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Tren con 'destinación' a ninguna parte

Dibujo AVE Renfe

Elena Cabrera

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No sé si os habéis dado cuenta, pero estamos de vacaciones de Semana Santa. Me pregunto si los niños y las niñas que tengáis alrededor son tan inflexibles con esa circunstancia como mi hija. Si le pido que se acueste pronto, que haga deberes o que se quite el pijama me contesta que la deje en paz, que está de vacaciones. “¿Pero me quieres decir qué diferencia hay entre esta semana y la anterior?”, le pregunto. “No me hagas tantas preguntas, que estoy de vacaciones”, es todo lo que me contesta, mientras gira de nuevo su cabeza hacia el televisor. Por no pelearme con ella, me peleo conmigo misma: ¿le contesto lo que creo que una madre responsable debe decirle a su hija o la dejo en paz, que es exactamente lo que yo querría que hicieran conmigo? En medio de este debate, me acordé de algo que dijo mi viejo compañero Antonio Martínez Ron en una entrevista antigua pero que leí ayer: “les digo a mis hijos que coman fruta de postre y me como un helado a escondidas”. Esa confesión resume muy bien esta sensación de no acabar de ser la madre a la que le dan el título homologado para ejercer. No sé los hijos de Antonio, pero la mía me pillaría comiendo el helado y exigiría dos para ella: el primero, por justicia y el segundo, por castigo por comer a escondidas.

Mi máxima aspiración es que Eleonor dedique algo de tiempo a la lectura. ¿Recordáis eso que dicen de que los niños imitan lo que ven en casa? Pues no es cierto. Hoy me ha dicho: “mamá, te vas a poner enferma de tanto leer”. Ese es el momento en el que la madre diplomada aplasta la cabeza de la otra Elena con un puñetazo sangriento y manda a la niña, con voz severa y un amago de extorsión, a buscar un libro a su habitación. Vuelve con un cómic de Hora de aventuras y me digo: vale, admitamos el punto medio.

Además de ver anime, películas, Jackass y videos en YouTube, estos días Eleonor hace stop motion con los playmobil, se graba a sí misma haciendo un fanfiction de Paquita Salas, peina a las Nancys, hace volteretas en el sofá y pinta un dibujo. Un único dibujo. Me lo ha regalado. Es un dibujo de un AVE de Renfe. Al principio no lo entendía. Después, entre las brumas de una vida pasada, me llegaron los recuerdos de aquellos días en los que a las ocho de la tarde intentábamos, sin éxito alguno, comprar billetes baratos para Barcelona, precisamente para irnos de viaje esta semana. Cada día, Eleonor vivía con emoción el momento en el que nos poníamos delante del ordenador y le dábamos a recargar la página. Tras el fracaso de los primeros días dejé de hacerlo, convencida de que era imposible, pero ella, cada noche, todavía me preguntaba si lo había conseguido. Pensé que, como a mí, aquella vieja ilusión de viajar en Semana Santa se había evaporado. Hasta que he visto este dibujo. Como en un juego de transparencia, por la parte de atrás de la hoja se veía el interior del tren. Una conductora llevaba a una alegre niña a algún destino emocionante. Mi hija se había ido de viaje esta Semana Santa.

Nuestro calendario de la nevera nunca había estado tan blanco. Quizás debería empezar a rellenarlo con las horas de los lives y los directos (parece lo mismo pero no lo es), porque a veces me suena la alarma y pienso ¿esto para qué era? El caso es que el otro día me arranqué por sevillanas y me atreví a escribir en la casilla del día 26 de abril, “fin del confinamiento”. Ya sé que no debería haberlo hecho, pero quería intentar acotar esta sensación de infinito. Al menos, lo escribí entre interrogaciones. Hoy ha dicho Sánchez en el Congreso que creía que en quince días estaría de vuelta para pedir una nueva prórroga. Estoy buscando típex por toda la casa y solo he encontrado un bote seco.

Después de unos días de vacaciones, hoy Alberto ha vuelto a trabajar. Al llegar a casa, le he interrogado, ansiosa de narración del mundo exterior. ¿Cómo está todo por ahí fuera?, le pregunto. Me contesta que ya no sabe si le está pasando como cuando yo estaba embarazada, que solo veía a mujeres embarazadas por todas partes. En su viaje de vuelta en moto por la calle Alcalá, se ha cruzado con varias ambulancias y un coche fúnebre. Todo lo demás era el vacío.

Sigo disfrutando de esta vida de interiores, en la que se puede pensar, hablar y escuchar. La siento como un viaje en tren, donde no puedes hacer otra cosa que sentarte a esperar y dejar que alguien te conduzca a tu destino, mientras miras por la ventana. Voy a relajarme durante los festivos, a dejarme llevar sin prisa, como si realmente fuera diferente esta semana de la anterior. Dejaremos para el lunes lo de pasar del cómic a los libros. Hoy he estado a punto de ver el directo de la sesión del Congreso de los Diputados, pero, en lugar de eso, me he enganchado al live de José Viruete y Julián Almazán hablando de los compositores de europop de los 80 Stock, Aitken y Waterman. En este Jueves Santo, hay una Elena que ha machacado a la otra. Ya llegará el Lunes de Resurrección. “Durante esta hora me lo estoy pasando en grande y me estoy olvidando de toda la mierda que nos espera ahí fuera”, dijo Julián.

152.446 casos confirmados de infectados por COVID-19 en España. 751.542, en Europa y 1.356.780 en el mundo. Hay días en los que los números se revelan como infinitos.

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