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Días gloriosos en Canarias por la visita de presentes antepasados (I)

El director del Festival de Música de Canarias, Jorge Perdigón (d), acompañado del tenor Celso Arbelo (2º d), presentó la versión del "Réquiem" de Verdi que se va a interpretar este fin de semana en la XXXV edición del Festival. EFE/Ángel Medina G.

Candelaria Rodríguez Afonso

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El archipiélago Canario ha sido uno de los lugares del mundo privilegiados en este mes de enero, con la visita de ilustres mentes. Referencias de la civilización, sobre todo Europea, que hoy conocemos. La Europa en la que sigue vigente un sistema democrático y un sinfín de cosas más producto todas ellas del incesante trabajo de formación y cultivo de una innumerable cantidad de personas que se decantó por el desarrollo artístico, cultural e intelectual como forma casi única de salir de las oscuridad cavernaria que nace indefectiblemente pegada al ser humano. Por cierto, que a quien no le guste Europa, que los hay, les invito a darse una vuelta por el mundo y cuando regrese nos diga de nuevo su opinión.

Pero volviendo a nuestros ilustres visitantes, contar que hemos tenido el placer de recibir las mentes de Giuseppe Verdi y de Johannes Brahms, en las dos capitales Canarias. Mentes leídas e interpretadas por la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria y la de Hamburgo respectivamente. Si usted, señora o señor, supiera la importancia (y necesidad) que estos dos nombres tienen en su vida actual habría corrido a los auditorios Adán Martin y o Alfredo Kraus, o al Palacio de Congresos de Fuerteventura (caso Brahms), llevando consigo a su ascendencia, pero sobre todo, a su descendencia, así como a las personas más importantes de su vida para que ninguno de ellos se perdiera la ocasión de conocer de cerca a tan ilustres y significativos antepasados.

Porque Giuseppe Verdi y Brahms y Beethoven y Modigliani y Galdós y Mozart y un largo etcétera de nombres conocidos o ‘sonantes’ del mundo del intelecto y de las artes tienen mucho más que ver en la vida que hoy vivimos, que lo que usted y yo -y no digamos los de la generación wifi-podamos imaginarnos. Por tanto, no saben lo que se perdieron quienes por desconocimiento de la visita o por saberlo pero obviarlo no acudieron al encuentro de estos forjadores de nuestro actual mapa genético.

Requiem de Verdi. ¿Pero es el mismo Verdi de Rigoletto? ¡sí, exacto! Verdi el de Rigoletto, la Donna e mobile; el de Aida; el de La Traviata y su famoso brindis por no hablar del Va pensiero de Nabucco. ¿Ve cómo su obra le pertenece? Pues sí. Verdi, aparte de esas y otras muchas maravillosas óperas, escribió también un Requiem. En realidad una Missa da Requiem, compuesta en 1873; siglo XIX. En este año retoma Verdi la idea de componer un Requiem por la muerte de querido amigo el poeta Alessandro Manzoni, importante figura del movimiento nacionalista italiano (Risorgimiento) del cual también formaba parte Verdi. De tal forma que los italianos aprovechaban sus loas de Viva Verdi al compositor para reivindicar al mismo tiempo su apoyo al Rey de Italia: ¡Viva Vittorio Emmanuelle Re de Italiani!

Dicho esto, al decir retoma me refiero a que Verdi previamente había participado en una especie de Requiem colectivo escrito a la muerte de Gioachino Rossini. ¡Sí! Rossini. Otro de los ilustres de cuyas obras usted sabrá cantar como poco el Figaro, Figaro, Fiiiiigaroooooo de su ópera El barbero de Sevilla. Pero si escucha la obertura de su ópera La Gazza ladra verá que también le resulta conocida, y eso por no hablar del final de la Obertura de Guillermo Tell. Pues ese es Rossini al que entre todos sus coetáneos le compusieron un Requiem que por múltiples razones no llegó a ser representado a su muerte y del que Verdi asumió escribir el final Libera me. Ante esta situación, Verdi recoge su parte del Requiem a Rossini y completa el suyo propio: la Messa da Requiem a Manzoni interpretada por primera vez el 22 de mayo 1874 en la iglesia de San Marcos en Milán. Justo al año de la muerte del poeta y siendo Verdi ya famoso por su ópera Aida. Un compositor que la dirige recibiendo a partes iguales alabanzas y críticas como, por ejemplo, denominar al Requiem “ópera disfrazada con hábitos eclesiásticos”.

