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Diario personal de la cuarentena por coronavirus

Fábulas de Iriarte

Mercedes y Luz saludan desde sus ventanas para una foto tomada desde la casa de enfrente.

Elena Cabrera

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Cuando salí a caminar sin rumbo el otro día, dejándome llevar por las bocacalles, huyendo de los ruidos, los coches y los malos olores, dejé que la nostalgia me llevara hasta la calle en la que viví, en el barrio madrileño de Guindalera. Me introduje en ella por la frontera con el barrio de Salamanca: la calle Francisco Silvela, conocida por los mayores como parte de “las rondas”, una consecución de vías que disfrutaban de un ancho bulevar por el que pasear y comprar melones en puestos cuando llegaba la temporada. Hace poco, en una conversación familiar, hablábamos sobre ese Madrid de los paseos, que ya no existe. Con la intensa reducción del tráfico, soñamos más que nunca que otro Madrid podría ser posible. Lo digo pensando en mi ciudad, pero seguro que vale para todas.

La calle Béjar ha cambiado bastante desde que yo la habitaba. Se han rebajado los aceras, se han eliminado las plazas de aparcamiento y, con los deportistas conquistando la calzada, se parece bastante al corredor peatonal que demandan los vecinos desde hace años. No respondía a mis recuerdos oscuros y sucios de hace una década. Me paré en mi antiguo portal y me alegré de no estar pasando el confinamiento en el piso interior en el que vivía. Seguí adelante, caminando calle arriba, fijándome en qué comercios habían cerrado y en cuáles nuevos habían abierto. Al llegar casi al final de su desembocadura, me detuve en el cruce con la calle Iriarte. Me llamó la atención ver, a lo lejos, lo que parecían cordones de banderines de colores colgando de balcón a balcón. Faltaba poco para que dieran las diez de la mañana y adentrarme en ella suponía dar un rodeo por Guindalera Vieja que me alejaba de casa. Miré el reloj y pensé que era mejor hacer caso al impulso, aunque luego tuviera que apretar el paso. Lo que vi, lo conté el 5 de mayo en este diario. Fue una escena fugaz que atravesé como un personaje secundario, quizás invisible para sus protagonistas, dos mujeres jóvenes que conversaban al coincidir delante de sus portales, después de haber salido a correr, un kilómetro alrededor de la calle Iriarte. Rememoro las únicas palabras que les escuché decir, mientras pasaba a su lado, embriagada por los aromas y colores de la calle, pisando retos de confeti dorado:

—¡Luego nos vemos! —dice una.

—¡Bueno, más bien luego nos oímos!

Se llaman Mercedes y Luz. Sus vecinos las llaman “las presas” porque ambas viven en pisos bajos de portales contiguos y tienen rejas en sus ventanas. Por eso es imposible que se vean, pero se oyen perfectamente. Cuando cacé esas palabras al vuelo no tuve duda de que eran amigas de aplausos, porque yo también las tengo. “Y sí, somos amigas de aplausos”, me escribe Mercedes en un correo que he recibido hoy. “Ayer corrió el rumor de que habían escrito sobre nuestra calle en el periódico y dimos con tu diario”, dice. “Me ha emocionado que hayas recogido justo esa parte de la conversación porque es muy significativo”.

Luz y Mercedes se vieron las caras por primera vez cuando la familia que vive en una casa de la acera de enfrente les hizo la foto que acompaña este artículo. Hasta ese momento, supongo que se imaginaban la una a la otra por el timbre de sus voz y las palabras que se decían, a través de sus ventanas, a las ocho de la tarde. Con un impresionante sentido de la oportunidad que solo puedo definir como extraordinariamente literario, les tomé una fotografía de lejos y pasé a su lado en el preciso instante en que se veían la una a la otra por primera vez, en el minuto en el que más que conocerse, se reconocían. “Era la primera conversación que Luz y yo teníamos cara a cara”, me cuenta Mercedes.

Le pedí a Mercedes que me contara más sobre su calle. Me dijo que, al principio, lo que marcaba el final de los aplausos, era la canción que elegía Silvia para ese día. En aquel entonces no sabía su nombre, ni siquiera de qué casa llegaba la música, tan solo que venía de la acera de los impares. Al terminar el tema, cada cual se recluía en su hogar. Los fines de semana, la música duraba más tiempo. Silvia bailaba con sus padres, Belén y Juan Pablo, en el balcón. Otros, como Mercedes, dejaban las ventas abiertas y se quedaban cerca, escuchando. “Quizás era la forma de saber que había vida más allá de tus cuatro paredes y también de diferenciar un martes de un sábado.

