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Contrapoder es una iniciativa que agrupa activistas, juristas críticos y especialistas de varias disciplinas comprometidos con los derechos humanos y la democracia radical. Escriben Gonzalo Boye (editor), Isabel Elbal y Sebastián Martín entre otros.

La frontera sin ley del ministro del interior

Patricia Orejudo

Por las costas españolas entraron en 2013 3.237 inmigrantes frente a los 3804 del año anterior, lo que supone un 15% menos, y un 90% de reducción si lo comparamos con el 2006, cuando se registró una llegada masiva de 39180 personas.

La presión migratoria sigue focalizada en las dos ciudades autónomas, donde las fuerzas de seguridad detectaron la entrada de 4235 inmigrantes irregulares un 49 por ciento más que los 2.841 que lo hicieron en 2012.

Interior destaca que, a pesar de este aumento respecto a 2005 cuando fue la crisis de la valla, la entrada por Ceuta y Melilla ha descendido un 24%, ya que aquel año llegaron a ambos territorios 5.566 inmigrantes.

Fuente: rtve.es

Cerca de 30 millones de extranjeros entrarán en España por tierra, mar y aire durante el verano y esa cantidad se duplicará a lo largo de 2014. En el conjunto de la Unión Europea la cifra será diez veces mayor.

¿Una invasión? No si llegan con sus cámaras fotográficas, sus guías turísticas, sus toallas de colores y su protector solar. Por lo comprobado en los medios, para hablar de invasión lo relevante no es tanto el número, basta con unos cuantos miles siempre que cumplan algunos requisitos entre los que destacan dos: que ya lleguen morenos y que sean pobres.

Y es que esta recia Europa de raras sensibilidades es bastante tiquismiquis y se siente invadida por todo aquel que no venga a dorarse en las playas, trotar por ciudades y apelotonarse en sus museos o dejarse un pastón en hoteles, discotecas, chiringuitos y otras cultas bagatelas. No le gustan a la cristiana Europa las personas que llegan huyendo de una mutilación cierta, un matrimonio forzado, una guerra salvaje o la miseria más extrema. Los dramas que llegan sin visado inquietan a esta Europa fría y sistemática a la hora de negar visados. Así que Europa dice no con gesto almidonado, aun a sabiendas de que cierra su puerta a quienes no tienen más opción que la huida y que, de todas formas, emprenderán un largo viaje, plagado de sufrimiento, abusos y violencia hacia el mínimo atisbo de supervivencia (lo narran Mahmud Traoré y Bruno Le Dantec en Partir para contar). Y Europa tiene esbirros controlando sus fronteras. Uno importante es el Estado español, que últimamente insiste en difundir la idea de invasión.

Y ¿por qué llamar invasión a esta porción tan reducida en relación con el enorme movimiento de extranjeros que pulula cada año por su territorio? La respuesta, cabe advertirlo una vez más, es clara: porque el término invasión conduce directamente al sentimiento de amenaza, a la sensación de peligro. Y en el peligro no existe la compasión; ante el enemigo sólo cabe la guerra, esa guerra sin declarar que Europa ha iniciado contra el inmigrante.

Por eso, a la hora de enfrentarnos a las noticias sobre inmigración conviene conocer la estrategia con la que se inocula en la población el virus xenófobo. Son sencillas pautas de vileza que persiguen la cosificación del extranjero pobre y la generación de temor:

