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Una juventud luchadora

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En la década de los 70, cuando los que ya tenemos unos años no éramos más que unos niños, imaginábamos el siglo XXI como una época de esplendor, con las enfermedades vencidas por los avances tecnológicos, y en la que los conflictos entre las naciones serían algo del pasado. Soñábamos con países lejanos, que veíamos en la televisión y en los libros ilustrados, como lugares inalcanzables con paisajes vírgenes de ensueño. Recién ocurrida la conquista de la Luna, como culminación de otros hitos, como el ascenso a las montañas más altas y la bajada a las simas marinas más profundas, pensábamos que no podríamos más que mejorar las condiciones en nuestro planeta. Hasta en las artes se respiraba cierto optimismo, reflejándose en músicas de inspiración espacial de sonidos imposibles y alucinatorios.

Mientras tanto, al comienzo de esa década, un grupo de economistas, científicos y ex-políticos, reunidos bajo el nombre del Club de Roma, nos advertían en la obra conjunta 'Los límites del crecimiento' del riesgo de colapso de la civilización por los efectos colaterales del crecimiento económico ilimitado. Justo después ocurrió la primera gran crisis económica, en 1973, a la que siguió el ascenso del neoliberalismo, que se puso en práctica en los años 70 y 80 en los EE.UU. de Reagan, el Reino Unido de Thatcher y en el Chile de Pinochet, entre otros, con la denominada por la periodista Naomi Klein 'doctrina del shock'. Poco a poco, a medida que nos íbamos acercando a este siglo XXI, la juventud nos dábamos cuenta de que ese mundo idealizado estaba aún lejos.

A partir del año 2000, las grandes corporaciones energéticas, tecnológicas y financieras mundiales han ido dictando cada vez más a los gobiernos las políticas que deben poner en práctica con un único objetivo, aumentar exponencialmente sus beneficios, a costa del empeoramiento de las condiciones laborales de los trabajadores y trabajadoras, de la degradación del medio ambiente y de la pérdida de la biodiversidad. Esta circunstancia ha traído consigo, además, el fenómeno más amenazador para el futuro, la crisis climática, verificada con el incremento, año tras año, de la temperatura media del planeta y la mayor frecuencia de fenómenos extremos como olas de calor, olas de frío, inundaciones e incendios, con graves consecuencias para la salud y la economía.

Ahora, cerca de cumplirse el primer cuarto de este siglo, a pesar de las advertencias de científicos y activistas, y tras 27 cumbres del clima auspiciadas por la ONU, no parece que las cosas vayan a mejorar a corto plazo. Como muestra, solo hay que poner sobre la mesa los últimos datos. En el año 2022 se verifica que la Tierra ha vuelto a superar en 1°C la temperatura media preindustrial por octavo año consecutivo, y que el pasado año fue el quinto más cálido a escala global, con temperaturas elevadas nunca vistas en algunas zonas, y el segundo en Europa, que también tuvo su verano más caluroso de la historia. En España, el 2022 ha sido el más cálido desde que se tienen registros, con una temperatura media 0,7ºC por encima de la temperatura de 2020, anterior récord. El Observatorio de Sostenibilidad, en su informe Evolución de las emisiones de gases de efecto invernadero en España 1990-2022, es tajante: en 2022 las emisiones de gases de invernadero aumentaron un 5,7% respecto al año anterior.

A nivel internacional, las señales no vaticinan nada bueno. El presidente Biden ha pasado de ser abanderado de la lucha contra el cambio climático, recién inaugurada su presidencia, a anunciar el llamado Proyecto Willow, la extracción de 600 millones de barriles de petróleo en los próximos 30 años en una área protegida de Alaska, que producirá cerca de 250 millones de toneladas métricas de CO2 a la atmósfera. Por su parte, China, el segundo país del mundo que más CO2 emite tras EE.UU., ha intensificado la producción de carbón, con la autorización de construir 168 nuevas centrales de térmicas de carbón en 82 emplazamientos distintos, según un reciente informe del CREA (Centre for Research on Energy and Clear Air), con una capacidad de producción de 106 GW, que equivale aproximadamente al 71% de toda la capacidad de Europa (Reino Unido incluido) para producir carbón en un año.

Con este panorama, la juventud actual se enfrenta a un futuro menos halagüeño que hace 40 años, con perspectiva de trabajos precarios, nulo acceso a la vivienda asequible, altas tasas de suicidio y poca capacidad de ser tenidos en cuenta por sus mayores a la hora de tomar decisiones. Así, es difícil soñar con un mundo futuro al que llegar con ilusión. Sin embargo, un amplio sector de la juventud de hoy se rebela claramente contra esta situación, luchando desde organizaciones que reclaman a la generación de sus padres y madres que hagamos algo para asegurarles un futuro digno, como Juventud por el Clima, Extinction Rebellion, asociaciones de jóvenes feministas, y otras. Esta nueva generación lucha también para recuperar esa ilusión que los niños, niñas y jóvenes de hace 30 y 40 años teníamos. No les defraudemos.  

En la década de los 70, cuando los que ya tenemos unos años no éramos más que unos niños, imaginábamos el siglo XXI como una época de esplendor, con las enfermedades vencidas por los avances tecnológicos, y en la que los conflictos entre las naciones serían algo del pasado. Soñábamos con países lejanos, que veíamos en la televisión y en los libros ilustrados, como lugares inalcanzables con paisajes vírgenes de ensueño. Recién ocurrida la conquista de la Luna, como culminación de otros hitos, como el ascenso a las montañas más altas y la bajada a las simas marinas más profundas, pensábamos que no podríamos más que mejorar las condiciones en nuestro planeta. Hasta en las artes se respiraba cierto optimismo, reflejándose en músicas de inspiración espacial de sonidos imposibles y alucinatorios.

Mientras tanto, al comienzo de esa década, un grupo de economistas, científicos y ex-políticos, reunidos bajo el nombre del Club de Roma, nos advertían en la obra conjunta 'Los límites del crecimiento' del riesgo de colapso de la civilización por los efectos colaterales del crecimiento económico ilimitado. Justo después ocurrió la primera gran crisis económica, en 1973, a la que siguió el ascenso del neoliberalismo, que se puso en práctica en los años 70 y 80 en los EE.UU. de Reagan, el Reino Unido de Thatcher y en el Chile de Pinochet, entre otros, con la denominada por la periodista Naomi Klein 'doctrina del shock'. Poco a poco, a medida que nos íbamos acercando a este siglo XXI, la juventud nos dábamos cuenta de que ese mundo idealizado estaba aún lejos.