Tiempo para una nueva aventura

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Nuestra humanidad no habría logrado el desarrollo actual sin el espíritu aventurero de todos esos exploradores que a lo largo de la historia se han encargado de transformar nuestros mapas y ampliar nuestra esperanza de vida. Hubo un tiempo en el que la curiosidad era motor suficiente para llegar a nuevos horizontes. Porque hasta hace cosa de un siglo el mundo aún tenía muchos descubrimientos al alcance de nuestra vista. Poco a poco, sin embargo, esos tesoros fueron extinguiéndose para dejar ante nosotros un mundo prefabricado: nos beneficiamos de sus logros, pero cada vez nos sentimos menos partícipes de él.

Antonio García Maldonado acaba de publicar “El final de la aventura” (La Caja Book, 2020), un libro donde explica cómo la complejidad de los saberes científicos nos está alejando cada vez más de ellos, lo que en la práctica supone que nos quedemos sin esperanzas. Ese distanciamiento está provocando que erijamos la ciencia en una creencia, pero también que no nos consideremos protagonistas de nuestro presente ni de nuestro futuro. No tenemos proyecto colectivo en el que embarcarnos.

“Los saberes básicos de nuestro tiempo nos son ajenos, por más que recurramos a ellos para casi todo. Por eso, todos los discursos sobre el presente y el futuro que se sostienen sobre ellos componen una suerte de nueva escolástica de la que es difícil despegarse”, explica Maldonado. 

La distancia entre la técnica y la práctica, los inventores y los usuarios, siempre ha existido, pero nunca ha sido tan gigantesca. Esa brecha explica otros abismos entre ciudadanos y élites, por ejemplo. También que la teoría de la meritocracia deje tanto desencanto a su paso.

El mundo actual es infinitamente mejor que el mundo de hace un siglo y no digamos de hace dos o tres -vivimos más y mejor-, pero también es cierto que ahora, por primera vez, nos sentimos espectadores de nuestra propia existencia. Se pudo comprobar durante el confinamiento que vivimos a partir de mediados de marzo. En medio de la distopía en la que nos sumió la pandemia, millones de personas se percataron de que eran esenciales para el resto. Si no acudían a sus puestos de trabajo, muchos mal pagados y despreciados, nuestra sociedad simplemente dejaba de funcionar. 

Al mismo tiempo, y a pesar de vivir en la era del fin de la ignorancia, tuvimos que asumir que, por mucho que sepamos, la realidad siempre nos demuestra lo vulnerables que somos. Y, por unos días, semanas o meses, pareció que encontrábamos una nueva aventura colectiva. Aunque fuera una aventura obligada por la peor crisis que nuestra generación ha vivido.

Esa unidad repentina llegó en un momento en el que proliferan el individualismo y las microidentidades. Maldonado recuerda que los seres humanos cada vez hacemos menos cosas juntos, lo que contribuye a que determinados movimientos populistas encuentren espacio. Mientras tanto, al margen de esa inmensa mayoría de la sociedad, existe una clase privilegiada que sí es protagonista de las aventuras privatizadas de nuestro tiempo. ¿Quiénes irán más allá de las fronteras conocidas, viajarán al espacio?

“El final de la aventura” no es un libro lapidario ni pesimista. Nos invita a hacernos innumerables preguntas, a recordar películas y libros mientras nos habla de todas las aventuras que ya han terminado, pero nos advierte de que, aunque vivimos en la hipertrofia de la predicción, la frase de su prologuista -el filósofo Manuel Cruz- sigue siendo válida: el futuro hay que producirlo, no predecirlo. 

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