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El día de la marmota

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La distancia social insómnica ya está enquistada en nuestras vidas. El milagro “Covid-Free” cuelga en las terrazas donde muchas manos y bocas trafican con su hartazgo. Tapitas, cañas, risas y necesidad. Mucho colegueo. Mucho perdigón traicionero. Tal vez la semana que viene lo celebre desde la UCI el señor de la mesa de al lado. Los hosteleros, en la tortura incesante del “abril-cerral”, ya han probado la afilada lengua de la guillotina. Las vacunas, llegando, apuntalan los edificios vacíos de abrazos de las residencias de ancianos. Otros toman prestada alguna Pfizer para reformar sus despachos públicos y acaban demoliendo su dignidad. Los asintomáticos; ignorantes, los estudiantes; apiñados, los hospitales; en estado maníaco-depresivo. Y las benditas mascarillas, que no se aclaran entre ellas: las de tela, que no sirven, las del agujero egoísta, que tampoco, las que no se lavan, pero naufragan en la lavadora día tras día. Y nosotros, ametrallados a base de CO2 propio en cada exhalación.

Los fines de semana, en muerte cerebral, vomitan fases, restricciones y toques de queda. ¿Estamos abiertos? ¿Cerrados? ¿Hay bares? ¿Hoy sí? ¿Mañana no? ¿Tú en tu casa? ¿Yo en la mía? Y Dios en la de todos. Y, ¿el finde que viene? Pues más de lo mismo, pero al revés. Las marmotas llevan tiempo pidiendo la hora.

La paciencia se diluye por el agua del Tajo y bucean las orejas sangrantes tras escuchar una y otra vez: la tercera ola, la cuarta, la quinta… Marejada tendiendo siempre a infinito. Y vendrá la cepa británica, la sudafricana o cualquier otra cuyo mestizaje también nos ponga contra las cuerdas sanitarias. Y, por supuesto, volveremos a escuchar aquello de salvar la Semana Santa, los puentes, el verano... y tal vez alguna vida. Como si un año después, no supiéramos ya a lo que estamos jugando. Como si hubiéramos olvidado ya a los que dejaron a medias su último vino y no tomaron ninguno más. Como si las camas de hospital no estuvieran llenas de marmotas, noche tras noche, cansadas de velar. Cansadas de ver vidas pasar. 

La distancia social insómnica ya está enquistada en nuestras vidas. El milagro “Covid-Free” cuelga en las terrazas donde muchas manos y bocas trafican con su hartazgo. Tapitas, cañas, risas y necesidad. Mucho colegueo. Mucho perdigón traicionero. Tal vez la semana que viene lo celebre desde la UCI el señor de la mesa de al lado. Los hosteleros, en la tortura incesante del “abril-cerral”, ya han probado la afilada lengua de la guillotina. Las vacunas, llegando, apuntalan los edificios vacíos de abrazos de las residencias de ancianos. Otros toman prestada alguna Pfizer para reformar sus despachos públicos y acaban demoliendo su dignidad. Los asintomáticos; ignorantes, los estudiantes; apiñados, los hospitales; en estado maníaco-depresivo. Y las benditas mascarillas, que no se aclaran entre ellas: las de tela, que no sirven, las del agujero egoísta, que tampoco, las que no se lavan, pero naufragan en la lavadora día tras día. Y nosotros, ametrallados a base de CO2 propio en cada exhalación.

Los fines de semana, en muerte cerebral, vomitan fases, restricciones y toques de queda. ¿Estamos abiertos? ¿Cerrados? ¿Hay bares? ¿Hoy sí? ¿Mañana no? ¿Tú en tu casa? ¿Yo en la mía? Y Dios en la de todos. Y, ¿el finde que viene? Pues más de lo mismo, pero al revés. Las marmotas llevan tiempo pidiendo la hora.