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El retorno del objetivismo

Vista del plató del debate en el Pabellón de Cristal de la Casa de Campo - EFE / ZIPI

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Hace unos años, como quizá recuerden algunos, un conocido presentador de los informativos de una cadena pública de ámbito nacional solía concluir el relato de las noticias con el aserto: “Así son las cosas y así se las hemos contado”. Algunos telespectadores atentos aún podrían haber interpretado que en esta declaración se pretendía distinguir entre objeto y sujeto, es decir, grosso modo, entre lo que la realidad mostraba y lo que los periodistas habían relatado; la mayoría, sin embargo, interpretaban que lo que decía el esforzado news anchor no era tanto que cabía distinguir entre realidad y sujeto cognoscente, sino, más bien, que este ─es decir, él─ había relatado exhaustiva y perfectamente aquella.

Ahora bien, si uno se adentra solo unos pasos en lo que se denomina Teoría del conocimiento, esa vertiente compleja y transversal de la reflexión filosófica, lo primero que aprende inmediatamente es que nada es lo que parece. Así que, ante la frase casi oracular de nuestro periodista, se la interprete como se la interprete, no hubiera estado de más haberle preguntado ─y de paso habernos preguntado─ unas cuantas cosas. ¿Qué distinción puede establecerse entre la realidad y su descripción cuando para saber de la realidad precisamos de una descripción y, a su vez, necesitamos de esta para clarificarnos sobre aquella? ¿Puede la subjetividad psíquica captar la objetividad real e independiente o es más bien la intersubjetividad del lenguaje, la sociedad o la comunidad de investigadores la que acaba constituyendo nuestra objetividad propiamente accesible? ¿Cuál es la naturaleza de los datos con los cuales armamos nuestras explicaciones y narraciones de los hechos y cuáles son los criterios para cerciorarnos de su verdad o falsedad? 

A decir verdad, todas estas cuestiones no son nada sencillas, pues involucran planteamientos no solo filosóficos, ya de por sí espinosos, sino que también pueden acarrear explicaciones procedentes de la psicología, la lingüística, la sociología o incluso la biología. Pero teniendo en cuenta que no solo los legos, sino incluso los filósofos más reputados, se han empantanado con frecuencia en estos terrenos, quizá deberíamos acabar excusando a nuestro presentador de informativos. No es un secreto celosamente guardado que, a menudo, la más granada teoría ha desarrollado meros tópicos del sentido común y que su excelso producto, el conocimiento, nunca o casi nunca ha podido desconectarse de arduas presuposiciones no explicitadas acerca del sujeto o del objeto, de la conciencia ─o la sociedad─ y la realidad ─o la objetividad─. Pero los errores nos ayudan, pues el lenguaje de las teorías tal vez no pueda ni deba estar tan alejado del tipo de léxico que utilizamos en nuestras comunicaciones cotidianas si es que, al fin y al cabo, debe contribuir no solo a la comprensión del mundo y del sujeto, sino también a informar la acción práctica.

Debido a razones fácilmente comprensibles, las crisis económicas, sociales y políticas suelen generar impactos en la reflexión epistemológica. El conocimiento de lo que se daba por sentado, incluido el conocimiento del conocimiento, se ve puesto en tela de juicio repentina y drásticamente. En este sentido, la pandemia de la COVID-19 no ha representado una excepción. En tales circunstancias y, en particular, en aquellos momentos en que acontecen cambios de paradigmas, por decirlo con Thomas Kuhn, se asiste a un reajuste del repertorio de certezas, ignorancias y esperanzas o incluso a un vuelco de lo que el tablero conocido nos daba a conocer y nos permitía esperar conocer. A consecuencia de ello, el resultado es, en algunas ocasiones, un progreso refinado en la comprensión de la cognición, que amplía el horizonte de aquello que podemos llegar a entender y de cómo es posible entenderlo; en otras, en cambio, pueden observarse retrocesos a puntos de vista que la reflexión filosófica ya había largamente superado. La convicción que quisiera argumentar en esta breve nota es que nos encontramos en uno de estos últimos momentos y que la razón de ello no responde tanto a la intrahistoria filosófica de la teoría del conocimiento, sino más bien a una oposición fundamental en torno a la naturaleza de lo político. 

