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En Mauritania, aún hay niños que nacen siendo esclavos

EFE

Nuakchot —

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No tienen cadenas en los pies ni argollas en el cuello, pero los esclavos en Mauritania no son una metáfora: se heredan con las demás posesiones del amo y cuando una madre es esclava, sus hijos nacen esclavos y llevan el estigma durante toda su vida.

La práctica de la esclavitud y su impunidad vuelven ahora a estar en el centro del debate en Mauritania, después de que el conocido activista Biram uld Abeid uld Dah fuera condenado el pasado 15 de enero a dos años de cárcel por organizar ilegalmente una caravana antiesclavista.

Biram fue galardonado en 2013 con el premio de la ONU de derechos humanos por su “combate no violento contra la esclavitud”, pero bastó un rifirrafe con la policía para que le hayan caído dos años por “resistencia contra la autoridad”.

Los esclavos en la Mauritania del siglo XXI son pastores y campesinos en las regiones rurales, y sirvientes domésticos en las urbanas, explica a Efe el presidente de SOS Esclavos, Bubacar uld Mesud, él mismo nacido en familia de siervos.

Por si quedaba alguna duda, son negros esclavizados por blancos (o más exactamente árabes o bereberes de piel más clara).

Según el discurso oficial solo quedan “secuelas” de la esclavitud; para los abolicionistas, hasta un 40 % de la población (los negros arabizados llamados “harratines”) es de algún modo víctima de la esclavitud aunque solo sea por su estigmatización social.

A falta de estadísticas oficiales, la ONG Global Slavery Index, que lucha contra la esclavitud en todo el mundo, ha concedido a Mauritania el dudoso honor de encabezar el ranking mundial de países esclavistas, al contabilizar 155.000 esclavos, equivalentes al 4 % de la población.

“Lo único que hizo la colonización francesa fue prohibir su venta pública en los mercados -lamenta Mesud-, pero perpetuó el fenómeno”.

“Tras su prohibición en 2007, un solo caso de esclavitud ha sido juzgado en los tribunales -dice por su parte Aminetu Mint Moctar, histórica activista pro derechos humanos-, y la condena de tres años al culpable no se cumplió, pues salió a los ocho meses”.

Se anunció un tribunal especial para estos casos que nunca se puso en pie, y por último la Agencia Tadamun, que iba a tratar casos de esclavitud, no incluye a ningún abolicionista, “sino a conocidos esclavistas”, detalla Mint Moctar.

En Mauritania las estadísticas por raza son un secreto, pero se calcula que los “blancos” suman entre un 20 y un 30 % del país, y tienen en sus manos el poder político, económico, jurídico o militar; de hecho, es raro encontrar a mauritanos negros ocupando puestos de poder.

Junto a una discriminación racial histórica, la esclavitud hunde sus raíces en prácticas sociales seculares y en una interpretación “instrumentalizada” de la religión islámica según la cual la esclava es una especie de “quinta esposa” (además de las cuatro con que un musulmán se puede casar), como recuerda Mesud.

En 2012, el líder antiesclavista Biram quemó públicamente libros islámicos del rito suní malekita (mayoritario en el norte de África) porque según él han justificado históricamente la esclavitud. Aquel acto le costó una primera condena de cárcel.

Biram, de quien muchos reniegan la virulencia de su discurso, ha puesto el dedo en la llaga al recordar que la esclavitud es mucho más que “secuelas”, y su mensaje político ha calado en una parte importante de la sociedad, hasta el punto que fue el segundo candidato más votado (8,6% de los votos) en las últimas elecciones presidenciales de 2014.

El combate de Biram y su ilegal Iniciativa para el Resurgimiento del Abolicionismo (IRA) está llegando cada vez a más estratos: el partido islamista Tawasol, segundo en número de diputados y más implantado entre la población “blanca”, acaba de presentar su “visión de la unidad nacional” en la que el eje es la lucha contra la esclavitud, el racismo y la discriminación.

El documento pide “dejar de usar la religión como pretexto para cubrir las prácticas esclavistas”, liberar “nuestra herencia popular de su lado negativo que llama al racismo” e implantar medidas de discriminación positiva “para los grupos vulnerables”.

Mesud aprecia la toma de conciencia en la clase política, pero recuerda la triste realidad: “Al esclavo no le queda más remedio que huir de su amo; pero incluso los que lo hacen, generalmente iletrados y carentes de recursos, muchas veces acaban agachando la cabeza y regresando a su condición. Solo dándoles formación y recursos romperemos el círculo vicioso”.