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¿Drogas o profesionales? Los problemas de la salud mental

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Que tenemos un problema con la atención a la salud mental es tan evidente que las personas responsables de la sanidad en la actualidad, a la hora de asumir sus cargos, declararon que era una de sus prioridades. Si necesita hora para salud mental, sea para usted o para algún familiar, aplíquese lo que según Dante estaba escrito a la puerta del infierno: lasciate ogni speranza. El problema no es sólo que la ciudadanía, por lo que sea, pueda tener problemas de salud mental. El problema es que la manera en que ha funcionado el sistema en las últimas décadas ha generado un montón de problemas de salud mental, que no se habrían generado de no haber sido por el mal funcionamiento del sistema. Y ahora se mira para otro lado, y se deja a las víctimas desatendidas. Se han gastado millones de euros en salud mental. En sufragar el coste de drogas muy fuertes, que a corto plazo han beneficiado a las grandes farmacéuticas, han servido para poder decir que el sistema hacía algo, y a largo plazo han generado perjuicios y sufrimiento para la ciudadanía y las familias. 

El sufrimiento asociado a las enfermedades mentales a menudo tiene que ver con que a mucha gente no le gusta el mundo en el que le ha tocado vivir. Ante eso existen básicamente dos opciones. La primera, más compleja, implica cambios. Si a la gente le hace sufrir el mundo en que le toca vivir se la puede ayudar dándole herramientas para cambiarlo. ¿Sufres maltrato, relaciones insatisfactorias, acoso, precariedad laboral, inseguridad vital? A nivel micro las intervenciones asociadas a las psicoterapias, y a nivel macro las asociadas a las Ciencias Sociales, tratan justamente de dar herramientas para cambiar eso. Puede que el que alguien abandone una relación de maltrato no sea un gran cambio para el mundo, pero para esa persona cambia completamente su mundo. Claro que existe una opción más fácil: si a la gente le hace sufrir el mundo en que le toca vivir, démosle sustancias que las adormezcan y les hagan más tolerable ese sufrimiento. Y esta segunda opción es la que ofrece el sistema: si alguien acude con un problema, las probabilidades de que le receten psicoterapias, que eventualmente le puedan llevar a tomar la iniciativa de cambiar su mundo, son prácticamente nulas. Lo más probable es que le receten ansiolíticos y/o antidepresivos para que, sin que su mundo cambie, le sea más fácil soportarlo. 

Durante décadas, prácticamente desde que tengo uso de razón, a mi madre le han recetado ansiolíticos y antidepresivos. El sistema es consciente de que se trata de drogas muy fuertes, cuando voy a una farmacia no basta con llevar su tarjeta sanitaria, se apuntan mi DNI, para saber que tal persona se llevó tal medicamento. Después de décadas de tomar medicamentos que, según dicen los propios prospectos, no deberían de tomarse más que unos meses, mi madre tiene el cerebro frito. Cuando hemos acudido a los médicos de cabecera han reconocido que no tienen competencia para tratar estas cuestiones, que deberían de derivarse a salud mental. Después de mucho insistir y esperar hemos conseguido hora para salud mental. Y, cuando, visto que el tratamiento no funcionaba, hemos vuelto a reclamar atención, lo más que hemos conseguido es que una psiquiatra la llamara para saber qué tal se encontraba, y en función de ello le ha ajustado la medicación. Unas drogas que son tan potentes que no sólo necesitan receta, sino que además te apuntan el DNI, te las mandan en función de lo que les da a entender una conversación telefónica. 

Durante décadas mi madre ha tomado drogas muy potentes, pero no ha acudido a ningún camello para conseguirlas: se las ha recetado, y sufragado, el sistema público de salud. Como sucede a menudo con las drogas, a largo plazo el consumo ha generado efectos secundarios. Quienes han consumido durante décadas drogas ilegales no pueden acudir ahora a los camellos y pedirles una solución a los problemas generados por haber consumido durante décadas lo que les han suministrado. Pero la única respuesta que parece darnos el sistema a las familias de personas a las que se ha recetado durante décadas drogas legales es la misma que dio Juan Carlos de Borbón cuando se conocieron algunas de sus actividades: lo siento mucho, no volverá a suceder.

Mi madre nació el mismo año que el emérito, así que no volverá a suceder porque ya le queda poco de vida. Hace unos días la fui a ver, y, con cara de estar evidentemente fuera de sí me echó, y me dijo que no quería que sus hijos la fuéramos a ver, que hiciéramos como si estuviera ya muerta. Da tristeza pensar que a tu madre le puede haber tocado una enfermedad mental y vaya a terminar sus días así. Pensar que va a terminar sus días así por una enfermedad tiene que ver con las sustancias que le han recetado durante años lo que produce es rabia contra ese sistema en que algunos agentes han ganado mucho dinero que ha salido de los impuestos de todos. Así que terminaré haciendo una propuesta muy concreta a los responsables.

Entiendo que no hay dinero para todo. Entiendo que posiblemente invertir para que la ratio de psicólogos y psiquiatras de las islas se parezca a la de lugares más civilizados escapa a nuestras posibilidades presupuestarias actuales. Así que, por favor, piénselo muy bien antes de dedicar dinero a sufragar las drogas que fabrica la industria farmacéutica. Quizá sería mejor dedicar el dinero que se dedica cada año a eso a contratar más profesionales de la salud mental. Claro que quizá haya que piense que estoy loco, y que por lo tanto sería mejor darme una droga para que dejara de pensar que el mundo se puede cambiar, que podríamos construir otro un poquito mejor, aunque mi madre ya no lo vaya a ver.  

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