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Opinión - La fiesta acaba de empezar. Por Esther Palomera

Antes y después del 'tamayazo murciano'

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Lleva meses colgada una bandera de España en el balcón del vecino que vive en último piso del edificio enfrente de mi casa. La tela está raída y descolorida, pero ahí sigue. Desde el pasado jueves, el día que fracasó la moción de censura en la Asamblea Regional al recibir 23 noes frente a 21 síes, ondea una nueva insignia, esta vez colocada en un mástil en la terraza del edificio. Mi vecino, descontento con marcar territorio ideológico en su propio piso, decide plantar la bandera de España que, desgraciadamente no significa ser español sin más, en la azotea de un gran bloque. Como si hubiera ganado una guerra.

Los galones que mi vecino ha colocado en la solapa del edificio son la compra de voluntades de cinco tránsfugas a quienes el PP les ha dado cinco consejerías de un total de nueve que conforman el Gobierno regional en tal de no perder el poder. Más de la mitad de los consejeros comprados. Una de ellas, la de Educación y Cultura, parece ser que irá parar a manos de una diputada exVox que no apuesta por la educación pública, que se ha declarado antivacunas y que defiende el veto parental. 'Cuidado niños, LGTBI o igualdad de género, caca', les dicen a sus hijos. Será el primer Gobierno en España en el que entre un representante de la ultraderecha y que el espíritu de Franco se levante de la tumba para volver a las aulas de nuestros hijos.

El cansancio del electorado conservador en la Región ha dado un giro hacia la ultraderecha. No es de extrañar habiendo colonizado el PP durante 26 años el tejido empresarial, las organizaciones sociales, religiosas o culturales de la Región. A quien se atreviera a disentir en cualquiera de estos ámbitos se le ha mandado al rincón de 'piénsatelo dos veces' porque el ostracismo te va a acompañar hasta el final de tus días. 'Si eres crítico o progresista, al menos haz el favor de disimularlo y aquí no pasa nada'. Pues sí pasa. Está pasando.

El 'tamayazo murciano' ha significado una degradación absoluta de las instituciones. Se estudiará en las facultades como un momento en el que la política se hunde aún más en el fango. Un momento en que lo volátil hace explotar las reglas que nos hemos dado, donde las firmas se convierten en papel mojado y en expresión de otro siglo. Un momento en el que todo vale. Como una bandera de guerra en lo alto de un mástil.

Lleva meses colgada una bandera de España en el balcón del vecino que vive en último piso del edificio enfrente de mi casa. La tela está raída y descolorida, pero ahí sigue. Desde el pasado jueves, el día que fracasó la moción de censura en la Asamblea Regional al recibir 23 noes frente a 21 síes, ondea una nueva insignia, esta vez colocada en un mástil en la terraza del edificio. Mi vecino, descontento con marcar territorio ideológico en su propio piso, decide plantar la bandera de España que, desgraciadamente no significa ser español sin más, en la azotea de un gran bloque. Como si hubiera ganado una guerra.

Los galones que mi vecino ha colocado en la solapa del edificio son la compra de voluntades de cinco tránsfugas a quienes el PP les ha dado cinco consejerías de un total de nueve que conforman el Gobierno regional en tal de no perder el poder. Más de la mitad de los consejeros comprados. Una de ellas, la de Educación y Cultura, parece ser que irá parar a manos de una diputada exVox que no apuesta por la educación pública, que se ha declarado antivacunas y que defiende el veto parental. 'Cuidado niños, LGTBI o igualdad de género, caca', les dicen a sus hijos. Será el primer Gobierno en España en el que entre un representante de la ultraderecha y que el espíritu de Franco se levante de la tumba para volver a las aulas de nuestros hijos.