¿Son tóxicos los cuadros que contienen blanco de plomo?

Francisco de Goya: Autorretrato

Héctor Farrés

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El blanco de plomo ha sido el mejor amigo —y el peor enemigo— de muchos pintores a lo largo de la historia. Durante siglos, este pigmento fue el rey para crear luces y volúmenes en la pintura, pero también tenía un lado peligroso: su toxicidad.

Hoy en día, sigue presente en muchas obras maestras expuestas en museos, lo que hace que surja la duda: ¿es un riesgo para quienes trabajan con ellas o para quienes las observan?

¿Hay peligro en los cuadros antiguos?

Desde el Museo del Prado han querido aclarar esta cuestión, y Almudena Sánchez, restauradora de la institución, lo ha explicado con claridad: “Era peligroso para los pintores en el momento en el que estaban trabajando y lo manipulaban. Ahí sí podía ser peligroso por la toxicidad”.

El riesgo del blanco de plomo no solo estaba en su manipulación, sino en la facilidad con la que el organismo podía absorberlo. El carbonato básico de plomo, componente principal de este pigmento, se disolvía con facilidad en los jugos gástricos, lo que lo convertía en una sustancia altamente nociva si entraba en contacto con el cuerpo. Por eso, su uso en técnicas con base acuosa era especialmente peligroso, ya que aumentaba la posibilidad de inhalarlo o ingerir partículas en suspensión.

Los pintores de épocas pasadas estaban especialmente expuestos a este riesgo, ya que preparaban sus propios colores, molían los pigmentos y, en muchos casos, sostenían los pinceles con la boca. Esto favorecía la intoxicación por plomo, una enfermedad conocida como saturnismo, cuyos primeros síntomas incluían fuertes cólicos, migrañas y fatiga.

Con el tiempo, la exposición prolongada podía derivar en sordera, episodios de agresividad y, en los casos más graves, la muerte. Artistas como Goya o Van Gogh, que trabajaban con este material de forma constante, pudieron haber sufrido sus efectos.

En cambio, en las obras terminadas, el pigmento queda fijado en la pintura y no supone ningún peligro ni para los restauradores ni para el público que observa los cuadros en los museos: “Cuando restauramos un cuadro no existe ningún riesgo por el hecho de que esta pintura esté ejecutada con blanco de plomo”. Es decir, el problema no es el pigmento en sí, sino inhalarlo o tener contacto directo con él en su estado puro.

Lo que los rayos X revelan en la pintura antigua

Este material está por todas partes en la pintura antigua. Se usaba para darle luz a las figuras y crear profundidad, y lo curioso es que, gracias a su opacidad a los rayos X, hoy se pueden ver detalles ocultos en los cuadros. “Normalmente, en pintura antigua, el blanco de plomo está siempre presente. La radiografía la vemos gracias al blanco de plomo, porque es el pigmento opaco a los rayos, eso es lo que nos permite ver dónde está el blanco de plomo, cómo ha planteado el artista las luces y las sombras, y el proceso creativo”, ha comentado Sánchez.

La restauradora ha hecho una comparación curiosa para ilustrar este fenómeno: “Es igual que si comparamos la radiografía de un cuadro con la radiografía que nos hacen a nosotros. Se ven nuestros huesos porque son opacos, y lo mismo ocurre con el blanco de plomo”. Así, cada vez que se analiza una obra con rayos X, es como si se obtuviera una imagen de su esqueleto pictórico.

Hoy en día, el blanco de plomo ha quedado en el pasado y ha sido sustituido por alternativas más seguras, pero su papel en el arte sigue siendo esencial. No supone un peligro en los cuadros terminados, y lejos de ser un problema, se ha convertido en una herramienta importante para entender mejor cómo trabajaban los grandes maestros de la pintura.

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