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No solo queremos poder, queremos cambiar el poder

La próxima presidenta del BCE, Christine Lagarde.

Ana Requena Aguilar

Christine Lagarde será la nueva presidenta del Banco Central Europeo. Ya sabemos lo que dirán los titulares. “Una mujer estará al mando del BCE por primera vez en la historia”. Sabemos también que en el organismo sigue existiendo una brecha de género considerable a la hora de acceder a los puestos intermedios de mando. Aunque el Banco tomó medidas en 2010 y ha conseguido reducir su brecha, esta persiste. Las mujeres, dicen, siguen presentándose menos para estos puestos y su autoexclusión, diagnostican, tiene que ver con decisiones personales relacionadas, por ejemplo, con la maternidad. Y, entonces, creo poder escuchar el murmullo de fondo: “¿Ves? Nosotros lo intentamos pero son las mujeres las que no quieren”

El feminismo siempre ha aspirado a mejorar la representación de las mujeres, a que esta sea justa y equilibrada, a que responda al derecho de la mitad de la población a ostentar el poder y la toma de decisiones, la opinión y el conocimiento. De ahí, la paridad, los techos de cristal, las listas cremallera, las quejas que lanzamos cuando seguimos viendo congresos, paneles, mesas redondas, reuniones o consejos de dirección donde solo hay hombres o donde la participación de las mujeres sigue siendo minoritaria.

Pero eso es solo una parte. No se trata de que las mujeres nos 'masculinicemos' para alcanzar esos puestos, de que entremos sin más en las estructuras para que éstas puedan presumir de que ya son paritarias mientras nada más cambia, sino de que repensemos y transformemos las propias estructuras. Esas estructuras están hechas con un molde antiguo: el de un trabajador hombre que es el sustentador de su hogar y que se entrega a ellas sin importar qué pasa de puertas para afuera.

Por eso, no vale solo con empoderar a las mujeres para que ganen confianza y no se menosprecien. Tendremos que pensar qué implica aún hoy asumir cargos de responsabilidad y poder y si llegar a ellos es compatible con el resto de la vida. El feminismo, al fin y al cabo, es eso, un proyecto transformador que busca cambiar significados y conceptos y alcanzar un nuevo orden de cosas

Si llegar y mantenerse en determinadas posiciones implica jornadas sistemáticas de doce horas, trabajos absorbentes que impiden cuidar y autocuidarse, y un tipo de cultura del trabajo que mira mal a quien quiere tener poder y también vida privada, la pregunta no sería tanto por qué las mujeres se autoexcluyen sino, más bien, cómo es posible que los hombres lo acepten sin rechistar y no reclamen otra cosa.

Quizá la respuesta a esa pregunta tenga que ver con que históricamente han estado acostumbrados a ser los que ocupaban esos espacios mientras otras, las mujeres, cuidaban y, en general, hacían lo necesario para que todo siguiera funcionando mientras ellas permanecían en la sombra. Las mujeres, mientras, hemos sido socializadas en la cultura del cuidado y del sacrificio por los demás.

Ahora nos dicen a nosotras que ahí está el poder y que lo tomemos y que cómo es posible que a veces no lo asumamos si estamos tan formadas y tan empoderadas y tenemos tan claro que queremos la mitad de todo. Y sí, claro, queremos la mitad de todo, pero también queremos transformar el todo. O como resume la pensadora Mary Beard en su libro 'Mujeres y Poder': “Si percibimos que las mujeres están totalmente fuera de las estructuras de poder, entonces lo que tenemos que redefinir es el poder, no las mujeres”.

De momento, para empezar, ¿no querríais vosotros la mitad de los cuidados?

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