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Por qué la mano de Irulegi no es como los grafitos de Iruña-Veleia: la importancia de la cadena de custodia

Joaquín Gorrochategui.

Iker Rioja Andueza / Rodrigo Saiz

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'La mano de Irulegi', presentada este lunes en Navarra con toda solemnidad por la propia presidenta, María Chivite, “constituye el primer documento indudablemente escrito en lengua vascónica”. Además, “está escrito en un signario que probablemente es también específicamente vascónico”, según los informes preliminares que acompañan al descubrimiento. La pieza, de 2.100 años, revoluciona los estudios de los orígenes del euskera por el “gran parecido” entre una de las palabras ('sorioneku') con un vocablo muy reconocible en euskera ('zorioneko'). Coincidiendo con esta presentación, han recobrado actualidad los hallazgos “excepcionales” que surgieron en 2005 y 2006 en el yacimiento romano próximo a Vitoria de Iruña-Veleia y en los que también se prometían las primeras muestras documentadas del euskera primitivo. Aquello, por el contrario, constituyó un gran fiasco y años después la Justicia acabó condenando -siquiera a penas mínimas- a los responsables de aquellas falsificaciones.

¿Por qué Irulegi no es Iruña-Veleia? La restauradora que limpió la pieza en forma de mano y que vio las inscripciones señala a este periódico que en cuanto al material, la patina y el estado del metal no hay ninguna duda de su datación en el siglo primero antes de Cristo. Inequívocamente estaba cubierta por un sustrato al que se ha llegado tras varios días de excavación, apunta. “Jamás se ha roto la cadena de custodia de la pieza: ha estado controlada en todo momento”, abunda Carmen Usúa. “Todo el proceso de excavación y limpieza se ha llevado con una trazabilidad total”, abunda el experto lingüista Joaquín Gorrochategui. “Desde el momento en el que apareció un extremo de la mano ya se fotografió. Hay imágenes en las que solo se ve la punta de la mano y cómo se fue escarbando más y más hasta que quedó la mano completa. Se ve que los arqueólogos en ese momento no pueden leer la inscripción porque tiene tierra y no la empezaron a manipular, sino que la llevaron a los restauradores. Es decir, otras manos la limpiaron. Y está fotografiado el proceso de limpieza, cómo primero limpian una parte y luego otra. Está fotografiado cómo hay una parte limpia y la otra tiene todavía tierra de la excavación. Hay tantas diferencias...”, expone.

En Iruña-Veleia aparecieron no una sino ¡476! piezas supuestamente de alto valor. Y las excavaciones lideradas por Eliseo Gil, de la empresa Lurmen, no solamente prometían revolucionar el euskera sino, a la vez, cambiar de raíz la historia del cristianismo con incluso una pieza de 'La última cena' o ubicar jeroglíficos egipcios en el norte de la Península Ibérica. “El hecho de que aquí no comprendamos casi nada, sólo la primera línea, y que lo demás sea oscuro es un índice de autenticidad. En lo de Iruña-Veleia entendíamos el RIP, el calvario, los nombres de la Sagrada Familia, ... Una de las críticas que hice yo es era que teníamos, al parecer, un magnífico descubrimiento y resultaba que las cosas que nos decía ya las conocíamos. No había nada desconocido. Los buenos descubrimientos son aquéllos que te impactan porque no te lo esperabas. Y esto ocurre con 'La mano de Irulegi' ahora”, defiende Gorrochategui.

Las piezas de Iruña-Veleia eran originariamente romanas y procedentes del yacimiento. Pero las inscripciones son “contemporáneas”, según probaron análisis técnicos. Por ejemplo, uno de los restos que aparecieron en los análisis era acero inoxidable, inventado en el siglo XX. Y los otros materiales, asimismo, no presentaban la oxidación propia del paso de más de 1.500 años. Igualmente, las pátinas no eran homologables a las de piezas de tantísima antigüedad. Al margen de ello, el propio contenido idiomático de los grafitos era cuestionable. RIP es un concepto más moderno e incluso aparecía la palabra en italiano “cuore”, igualmente muy posterior.