La extensión de Internet, la multiplicación de las plataformas y el auge de las redes sociales en las últimas dos décadas ha generado una explosión comunicativa que no siempre ha traído de la mano a la buena información, solvente, contrastada y autocrítica, sino que también ha arrastrado consigo grandes cantidades de desinformación, bulos infundados y teorías de la conspiración. La ambivalencia es manifiesta. Por poner un solo ejemplo, en la red podemos acceder y compartir fácilmente enlaces del repositorio de The Lancet, pero también se nos abre la posibilidad de hacer lo mismo con los contenidos insensatos de la organización de extrema derecha QAnon. Quizá como defensa precipitada, quizá como carencia filosófica o quizá como una mezcla de ambas cosas, lo cierto es que el discurso público con mayores pretensiones de seriedad se ha visto obligado a reorientarse para hacer frente a esta situación desconcertante, y lo ha hecho asumiendo un realismo ingenuo, por un lado, y mostrando un respeto reverencial hacia los dictámenes de los científicos, por otro. Pero, de este modo, la consecuencia ha sido retornar a un planteamiento obsoleto: el objetivismo. Este podría ser caracterizado mediante la intuición de que las percepciones subjetivas nos dan acceso a la objetividad del mundo, sea física, psicológica o social, y que tal objetividad, recogida fielmente por la percepción o por los datos empíricos, resulta indistinguible de la verdad de los hechos. Así pues, el objetivismo entiende que la mente humana es un espejo pulido, capaz de reflejar la realidad externa e interna tal cual es, y que el lenguaje humano puede traducir sin errores esas imágenes a enunciados verdaderos sobre el mundo. La intuición es grosera porque no distingue entre los objetos del mundo ─que pueden ser perceptibles─, los hechos ─que no son perceptibles, sino fruto de la elaboración argumentativa─, los enunciados ─que son constructos gramaticales con pretensión cognitiva, al menos en algunos casos─ y la verdad ─que no está ahí fuera, en el mundo, sino que es una relación de validez asociada a los enunciados donde se expresan los hechos─.

Desde el punto de vista filosófico, la confianza en esta intuición nos solo nos sitúa por detrás de la clarificación en términos de una antropología del conocimiento basada en el giro lingüístico llevada a cabo por Jürgen Habermas en Conocimiento e interés hace más de cinco décadas, sino que nos hace retroceder incluso por detrás de la primera formulación de una filosofía trascendental, la de Immanuel Kant, desarrollada en la Crítica de la razón pura en 1781. No es este el lugar adecuado para profundizar en los detalles de estas obras ni en sus papeles respectivos en el marco de desarrollo de la epistemología contemporánea. Pero, en cualquier caso, si algo queda claro en este retorno del objetivismo, como ya pensó Kant frente a Hume o Habermas frente al positivismo, es que con él, en primer lugar, se vuelve al esquema clásico del conocimiento como el producto de un sujeto que observa el mundo en actitud objetivante, desatendiendo no solo las condiciones subjetivas de constitución del  conocimiento fiable (Kant), sino también el hecho de considerar el conocimiento no como el resultado monológico de un sujeto solitario, sino como fruto de un diálogo intersubjetivo frente a un mismo mundo diversamente interpretado (Habermas); pero además, en segundo lugar, se prescinde de la autorreflexión metodológica sobre el conocimiento científico, que se prolonga desde Aristóteles hasta Popper, Bunge y Latour, y que las ciencias se ven incapacitadas para abordar por sí solas. Porque ni la tecnociencia, orientada a la manipulación de la realidad física o química, ni las denominadas ciencias sociales y humanas, dirigidas a la comprensión del individuo en su dimensiones social e histórica, pueden prescindir por descontado de una metodología, pero la reflexión fundamental sobre ésta no es científica, sino filosófica. Sin embargo, más allá de toda esta tematización, lo cierto es que un objetivismo renovado, riguroso y desvergonzado, que ignora su naturaleza de constructo social, está encontrando hoy apoyo social y acreditación por parte de expertos a través del modo en que se ordena ─o, más bien, se desordena─ la arena política en el mundo contemporáneo.