  • Omita toda mención a los beneficios que comporta la inmigración y refiérase a ella siempre como “problema” y “crisis”.
  • Asocie inmigración, terrorismo y delincuencia. Sólo así los ciudadanos admitirán que la respuesta a las “crisis” sea gastar ingentes cantidades de euros en reforzar las vallas fronterizas, controlar el Estrecho, o desplegar sobre el terreno más policía y guardia civil.
  • Utilice todo elemento de actualidad que potencie el terror: ahora, por ejemplo, se puede mencionar, groseramente y sin rubor, el virus del Ébola al anunciar las medidas a adoptar para atajar la “presión migratoria”.
  • Desinforme y manipule a la población. Encontrará de su lado a la práctica totalidad de los medios de comunicación y a casi todos los partidos políticos. Pocos cuestionarán lo esencial de esas decisiones para no perder votantes atemorizados.
  • Enferme así irremisiblemente a la sociedad para que pueda permanecer impasible ante el sufrimiento humano, para que pueda contemplar como normales las prácticas delictivas ordenadas desde los ministerios y cumplidas sumisamente por fuerzas policiales. No importará que su misión sea hacer cumplir la ley y ahora la conculquen ante nuestros ojos -escandalizados, adormecidos, asustados o cómplices, según el grado en que hayamos interiorizado el conflicto-, asumiendo como irremediable la corrupción y el desplome del Estado de Derecho.

Muchas personas desconocen que es manifiestamente ilegal que las personas que se encaraman a la valla de Ceuta o de Melilla o las que consiguen saltarla, sean entregadas de forma inmediata a las fuerzas de seguridad de Marruecos. Pero el ministro del Interior no. Fernández Díaz sabe que esas personas ya están en territorio español, pues la totalidad de la valla (cualquiera de ellas) está en nuestro suelo. Sabe, por lo tanto, que lo procedente según las normas internacionales y estatales es informar a esas personas de su derecho a pedir asilo; que lo obligado es darles asistencia letrada y de intérprete; que resulta inexcusable abrir el correspondiente expediente. Y, sin embargo, ordena a la Guardia Civil ejecutar “expulsiones en caliente”. El ministro es, por tanto, responsable de que, a plena luz del día, funcionarios públicos cometan delitos: de coacción, privación de asistencia letrada y otros derechos cívicos reconocidos por la Constitución y las leyes, y prevaricación. Lo advierten grandes juristas en el Informe “Expulsiones en caliente: cuando el Estado actúa al margen de la ley”.

El ministro es responsable. También los propios guardias, que no podrán alegar circunstancias excluyentes de la responsabilidad referidas a la obediencia debida o al ejercicio legítimo del cargo cuando sean encausados por su responsabilidad penal y disciplinaria. (Un juzgado de Melilla ha admitido ya una querella por devoluciones que tuvieron lugar el pasado 18 de junio. Habrá más. Se trata de impedir que siga asesinándose a personas en la frontera sur)

A los guardias civiles que ejecutan expulsiones delictivas no parece importarles la suerte de los inmigrantes. Pero tanto ellos como las autoridades ministeriales la conocen. Saben que es frecuente que las fuerzas auxiliares marroquíes (Alis) apaleen a los inmigrantes -en ocasiones hasta la muerte- antes de abandonarlos en el desierto argelino o en Rabat. Y aun así, permiten que los Alis entren en territorio español para golpear a quienes se han encaramado a las vallas. Aun así, entregan ellos mismos a personas claramente necesitadas de atención médica (sumamos, pues, a la lista de delitos, el de omisión del deber de socorro). Los videos que viene publicando PRODEIN, como el del 13 de agosto, son una prueba irrefutable. Ese día fueron devueltos ilegalmente setenta subsaharianos. Seis terminaron muertos.

Sabe también el ministro que la desesperación de quienes llegan es tal que ninguna valla va a impedir que se sigan trepando ni siendo más alta y aterradora ni con vigilancia más estrecha. Sabe que extremar las medidas disuasorias sólo contribuirá a que las rutas sean más peligrosas y mortales. ¿Por qué no entonces, Sr. Ministro, incrementar el número de expertos en asilo o protección internacional, en lugar del número de funcionarios de los cuerpos de seguridad? ¿Quizás por el miedo a que se constate que, en efecto, quienes llegan son mujeres y hombres merecedores de protección?

Gracias a la bajeza con que está abordando la cuestión migratoria, Fernández Díaz merece el título de peor ministro del Interior de la historia de España. Y eso que algunos de sus predecesores no se lo habían dejado fácil.

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