Y por cierto, habiendo topado ya con la iglesia en una época en la que las mujeres aún no podían cantar en los espacios religiosos. Algo a lo que Verdi se oponía, así que escribe una carta abierta en el diario italiano Gazzetta Piemontese el 22 de noviembre de 1868:“Se io fossi nelle buone grazie del Santo Padre, lo pregherei a voler permettere, almeno per questa sola volta, che le donne prendessero parte all'esecuzione di questa musica, ma non essendolo, converrá trovar persona piu di me idonea ad ottenere l’intento” (Si yo me encontrara en buena sintonía con el Santo Padre (entonces Pio IX) le rogaría que permitiera, al menos por esta vez, que las mujeres puedan tomar parte en la ejecución de esta música, pero como no lo estoy, será conveniente encontrar a la persona idónea para conseguir el intento). 

Y debió encontrarla porque cantaron dos sopranos: Teresa Stolz y María Waldmann. Pues es a este Verdi, artista y revolucionario, a quien tuvimos el placer y el honor de recibir y escuchar hace dos domingos en Las Palmas y en Santa Cruz. Y es tanto lo que se podría decir de esta magnánima obra de arte. De su grandes contrastes fulgurante brillo y “ténebre” oscuridad (valga la redundancia). Es tanto, que si usted escucha algo de ese Requiem, cosa que le aconsejo encarecidamente, se va a dar cuenta enseguida de su grandeza; de su complejidad en las estructuras; de lo sublime y profundo de su mensaje. Además así, sin entrar en grandes observaciones sobre rítmicas, líneas melódicas, ni orquestaciones, se dará cuenta también de que esa obra es completamente distinta a las famosas óperas de Verdi.

El Requiem es una obra sublime de momentos espectaculares en los que Verdi nos muestra, por ejemplo, la Ira del Señor (Dies Irae) -parece mentira, un hombre tan bueno- haciendo participe a todos los actores necesarios y centrándose en un golpe de timbal que nos hace contener la respiración, que asusta. Luego pasa a arrullarnos con un magnífico pianissimo de coro. Esto antes y después de pasajes y paisajes sublimes, delicados, provenientes de los más profundo de su conciencia. Esta gran obra que muestra la intensa luz y las profundas sombras, que recomiendo escuche si no todo de una vez sí por partes, fue genuinamente interpretada en nuestra casa por un sinfín de personas. Bajo las luces un coro magistral proveniente de Lituania; cuatro solistas de bandera, una orquesta a la que queremos indefectiblemente (la Filarmónica de Gran Canaria) y un Director, Karel Mark Chichon, que se entregó a la compleja obra dándolo todo de sí con el máximo respeto a la partitura y, seguramente, sabiéndose bajo la atenta mirada de Giuseppe que me da, andaba escondido allá por algún palco.

Difícil labor pero conseguida la de poner en escena y conjugar toda esta variedad de matices, de pensamientos religiosos laicamente concebidos. Esta variedad de personas, coro, solistas… Las estupendas Kristin Lewis y Marianna Pizzolato, el esperado Bryn Terfel y nuestro Celso Albelo. Y con el mismo fervor y entrega profesional, en la sombra del Auditorio, el Director del Festival y un profesional equipo técnico: el equipo del Auditorio. Todos responsables de lo que allí sucedía. Y todos apostados allí hasta el final, conteniendo el aliento al tiempo que se entregaban incondicionalmente a su parcela de responsabilidad para que esta maravilla fuera posible. Así poco a poco se encendió la pasión con la que culminó esta obra que aún resuena en las cotas de nuestras islas. Y ese sonar se une al de otras latitudes en las que ha sido interpretada por otras personas. Y así hasta el infinito. Y le puedo decir que esta onda expansiva existirá para siempre también en usted. Porque aunque usted no lo sepa, la herencia de Verdi se encuentra impresa en su ADN. Igual que se encuentra el último rasgo de su físico, que según su madre, proviene de su tatarabuelo.

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