en todos es insensato, pero no confiar en nadie es neurótica torpeza”. Seguimos necesitándonos bastante más de lo que diariamente reconocemos.

(1) El País 'Todo privado y para ti', 28/10/23

(2) Neoliberalismo educativo, 2018

(3) 'Los enemigos de la democracia, 2017

(4) “'El pueblo contra la democracia',2018

(5) '¿Qué está pasando en la profesión docente?, El diario de la educación, 3/11/23

El martes, 31 de octubre, juraba la Constitución española la Princesa de Asturias, Leonor de Borbón, en un país absorto y noqueado entre guerras externas y peleas internas ante el posible inicio de una nueva legislatura de corte progresista. Una sociedad que sigue sin entender los interminables conflictos de Ucrania y Palestina en un mundo cada vez más interconectado, pero sordo ante las llamadas de socorro de cientos de miles de personas. Sin embargo, aquí, en España, seguimos el “minuto a minuto” de los acontecimientos patrios que anuncian y desmienten los progresos y retrocesos en los que se hayan envueltos los partidos políticos tras las elecciones generales del 13J.

Así, en esa cotidianeidad casi ofensiva, nos enteramos de que la princesa Leonor, en ese protocolario acto de la jura constitucional, pedía al pueblo español confianza en ella con claridad meridiana, en su figura y en la monarquía que algún día podría llegar a sostener. Puede interpretarse como un acto de humildad, de cercanía hacia un pueblo que desconoce prácticamente todo de la joven; un intento por allanar una relación que su abuelo ha dejado muy cuestionada y que una nueva figura debe intentar reducir.