Con el paso de los días, el muro de la distancia y la vergüenza se iba agrietando y comenzaron a saludarse con gestos. Del “buenas noches vecinos” pasaron a llamarse por sus nombres y, los fines de semana, comenzaron a compartir el aperitivo, amenizado por la música de Silvia y “las ocurrencias de Alfonso”: “lo mismo tiraba confeti, que hacía girar unos tubos que echan humo de colores o sacaba un espejo para que pudiéramos vernos entre los vecinos del mismo bloque”; antes de ese ingenio, Mercedes se las apañaba buscando sus rostros en el reflejo de las ventanas de los coches y los edificios. Entre estos vecinos están los propios padres de Mercedes, Ramón y Amparo, “que estando tan cerca están tan lejos”; los vecinos italoespañoles, que le hicieron una pizza sorpresa por la que les estará eternamente agradecida; Juan y Ana, “a la que le gusta mucho bailar”; Raúl, al que muchos conocieron recientemente porque no les la da “la vista”; la familia seguidora del Athletic de Bilbao; el nuevo amigo de Mercedes, “que no tiene ni dos años pero que se apunta todos los días a bailar, aplaudir y tirar besos”, y también Luz, por supuesto, su “compañera de celda”. Tan solo hay una persona que no sale a la ventana y es a quien Mercedes más quiere dar las gracias: “muchas de las personas aquí nombradas ni siquiera la conocen: es mi vecina de arriba, médico, que sigue batallando fuera y cuida de sus vecinos dentro”.

“Todo ha evolucionado hasta el punto de decorar nuestro trocito de calle, tener varios dj y un himno: Somos los barrieros”. La particular decoración tiene un porqué, que me desvela Mercedes: “el 9 de mayo es el cumpleaños de Jesús, el pequeño de los tres hijos de mis vecinos italianos. Cinco años no se cumplen todos los días y Patrizio y Gioia, sus padres, llevan dos semanas preparando la fiesta, que requería de colorines y adornos. Las cuerdas pasaron de un lado a otro de la calle y todos colaboraron con lo que tenían en casa o encontraban por internet, bolsas de basura cortadas, banderillas de colorines, guirnaldas, farolillos, todo vale y todo suma, aún queda espacio para un adorno que diga feliz cumpleaños”. “Lo que es la vida —dice— mañana debería estar en la boda de dos amigos y. en lugar de eso, tengo una fiesta de cumpleaños infantil con gente que hasta hace unos días eran desconocidos”.

La logística de los preparativos ha servido como excusa para unir más a la comunidad. Han felicitado a las madres que pasaban por la calle, han hecho contrabando de tiramisú entre los balcones, y cuando aflojó un poco el confinamiento, muchos han bailado al pasar por Iriarte y les han dado las gracias, entre ellos, el “más especial y emotivo” vino de parte de un operario de limpieza “que justo pasaba a la hora del aplauso, el cual se intensificó al verle llegar en la camioneta. Se bajó, nos aplaudió, nos dio ánimos y se fue entre lágrimas”.

“En este trocito de calle, hemos hecho una piña y todas las tardes después del aplauso, echamos un ratito en las ventanas y balcones, nos tomamos la cerveza de rigor y escuchamos música”, dice Mercedes. Quien pase por allí entre las ocho y las nueve de la noche, podrá encontrar a los vecinos de Iriarte “socializando como se hace en tiempos del conoravirus”. Prometo ir a hacerlo algún día, ya no tanto arrastrada por el poder de la nostalgia, sino por ser parte de un presente, de unos vecinos que se escuchan, incluso aunque no se vean. Sara y Sonia, las hermanas de Jesús, tienen “la importante misión de jugar con su hermano el día de su cumpleaños”, y todos los demás, lectores de este diario, de felicitarle en la distancia. Seré la primera: ¡felicidades, Jesús, por tu quinto cumpleaños!

Esta fábula no tiene moraleja pero, como todos los días, trae datos al final. La situación actual por la crisis médica del coronavirus es de 222.857 casos confirmados por PCR en España. 1.616.552 lo son en Europa y 3.679.499, en el mundo.

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