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Berlusconi y los medios

Rafael Álvarez Gil

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En España se le recordará a Silvio Berlusconi con el comienzo de la emisión de las cadenas privadas en televisión, allá por los finales de la década de los ochenta y comienzos de la noventa. En aquellos inicios, era tal la impronta italiana, que los sábados por la mañana en Telecinco retransmitían (supongo que en diferido) partidos de fútbol de su liga; cuando por entonces La 2 de RTVE solo ofrecía uno por la noche de la Primera División y Canal+ hacía lo propio, mediante la religiosa cuota mensual de pago, las tardes de los domingos.

Berlusconi fue eso: medios de comunicación y fútbol. Y, por lo tanto, también política. El cóctel lo lleva todo. También fue muchas cosas más, y muy feas, a cuenta del machismo y el racismo, pero todo estuvo acompasado por su poder, por un enorme poder que le dio su presencia en el negocio mediático. Un imperio, ni más ni menos.

Él adelantó el ‘trumpismo’; y Jesús Gil con aquellos baños en la sauna con teléfono fijo al oído y exhibiendo machismo a raudales con las chicas que le rodeaban, entreteniendo al vulgo hispano en los aburridos fines de semana. Y, sobre todo, Berlusconi se erige gracias al previo desmoronamiento del sistema político ungido tras la Segunda Guerra Mundial en Italia. Un sistema de partidos en el que, recordemos, durante décadas hubo un PCI muy importante (y un socialismo reducido) que obligaba al resto a coaligarse para evitar la llegada de la izquierda al poder. El PCI y el PCF, italianos y franceses, marcaban la pauta al resto de organizaciones comunistas a son del eurocomunismo.

Berlusconi no se concibe sin la antesala del destape de la corrupción de un orden político podrido que se agotó. La ausencia de regeneración dio barra libre a que estos personajes se presentasen como salvadores patrioteros que prometieron de todo. Y el invento les funcionó. Aunque el precio a pagar fuese la degradación democrática a marchas forzadas. Visto hoy Donald Trump y cómo la extrema derecha campa a sus anchas en el Viejo Continente, aquello fue un aperitivo. Pero propició este presente en el que la televisión ostentó un predominio que dejó la prensa para el consumo de las élites y poco más. Sin aquello no se entiende esto. Un contexto de caída de los valores democráticos en el que cabalgaron personajes de toda laya, Berlusconi y otros, mientras lo tradicional (y sus partidos) se arrinconaba amén de las audiencias que mandaban en televisión.

Las pugnas mediáticas ofrecen el resultado del marco del debate; con campaña electoral y sin ella. Por eso son tan importantes los medios de comunicación. Berlusconi lo asumió, y le puso dosis de fútbol. La mezcla perfecta para la ensalada. El menú mediático prefija las condiciones diarias del electorado. Decir de qué se habla y de qué no, supone ‘per se’ un poder. La finalidad del instrumento, bueno o malo, es lo que permite que las democracias se vigoricen o desfallezcan. No hay más.

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