En Irulegi, cuyas excavaciones han sido lideradas por Aranzadi, encargada también de exhumaciones de restos de fusilados en la Guerra Civil por toda España, el proceso de validación del hallazgo ha sido largo y prudente, de casi año y medio. La pieza apareció el 18 de junio de 2021, con una “operación grabada y registrada”, siempre según los informes aportados por Aranzadi. Se entregó el 13 de julio de 2021 al Gobierno de Navarra con otras piezas metálicas. “No se supo que la pieza estaba escrita hasta el 18 de enero de 2022”. Por ello, se llevó a una “sala controlada”, separada de otros objetos cerámicos, óseos o metálicos. Se hizo una “retirada manual y controlada del sedimento” para aflorar toda la escritura. Las películas sobre los surcos son coincidentes con las del conjunto de la pieza y compatibles con las condiciones de un largo enterramiento. Tiene “buena pinta”, indican desde el Ejecutivo navarro.

Sobre el protoeuskera, las conclusiones preliminares son las siguientes: “Resulta llamativo el gran parecido entre la primera palabra del texto, 'sorioneku', y el vocablo vasco 'zorioneko' -‘de buena fortuna, de buen agüero’-, forma de flexión-derivación de la secuencia 'zori' -‘fortuna’- + '(h)on' -‘bueno’-, que si no fuera por el evidente simbolismo del soporte y por el lugar del hallazgo -en el corazón del territorio vascón-, cabría ser tomado por azarosa coincidencia formal. No cabe dudar de la antigüedad de ambas palabras en el léxico vasco. La unión de los elementos se documenta en los primeros textos vascos (p.ej. 'zorionean' -‘en bue-na hora, afortunadamente’ en Lazarraga y en Dechepare [por Etxepare]). Pero es inesperada la vocal final '-u' frente al vasco general '-o', y asombrosa la antigüedad de la formación mediante '-e-' de unión entre la palabra terminada en consonante y el sufijo '-ko'. La 'n' grabada en el extremo derecho de la línea 1 pertenece a la última palabra de la línea 2, donde faltaba espacio. El resto de la inscripción plantea más interrogantes”.

Todavía más de una década después, cuando el caso de Iruña-Veleia llegó a juicio, Gil y su equipo contaban con toda una corriente de apoyo que no solamente creía en la autenticidad de todo lo aparecido en el yacimiento sino en la existencia de una mano negra contra, particularmente, las piezas que iban a cambiar la historia conocida de la lengua vasca. Esos foros siguen activos y, por ejemplo, atacan con dureza al perito José Navarro, que estudió las piezas para el Instituto de Patrimonio Cultural de España y que pronunció recientemente una conferencia sobre esta gran falsificación arqueológica. Fueron especialmente agresivos contra la diputada de Cultura alavesa que lideró las denuncias y comprobaciones, Lorena López de Lacalle, de EA. “No cabe duda de que ni Araba ni Euskal Herria necesitan estafas para estar orgullosas de su pasado, presente y futuro”, escribió al término del juicio López de Lacalle en una tribuna en elDiario.es/Euskadi.

Después de muchísimos años de investigaciones, el caso llegó a juicio en 2020, justo antes de la llegada del coronavirus. En 2020 llegó la primera sentencia y en 2021 el pronunciamiento definitivo de la Audiencia Provincial de Álava. “Procede ratificar la convicción judicial de que el acusado es un falsario y un estafador”, se podía leer sobre Gil. Sin embargo, las indemnizaciones fijadas por destrozar piezas auténticas romanas se quedaron en dos euros por cada una. Como eran 36 las que mayores sospechas generaron, el montante total se quedó en 72 euros, muy lejos de las pretensiones iniciales de la Diputación de Álava, titular del yacimiento. Ahora se trabaja intensamente para recuperar el “buen nombre” del lugar, que ni adelantó a Leonardo Da Vinci con el cenáculo ni fue cuna del euskera pero que sí es un punto estratégico para interpretar la romanización de la zona, ya que la ciudad llegó a tener 10.000 habitantes.

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