Primeras citas en tiempos de coronavirus: “A la vergüenza hay que sumarle la barrera de la mascarilla”

“Tengo miedo de fastidiarlo a la cara”. Juan Manuel lleva 70 días hablando por redes sociales con Sofía, pero ha llegado el momento de romper la frontera de cristal de sus teléfonos y de verse en persona. El problema es que la realidad que aguarda fuera es distinta para todo el mundo y se torna más hostil en el caso de las primeras citas, con un distanciamiento social impuesto a golpe de BOE.

“A la barrera de la vergüenza hay que sumarle otra: la de las mascarillas”, dice este profesor de fotografía de 27 años. Ella, publicista de 25, lo relativiza y propone que se saluden chocando los pies. “Nos lo tomamos a risa porque es un momento incómodo que ninguno quiere tratar”, reconoce. Juan Manuel y Sofía se conocieron por Tinder, una de las muchas aplicaciones de ligar que han batido récords en España durante la cuarentena, pero para ellos fue solo la puerta de entrada.

“En Tinder intercambiábamos dos frases al día. Fue en WhatsApp donde empezamos a hablar de forma más continuada y vimos que a los dos nos gustaba el cine, el arte o viajar de mochileo”, comenta Juanma. Por eso, uno de sus primeros planes en remoto fue “quedar” para ver la película Her. “Nos llamamos, contamos hasta tres y le dimos a play”, recuerda él. “Suena cursi, pero fue algo espontáneo y que venía al hilo de hablar todos los días con alguien con quien quieres estar pero no puedes”, dice en referencia al filme de Joaquin Phoenix.

Aunque está lejos de ser la situación ideal, Juanma ve el peligro de “romantizar” el contacto virtual. “No sé si nos llevamos bien porque estamos en la misma situación de confinamiento y nos hemos apoyado o si, una vez que salgamos de aquí, vamos a seguir siendo compatibles”, desvela. “Hay mucho miedo a la decepción”. En su caso, el primer encuentro va a consistir en un paseo por Madrid Río y en sentarse a jugar al Jenga en un trozo de césped mientras beben unas cervezas.

“Nuestra verdadera cita consistía en ir al Prado y encontrarnos delante de El jardín de las delicias del Bosco. Fue una decepción que aún no hayan abierto, porque es un cuadro muy loco que habría dado pie a romper el hielo”, cuenta divertido. Eso sí, ni en un escenario ni en otro tienen previsto quebrar la “norma” del contacto físico. “No es por miedo al coronavirus. Creo que depende de la relación que hayas fraguado en este tiempo y hablar por Tinder no conlleva siempre el mismo final”, razona.

Para la psicóloga experta en terapia sexual y de pareja, Nayara Malnero, en cambio, esta cuarentena ha dado fruto a fobias que tendrán su reflejo en las primeras citas. “Toda la gente que ya era hipocondríaca va a salir a la calle siéndolo un poco más”, asegura. Además del miedo irracional hacia el virus, se suman los prejuicios de las primeras veces: “Es un pensamiento absurdo porque nos puede contagiar lo mismo alguien conocido que otro con el que solo hemos hablado online. Lo primero es peor porque bajas la guardia, aunque nos pasa con todas las enfermedades”, piensa.

Pero Javier, comunicador audiovisual de 31 años, no lo puede evitar. Él conoció a su cita de Grindr la misma semana que se declaró el estado de alarma: un eslovaco con el que quedó antes del encierro por el coronavirus y que fue “la última persona que vi en el antiguo mundo”.

“No me da miedo quedar con él porque conoce a muy poca gente en España y por alguna razón eso me hace sentir más seguro”, reconoce. “Aún tengo aplicaciones descargadas y estoy rechazando más citas. Te mentiría si te dijese que no es por desconfianza. Solo el 5% de la población hemos generado anticuerpos”, cuenta Javier, quien tuvo síntomas de coronavirus ya a finales de enero.