A mi modo de ver, existen dos tendencias opuestas y potentes en torno a lo político que subyacen a los ejes por medio de los cuales se han identificado habitualmente las opciones políticas en el mundo occidental contemporáneo. Desde la Revolución francesa, se ha entendido en términos generales que existían diferencias sustantivas respecto a la concepción del Estado y la orientación de las políticas públicas en el espectro izquierda-derecha; más recientemente, sobre todo gracias a los estudios del sociólogo Ronald Inglehart, este análisis se ha completado con nuevas variables que señalan posiciones diversas en el eje de los estilos de vida y los valores materialistas y postmaterialistas. No obstante, como han apuntado diversos filósofos políticos y politólogos, las corrientes de fondo en la configuración de la política se bifurcan en la actualidad entre populismo y tecnocracia. La tecnocracia, con su pretensión de ofrecer soluciones técnicas a problemas sociales o políticos, y el populismo, con el ánimo de recoger y canalizar lo más fielmente posible la voluntad popular, tienen en común el objetivo de hacer irrelevantes, o suprimir, las instituciones de intermediación, sean cívicas, políticas o judiciales, en democracia. 

La praxis política, que, entre otras cosas, consiste en el diálogo, la contrastación de las interpretaciones, la formación autocrítica de la opinión, la toma meditada e informada de decisiones y la asunción de responsabilidades por las decisiones tomadas en marcos no solo institucionales, representa para estas corrientes de fondo un laberinto de obstáculos que les impiden hacer lo que hay que hacer. En su sentido más hondo, por tanto, tecnocracia y populismo comprenden la política institucionalizada como un estorbo para la resolución de los problemas de la gente. Como aquellos operarios que acuden a una reparación urgente, no tienen tiempo que perder. Su actitud básica, mimetizada por las opciones políticas tradicionales, es que no están para zarandajas ni sutilezas reflexivas; que de lo que se trata, valga la expresión, es de arremangarse y ponerse manos a la obra. Y, curiosamente, bajo lo que no son otra cosa que metáforas ─aunque, todo hay que decirlo, hay políticos que comparecen arremangados ante los medios─, cada una de estas tendencias, a su manera, presupone una realidad objetiva e indiscutible donde están claras las prioridades de acción y donde la reflexión, si no es prescindible dada la claridad admitida, se reduce al método para conseguir los objetivos predefinidos o a la evaluación de los resultados logrados. Pero, al mismo tiempo, ambas tendencias comparten también el baño de realidad generado por la crisis. Ambas coleccionan datos que usan como clavos para cerrar el ataúd de las opciones alternativas: la socialdemocracia hipócrita, el liberalismo cínico, el ecologismo utópico. Al modo clásico de los abogados encallecidos del capitalismo, como en otro tiempo ya hicieran los valedores del absolutismo monárquico o del feudalismo, los partidarios de la tecnocracia y el populismo nos dicen: “esto es lo que hay”; pero, en el fondo, quieren decirnos: “esto es lo único que puede haber”.

Ahora bien, como recuerda la sentencia memorable, atribuida a menudo a Winston Churchill, pero fruto en realidad de la pluma del escritor estadounidense Charles Dudley Warner, la política suele hacer extraños compañeros de cama. Así que no cabe descartar que, en un futuro próximo, los caminos aparentemente divergentes de la tecnocracia y el populismo se unan y aparezcan fórmulas como “tecnocracia populista” o “populismo tecnocrático” que, como sus modelos previos e individualizados, también sostendrán la creencia en el objetivismo. ¿No era algo de este estilo lo que recogía la caracterización que ofreciera Lenin del comunismo en términos de “los soviets más la electricidad”? Lenin, en fin, otro ferviente defensor del objetivismo.

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