Aunque la “primera vez” fue para dar un paseo mañanero antes de la entrada en la fase 1, con mascarilla y “respetando la distancia interpersonal”, el reencuentro en la desescalada ha hecho saltar por los aires cualquier norma de separación. “Llevamos esperando más de dos meses, los dos vivimos solos y no ponemos en riesgo a ningún conviviente”, explica Javier.

En cuanto a las muestras de cariño públicas en bares o terrazas, donde se han visto estos dos días, reconoce que son inexistentes. La razón del virus es nueva, pero hay otra subyacente que no necesita de una pandemia mundial para salir a la luz: la homofobia, que a día de hoy nos sigue regalando imágenes bochornosas como las de la manifestación de Vox. “Nadie nos puede decir nada por ir de la mano o darnos un beso, pero pienso que al saludarnos o despedirnos así me pueden increpar”, admite.

Es otro de los miedos que incluye dar el salto de lo virtual a lo personal, aunque para Nayara Malnero “el coronavirus, entre todo el trauma, ha sido una oportunidad para experimentar cosas nuevas que quizá no habríamos probado sin el confinamiento”. La psicóloga se refiere a la ruptura de tabúes que se ha dado en las redes sociales en estos 70 días -“desde orgías por webcam hasta sexo de una noche en Meet”-, pero no solo sexuales: también sociales.

Ese es el caso de Lola, informática y psicóloga de 54 años, que ha conocido a Sergio, un profesor de música de 32 años por Meetic. “Al principio le daba largas porque no entendía el fetiche y porque tiene la edad de mis sobrinos, pero lo cierto es que he tenido más conexión con él que con las otras seis personas con las que he hablado en la cuarentena”, admite abrazando sus prejuicios.

Rompiendo tabúes en cuarentena

“He aprovechado el confinamiento para ejercitar habilidades sociales que tenía olvidadas: iniciar la conversación, saber cómo mantener el contacto o entrenar la tolerancia. Me he permitido el lujo de experimentar todo lo que, en otro momento y al tener la premura de quedar, no haces”, desvela Lola, divorciada y con un hijo de 20. Y, contra todo pronóstico, su cita de 32 años ha superado la prueba.

Aunque en su descripción indica que ella busca hombres de entre 50 y 54, el músico arriesgó con continuadas muestras de interés “sin llegar a ser pesado”. “Mi perfil es muy soso porque uso Meetic para conversar y para conocer a gente más que para ligar, y muy pocos hombres se prestan a eso”, asegura. “Quizá al ser treinteañero y saberse más pequeño, no caiga en la zalamería facilona que suelo recibir”, cuenta. ¿Y cuál fue su estrategia de conquista? “Mandar canciones” porque para Lola “la música es el lenguaje que utilizo cuando no sé qué decir.”.

Sus primeras citas van a ser un paseo en bicicleta por Madrid y un aperitivo en una coctelería clásica que ella conoce desde hace décadas pero que en cambio es nueva para su acompañante. “Este contexto ha dado pie a imaginar qué haríamos cuando salgamos y creo que han surgido mejores planes que la típica caña en un bar”, dice.

“Como hemos tenido más horas de hablar y menos de ejecutar, ahondabas en temas personales”. Aún así, “yo sé que no va a pasar nada y se lo he dejado muy claro, para empezar porque no me quiero complicar la vida y para seguir por miedo, que tengo una madre de 88 años. Pero admito que si no hubiésemos estado encerrados no le habría dejado pasar ni de la primera frase”, concede la informática.

La prueba de fuego viene ahora: bajar las barreras sin bajar las mascarillas, pedir cita previa en una terraza o conquistar un pedazo de césped para comprobar el feeling a metro y medio de distancia. Al final, “nos hacemos tilín, pero no sabemos si nos gustamos del todo”, como dice Juan Manuel, y esa es una incógnita que solo la “nueva normalidad” será capaz de desvelar.

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